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Martes , 13.11.2018 / 20:00 Hoy

Sentido contrario

Tadao

Héctor Rivera

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El rostro ajado de Tadao Ando es una biografía, el mapa de una vida, con tachones, subrayados y muchas horas de desvelo. A sus 77, su rostro algo sombrío se alegra de vez en cuando al recordar las batallas ganadas a la adversidad, los golpes de la vida, las carreras contra el destino. Entonces desaparecen un poco las arrugas de su cara, las ojeras profundas bajo sus ojos, y su piel parece más clara, casi luminosa. No importa que esté hablando de su infancia y adolescencia de artesano, de sus días de boxeador profesional, de su chamba de trailero, de sus dificultades económicas que le impidieron emprender sus estudios profesionales.

Se ve en su aspecto que no la ha pasado bien en su vida, que la adversidad ha sido bastante lépera con él. Y lo cuenta tranquilamente, así como así, sobre todo el episodio aquel cuando, cuatro años atrás, entraba y salía de los quirófanos cada vez más maltrecho, dejando ahí, en prístinos recipientes de vidrio, pedazos de su cuerpo, órganos rebeldes y malhumorados que se negaban a funcionar como debe ser: el bazo, el páncreas, la vesícula, el duodeno, el canal biliar. Ante tal embestida contra su humanidad uno se pregunta si queda algo por arrancarle. Tal vez solo dientes y muelas.

Otra historia que relata a menudo es tal vez la que lo define por completo como un hombre bendecido por la templanza, la disciplina, la perseverancia. Dueño de un talento extraordinario y de una peculiar capacidad de observación, se vio imposibilitado para estudiar la carrera de arquitectura, de manera que sin dinero y sin currículo escolar consiguió todos los libros y materiales de estudio y metió en ellos las narices de tiempo completo durante un año. Viajó también por el mundo observando, estudiando las obras maestras de la arquitectura de todos los tiempos y se convirtió así en arquitecto autodidacta. Ejerce entonces sin título y con enorme fortuna, pero no es solo eso lo que lo cubrió de gloria. En realidad el mayor de sus éxitos, que ya es decir, es el premio Pritzker que recibió en 1995. Algo así como el premio Nobel de la arquitectura.

Como casi todos los arquitectos tiene algo de gladiador, mucho de artista y un poco de loco, de manera que ha emprendido batallas tan absurdas como tratar de meter en un reducido espacio veneciano la colección de arte del ricachón francés François Pinault, tal vez la más grande del mundo en manos privadas. No pudo. Le faltó espacio para distribuir alrededor de 3 mil obras. Se puso entonces a construir museos para Pinault.

En algún momento de su trayectoria construyó en un diminuto terreno al borde del mar una espléndida torre de cuatro pisos. Una verdadera locura. Está claro que los retos descomunales son lo suyo. De ello dan buena cuenta el montón de dibujos, diseños, proyectos, sueños y fantasías que se exhiben en estos días en el Centro Pompidou de la capital francesa.

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