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Viernes , 19.10.2018 / 10:44 Hoy

Sentido contrario

Voces en el pantano

Héctor Rivera

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Antes, no hace mucho, todo mundo sabía dónde estaban los límites. Si alguien tomaba lo que no era suyo era juzgado como un ladrón. Dependiendo del monto del hurto y de la sociedad que lo sometía a sus leyes, iba a dar a la cárcel, se le cortaban las manos o la cabeza, se le colgaba de una cuerda. El ladrón siempre sabía de qué tamaño eran los riesgos que corría por su infracción. También el que mata. Quien rompe las normas sociales enfrenta sanción casi siempre. Ahora ese casi ampara una enorme cantidad de excepciones que hacen de la justicia un aparato relativo y tan flexible como la moral. A veces se es culpable, a veces no. A veces hay crimen, a veces no. Así ha sido desde hace años cuando se trata, entre otros, de los crímenes sexuales. El castigo se supone en relación directa con el tamaño del crimen, pero nuestra sociedad ha hecho de la sexualidad un terreno pantanoso en el que nadie sabe si está actuando bien o mal. Si alguien saluda con afecto, si hace amistades, si sonríe demasiado, si consigue un puesto laboral, si camina por la calle o acude a una cena con el jefe queda sujeto a la sospecha, a la calificación. Siempre hay alguien dispuesto al linchamiento. Pero también siempre habrá alguien en busca de un beneficio.

La oleada de denuncias de acoso y abuso sexuales en todos los campos laborales que ha seguido a las denuncias contra el productor hollywoodense Harvey Weinstein da prueba en todos los sentidos de este feo comportamiento tan extendido. No solo por la cantidad de acusaciones y la calidad de los acusados, sino por las escasas voces que se alzaron para poner en evidencia lo dudosas que parecían algunas quejas que datan de 30 años atrás, que huelen a venganza, a frustración, a odio sobre todo contra hombres más o menos encumbrados en los mercados laborales.

En medio del escándalo que halló terreno fértil en los medios, al margen de leyes y jueces, a la actriz Catherine Deneuve, vieja gloria del cine francés, se le ocurrió decir en voz alta lo que pensaba a propósito de lo que llamó puritanismo sexual. En el fondo, lo que defendía era el derecho de las mujeres a coquetear con los hombres y a ser seducidas por ellos. Al lado de un centenar de artistas e intelectuales se declaraba al mismo tiempo contra la basura que acompaña a ese ejercicio casi inocente del erotismo que puede llegar hasta donde los involucrados quieran. Lo sucio, lo reprobable, decía, eran el sexo forzado, el abuso, el acoso, el chantaje, la violación, los manoseos groseros. En suma, defendían todas y todos lo que llamaron gozosamente la “libertad de importunar” de los hombres.

Muchos y muchas corrieron entonces a buscar las antorchas, a descalificar a la actriz con improperios, a echarle encima toneladas de moralina. El tamaño de la confusión lo ilustró, literalmente, un “artista” italiano que la retrató con el rostro lleno de magulladuras y los ojos morados. Confundió la violencia contra las mujeres con un asunto meramente sexual.

Pero las antorchas ya estaban encendidas y en las manos de algunos. Y la humareda se veía desde lejos, aunque nadie se atrevía a denunciar los linchamientos sumarios que costaron por lo menos trayectorias y vidas familiares. Es ahora cuando se escuchan voces en el pantano. El muy estimable realizador Terry Gilliam acaba de advertir que el momento que vivimos “es como cuando la turba toma el poder; una horda se lanza con antorchas a quemar el castillo de Frankenstein”.

Dijo también con toda claridad que los intercambios sexuales para obtener un trabajo se dan con demasiada frecuencia, como sucedió con Weinstein. Se trata de relaciones entre adultos, que conocen los beneficios y las consecuencias de sus actos, observó, y salió en defensa del actor Matt Damon: “Me siento mal por él, un hombre muy decente; dijo que no todos los hombres son violadores y fue golpeado a muerte. ¡Es una locura!”

Hace unas semanas el actor Liam Neeson ya había llamado la atención sobre “la cacería de brujas” que se vive en estos días en Hollywood.

El realizador austríaco Michael Haneke también ha visto en la retahíla de denuncias una cacería de brujas: “Desde luego, cualquier forma de violación o abuso sexual debe ser sancionado, pero esta histeria y las condenas sin proceso a las que asistimos hoy me parecen repugnantes”.

Más allá de los conflictos morales y de los linchamientos, Ridley Scott ha formulado una solución preventiva: “Para las actrices que quieren un trabajo, el consejo es que no te reúnas en ningún sitio que no sea una oficina. No vayas a un bar, a un apartamento, no hagas nada estúpido. Vete a la jodida oficina. Yo no me reuniría con nadie excepto en mi oficina”.

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