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Sentido contrario

Un verano con Mónica

Héctor Rivera

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Según las defensoras de las mujeres acosadas sexualmente afiliadas al movimiento #MeToo, cada una de las víctimas de los hombres lascivos tiene un cerdo detrás. Para las organizadoras de la charla que ofreció hace poco Mónica Lewinsky ante un millar de personas en Salt Lake City, Utah, el cerdo detrás de la ex becaria de la Casa Blanca fue William Clinton.

Han transcurrido 22 años desde que aquella jovencita de 22 años se entregó a todo género de prácticas sexuales clandestinas con el titular de la presidencia estadunidense. Largos años de sufrimiento para los dos si se mira la situación con cierto aliento piadoso. Aquel hombre flacucho y demacrado que estuvo detrás de la campaña que Hillary Clinton perdió de manera lamentable hace año y medio ante Donald Trump no era más que el resultado de una cirugía de bypass cuádruple efectuada en 2004, otra de pulmón en 2005 y una más realizada en 2010 para implantarle un par de stents coronarios. Era también el resultado de los terrores vividos, de los montones de adrenalina derramada, en suma de los altísimos costos de un adulterio que casi lo lleva a perder escandalosamente la presidencia y que terminó por exhibirlo a los ojos del mundo como un hombre absolutamente inmoral.

Sin embargo, la que se queja amargamente de lo vivido en aquellos años es Mónica Lewinsky. Fue víctima, dice, no de un ataque sexual, sino de “un flagrante abuso de poder”, que le ha ocasionado frecuentes episodios de estrés postraumático a consecuencia del aislamiento y la marginación pública que sufre desde entonces.

Clinton era por aquellos días un atascado sin llenadera. Dormía por minutos prácticamente, le sacaba el bulto a cualquier ejercicio y, sobre todo, se metía a la barriga todo lo que tenía a la vista desde que llegaba a trabajar a la Oficina Oval de la Casa Blanca. Mientras se hacía cargo de los asuntos de Estado consumía pilas de antojos, como donas, hamburguesas, papitas, chuletas de cerdo, enchiladas de pollo y alitas en barbacoa. Sus excesos eran conocidos y temidos por los integrantes de su equipo, que vivían esperando un infarto presidencial. Con ese historial muchos intuían que los excesos presidenciales podían ir más allá de una sabrosa hamburguesa.

Lewinsky está ahora a punto de cumplir los 44 años. Es una señora algo rolliza que apenas habla de sus peores tiempos, cuando confiaba sus intimidades sexuales con Clinton a una secretaria de las oficinas presidenciales, Linda Tripp, quien decidió grabarlas de manera clandestina para entregarlas al procurador Kenneth Starr. Cuando las aventuras eróticas del presidente con la joven becaria llegaron a los medios y a las altas esferas políticas estadunidenses ambos las negaron para reducirlas finalmente a breves encuentros de sexo oral.

En realidad Lewinsky no parecía sufrir demasiado mientras se encontraba en el ojo del huracán político en 1995. De hecho, cuatro años más tarde dio su aprobación a la publicación de su biografía Monica’s Story, que pone énfasis en sus amoríos con Clinton, mientras los jaloneos legales que desataron continuaron hasta que el presidente aceptó públicamente su adulterio y pidió perdón formalmente a la primera dama, Hillary Clinton.

Ahora se está lamentando en tono sufridor: “He estado sola. Tan, tan sola. Públicamente sola, abandonada por la mayoría de las personas clave envueltas en la crisis, quienes de hecho me conocían bien. Todos podemos estar de acuerdo en que cometí errores, pero tener que nadar en ese mar de soledad fue aterrador”.

En realidad, ha estado todos estos años en espera de que Clinton le pida perdón por el drama de proporciones mayúsculas que vivieron juntos. Lo único que el ex mandatario le ha hecho saber desde entonces es que aquellos sucesos fueron desafortunados.

Hace unos días, el ex presidente Clinton apareció en un programa televisivo para ser entrevistado. Las preguntas cayeron sobre su cuerpo maltrecho como cuchilladas, en particular las que le traían de regreso sus desventuras con Mónica Lewinsky. “¿Sientes alguna responsabilidad por lo que sucedió entonces?”, le preguntó el entrevistador. “No. ¡Me sentí terriblemente mal en ese momento!”, respondió Clinton con cierta irritación. “¿Te disculpaste con ella?”, le preguntó de nuevo. Y Clinton respondió a medias, con verdades y mentiras: “Todo esto se resolvió hace 20 años, dos tercios de los estadunidenses me apoyaron”. “¿Pero te disculpaste con ella?”, insistió el entrevistador. “Me disculpé con todos en el planeta…”, “¡Pero no con ella!”. “¡No hablé con ella! Nunca hablé con ella. Pero he dicho en repetidas ocasiones, públicamente, que lo siento. Las excusas fueron públicas”.

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