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Lunes , 22.10.2018 / 21:24 Hoy

Sentido contrario

Speer

Héctor Rivera

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Albert Speer hijo vivió una de esas vidas que transcurren en los laberintos del infierno. Como su padre, y tal vez al igual que su abuelo, vivió en su niñez una curiosa relación familiar. Rechazaba a su padre pero anhelaba su afecto. Habría hecho cualquier cosa a cambio de una amorosa caricia paternal. Solo la arquitectura curó sus profundas heridas emocionales.

Albert nació en Berlín un año después de la llegada de Adolf Hitler al poder, a finales de julio de 1934. Cuando sus ojos vieron la luz primera, funcionaba ya a las afueras de Múnich, en Dachau, el primer campo de concentración nazi. Por supuesto, era demasiado pequeño para saberlo, apenas estaba en edad para acudir con cierta frecuencia en compañía de sus padres y sus hermanos, con los hijos de los integrantes más destacados de la camarilla nazi, a visitar a Hitler en su casa en los Alpes bávaros. Ahí, el tío Adolf los correteaba con risa forzada en la terraza en un tenso ambiente. Lo sentaba en sus piernas y acariciaba sus cabellos rubios, le convidaba helado y pastel.

Según las malas lenguas, su padre, el arquitecto Albert Speer, alto, elegante y guapetón, le movía el piso a Adolf, que a pesar de su humor destemplado le complacía en todo lo que podía.

Mientras Albert Speer hijo llegaba al mundo, su padre desempeñaba un extraño cargo en el gobierno hitleriano. Dirigía una sección del Frente de Trabajadores que llevaba por nombre La Belleza del Trabajo. Tenía como encomienda el diseño de un campamento de cabañas que alojaría a los operarios que trabajaban en la construcción de autopistas. Lo hizo tan bien que de inmediato fue incorporado al equipo de Rudolf Hess y de ahí saltó rápidamente a la camarilla de Hitler. En 1937 el líder nazi lo nombró inspector general de la construcción de Berlín. A sus 32, la tarea que recibía entonces era descomunal.

Al paso de los días, Speer fue ganando terreno en la alta jerarquía nazi. No solo se convirtió en el arquitecto favorito de Hitler y en consecuencia del gobierno nazi, sino que se hizo cargo de todo tipo de construcciones y remodelaciones en los domicilios privados de los más altos oficiales y ministros alemanes. Compartía con discreción la vocación secreta de Hitler por la arquitectura, trabajaban a veces juntos en proyectos del interés del líder, empleaban la misma mesa, los lápices, las reglas, pero, como una regla de oro que nunca rompía, jamás le hacía ver sus muchos errores. Nunca lo criticaba ni le enmendaba la plana, de manera que las metidas de pata abundaban en la distribución de los espacios, en las estructuras, en los acabados y hasta en la distribución de los mobiliarios.

Speer estuvo siempre al lado de Hitler en los momentos cruciales de su aventura bélica y terminó por convertirse en su ministro de Armamento. En las páginas finales de su libro de memorias anota con tristeza: “La noche de aquel primero de mayo, cuando se difundió la noticia de la muerte de Hitler, yo dormía en una pequeña habitación del cuartel general de Dönitz. Al abrir la maleta hallé el estuche rojo de piel, todavía cerrado, que albergaba el retrato de Hitler. Mi secretaria lo había puesto allí. Tenía los nervios deshechos. Cuando puse el retrato encima de la mesa, me acometió una crisis de llanto. Hasta ese momento no acabó mi relación con Hitler…”.

Speer padre, que supo de cámaras de gas, de fusilamientos sumarios, de experimentos clínicos con prisioneros, de madres e hijos esclavizados, de abusos y excesos de los nazis, negó todo. No habló demasiado de su cercanía con Hitler. Al final de la guerra, como casi todo el liderazgo nazi, compareció ante los Tribunales de Núremberg. El 30 de septiembre de 1946, contó en sus memorias, “vestidos con nuestros trajes recién planchados, nos sentamos por última vez en el banquillo de los acusados”. Fue condenado a 20 años de encierro en la prisión de Spandau, en Berlín, y murió en septiembre de 1981, a los 76, en Londres, tras cumplir su condena en 1966.

Speer hijo tenía 12 años cuando su padre ingresó a la prisión. La relación entre ambos se había roto sin remedio. Tal vez el hijo del arquitecto de Hitler sentía todavía las rodillas huesudas del líder nazi clavadas en su trasero. Sin duda pesaban demasiado sobre su ánimo las tareas que había desempeñado su padre como integrante de la camarilla nazi. Le molestaba la complicidad del autor de sus días con el genocida Adolf Hitler.

Toda su vida, Speer hijo aborreció a su padre mientras sufría en secreto por su ausencia. Murió hace unos días, el 15 de septiembre de 2017, a los 83 años. Lúcido, inteligente, próspero arquitecto, cargó siempre sobre sus espaldas el cadáver ensangrentado de su padre.

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