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Jueves , 13.12.2018 / 19:26 Hoy

Sentido contrario

Vida de reyes

Héctor Rivera

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Siempre sigo con particular envidia los pormenores de las vacaciones de los príncipes árabes. Sus viajes veraniegos duran meses desde los preparativos y cargan con centenares de familiares y empleados a donde quiera que vayan, lo que incluye choferes, sirvientas, cocineros, nanas, prostitutas y todo el personal necesario para pasar una buena temporada de descanso. Se mueven en montones de limusinas, aviones, helicópteros y yates. A menudo entran en agrias disputas con los vecinos y las autoridades de los sitios donde vacacionan cuando se empeñan en construir o remodelar balnearios, hoteles, casonas. Construyen puertas y escaleras al borde de la playa, instalan elevadores y pasadizos secretos. En fin, son todo un espectáculo.

No soy el único que les echa el ojo en estos días de asueto. También el bajo mundo está pendiente de sus movimientos. Cuando los príncipes árabes viajan son un jugoso blanco para los asaltantes, ya que lo menos que cargan son relojes, anillos, pulseras, dinero en efectivo. El más mínimo robo que sufren deja llenos los bolsillos de un bandido, a menudo de alto desempeño profesional.

Tal vez el boato que los acompaña los hace más vulnerables. En el verano de 2014, por ejemplo, un domingo por la noche una decena de autos de lujo que acompañaba al aeropuerto Le Bourget a un príncipe árabe en París fueron asaltadas por un comando de ocho delincuentes armados con fusiles Kaláshnikov, que las despojó de 250 mil euros y otros valores sin cuantificar. Los ladrones nunca perdieron la sangre fría. No dispararon ni un solo tiro y no hubo ningún herido. Tal vez la pandilla de asaltantes seguía discretamente al príncipe árabe y su comitiva por los Campos Elíseos desde que abandonaron el hotel George V, uno de los más lujosos del mundo. Sabían quiénes eran y cuánto podían obtener de un golpe perfectamente calculado. El asalto fue tan exitoso que tres años después la policía francesa sigue tratando de hallar a los culpables.

Hace unos días, otro príncipe árabe sufrió un atraco en la villa que rentaba en Marbella mientras cenaba con su familia en un restorán de lujo. Los hampones se esforzaron solo un poco para arrancar del todo la caja fuerte en la que el príncipe guardaba joyas con valor de un millón de euros. No dejaron huellas que llevaran a la policía a la recuperación de lo robado. La denuncia la presentó la hija del príncipe en la comisaría más cercana como un mero trámite sin mayores detalles. Total, era un robo de nada. Solo fueron unos cuantos billetes. Como quitarle un pelo a un gato.

A sus 81, el rey Salman bin Abdulaziz al Saud anda de arriba abajo todavía. En cada viajecito es capaz de dejar a medio mundo con la boca abierta. En marzo pasado, en vísperas de sus vacaciones anuales, decidió emprender una gira por Asia para promover los negocios en Arabia Saudita. Por si alguien no percibiera su presencia, llegó a Indonesia con una comitiva de unos mil 500 acompañantes en la que destacaba la presencia de 25 príncipes y 10 ministros. Un centenar de guardias de seguridad se hizo cargo de mantener alejados a los indeseables.

Pero eso no es todo. Se sabe de la pasión que sienten los árabes por el oro y Salman no es la excepción. Bajó de su avión por una escalerilla dorada. Muchos afirmaron que era de ese metal. Puede ser. La comitiva real viajó en seis aviones Boeing y apretujaron en un Hércules C-130 506 toneladas de carga. Iba ahí lo más necesario para los movimientos del rey durante su viaje de negocios. Solo lo más necesario, como un par de elevadores portátiles y las limusinas de lujo. Unos 600 empleados fueron contratados para cargar con el equipaje.

La ostentación del rey árabe tiene sentido para algunos observadores que no pierden de vista la austeridad impuesta en su nación, que atraviesa por algunos problemas económicos. Aseguran que los árabes aparentan riqueza mientras pasan hambres. Montan todo un espectáculo para apantallar a quienes quieren impresionar. Como sea, habrá quienes suden la gota gorda al poner en escena el espectáculo de un rey que viaja con cientos de acompañantes: asignan lugares en un montón de aviones, hacen maletas, cargan limusinas, yates, helicópteros. Es posible que si alguien olvida en tierra la escalera dorada pierda la cabeza. Qué nervios.

Hace tres años el rey Salman pasó sus días de asueto en las islas Maldivas, pero terminó peleado con medio mundo cuando se le ocurrió ocupar tres centros vacacionales e instalar su hospital flotante en la playa. Ahora anda vacacionando en Tánger en compañía de mil cercanos. Para pasarla bien sus empleados han rentado casi mil cuartos en hoteles de lujo. Qué envidia, de veras.

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