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Jueves , 13.12.2018 / 12:40 Hoy

Sentido contrario

Tontos y listos

Héctor Rivera

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Conozco a alguien que se ha explicado toda la vida la ausencia de talento de algunos con el fácil expediente de que en su infancia no fueron alimentados con pollo, pescado, carne, leche y huevos. Les falta fósforo, concluye siempre con ánimo muy comprensivo. Los pobretea a menudo y, en general, le cuesta trabajo reconocer las virtudes de los demás en un mundo que divide fácilmente entre tontos y listos.

El tema en verdad parece bastante complejo, y más si uno conoce individuos que tratan todos los días de superar sus impedimentos físicos, derivados de una mala alimentación en su infancia, pero que echan por delante una inteligencia prodigiosa. Encuentra uno también con demasiada frecuencia a sujetos que han sido nutridos en sus años de infancia con generosidad enorme y son muy limitados en todos sentidos. Son a menudo una lata ya que se sienten superiores, bendecidos con habilidades inigualables, y nunca se dan por enterados a propósito de sus nulas virtudes.

Hay también quienes han hallado éxito y fortuna de espaldas a estas consideraciones, más allá del talento o su probable ausencia. Por ejemplo, la muy conocida figura de los espectáculos estadunidense Kim Kardashian. Tiene su talento donde se encuentran sus virtudes corporales, pero hay quien asegura que a sus 37 años su índice de inteligencia es el mismo que exhibe una niña de cuarto año de primaria. Como aquellas rubias célebres en Hollywood que son tontas y ricas, la Kardashian no tiene motivos para quejarse de nada. Es rica, célebre y hermosa.

Nicole, la jovencita británica que anda con cierta frecuencia por los medios, es hija de un obrero y un ama de casa, y viven todos en un tráiler. Tiene un IQ de 162, que sobrepasa al 160 que tuvieron Albert Einstein y Stephen Hawking. Descubrió sus virtudes por accidente, mientras practicaba sus juegos de niña. Un examen de rutina puso al descubierto sus insospechados talentos, que la ponían por encima de dos de los más venerados científicos que ha conocido la humanidad.

Otro adolescente británico, Mijaíl Iulian, tiene también un IQ de 162 y sus padres se quejan con frecuencia de que es un poco vago y distraído; sin embargo está escribiendo una novela, estudia con particular fascinación los fenómenos del universo y deja ver a menudo sus discrepancias con las teorías de Hawking. Hijo de un sacerdote y profesor, es de origen rumano, como Nicole tiene raíces gitanas. Tal vez la mezcla de identidades raciales ha dado lugar a tan extraordinarias capacidades, fácilmente detectables desde los primeros años de vida de los niños privilegiados.

Desde hace años, muchos han tratado de descifrar enigmas como estos, empeñados en saber por qué para algunos el mundo se divide entre tontos y listos. Los escasos resultados de estas indagaciones ponen la piel de gallina, a juzgar por lo que han difundido los medios en los últimos días. Y no es porque los pronósticos apunten a que dentro de muy poco todos seremos muy inteligentes, dueños de cerebros prodigiosos, más allá de los parámetros que nuestros días han puesto en Einstein y Hawking, cuyos hitos ya huelen a viejo. No. Más bien al revés.

Aseguran los investigadores que a partir de 1975 el IQ comenzó a descender de manera clara entre los individuos a razón de siete puntos por generación. Es decir que más o menos muy pronto habremos de convertirnos en changos apenas ilustrados. Un equipo del Centro de

Investigación Económica Ragnar Frisch de Noruega asegura que la progresiva pérdida de virtudes intelectuales entre los seres humanos se debe a las condiciones ambientales en que vivimos, a las modificaciones radicales en los métodos de enseñanza y a la pérdida de los hábitos de lectura, desplazados por los dispositivos electrónicos.

Según sus hallazgos, de verdad estremece saber que en 730 mil individuos estudiados el IQ disminuía claramente en siete puntos por generación. Pero no todo es desgracia. Puede ocurrir en realidad que las nuevas generaciones están desarrollando otras habilidades en tanto sacrifican las que ya no emplean con frecuencia. Es decir, puede estar sucediendo, por ejemplo, que las nuevas generaciones leen ahora en los dispositivos digitales y no en libros. Pero leen, más allá de lo que indiquen los índices de inteligencia.

También es posible que esta situación que data de décadas atrás implique menos actividad física de los individuos con una disminución de los reflejos, rasgo que contribuye a la definición de las habilidades intelectuales. Lo que hace falta tal vez, a la luz de la persistencia de esta tendencia, es la implementación de nuevas fórmulas para medir la inteligencia en nuestros días con resultados más fiables.

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