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Martes , 11.12.2018 / 17:08 Hoy

Sentido contrario

Simone y Claude

Héctor Rivera

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Claude Lanzmann lucía a menudo una sonrisa pícara. La vida que arrastraba como con cierta vergüenza se le acabó el pasado 5 de julio a los 92 años en París. Editor, director de cine, guionista, productor y periodista, ha sido recordado en estos días por Shoah, el documental de 10 horas en el que trabajó durante unos 10 años para describir, mediante entrevistas y testimonios, los sufrimientos de los integrantes de la comunidad judía en los días del nazismo.

Su película ha sido vista por muchos como el intento más consistente de abordar de manera seria y directa el sufrimiento de los judíos perseguidos por las tropas hitlerianas, y es una referencia frecuente en libros, ensayos, películas y trabajos periodísticos.

Simone de Beauvoir describió con mucha certeza el contenido y la trascendencia de Shoah: “La película tiene magia, y la magia no se puede explicar. Después de la guerra hemos leído gran cantidad de testimonios sobre los guetos y sobre los campos de exterminio; hemos quedado conmocionados. Pero, al ver ahora la extraordinaria película de Claude Lanzmann, caemos realmente en la cuenta de que no sabíamos nada. A pesar de todos nuestros conocimientos, la experiencia, con todo su espanto, permanecía a considerable distancia de nosotros. Por primera vez podemos vivirla dentro de nuestra cabeza, en nuestro corazón, en nuestra carne. Se convierte en algo nuestro. Ni mera ficción ni estricto documento, Shoah logra esta recreación del pasado con una impresionante economía de medios: lugares, voces, rostros. El gran arte de Claude Lanzmann consiste en hacer hablar a los lugares, resucitarlos mediante las voces y, más allá de las palabras, expresar lo indecible mediante los rostros. El montaje de Claude Lanzmann no obedece a un orden cronológico; yo diría —si se puede emplear esta palabra a propósito de esto— que es una construcción poética. Nunca jamás hubiera podido imaginar semejante alianza entre el horror y la belleza. Desde luego, la segunda no es capaz de ocultar al primero, no se trata de esteticismo: al contrario, ella la ilumina con tal inventiva y con tal rigor, que podemos darnos cuenta de que estamos contemplando una gran obra. Una obra maestra en estado puro”.

La cita, larga y detallosa, no es gratuita. Alude muy discretamente a una vieja pasión que pocos han recordado mientras hablan de la partida de este hombre sencillo, casi humilde, pero enérgico en su defensa del pueblo judío.

Alude en un trasfondo secreto a los ríos de amor y placer que vieron transitar a Simone de Beauvoir en la robusta barca de su intelectualidad. La pareja

de Jean-Paul Sartre ha sido siempre una luz que guía las teorías del feminismo. Sin ella y su obra muchas mujeres se perderían en la oscuridad, hostilizadas por los hombres vacíos, sin talento y dueños de cada pliegue de la vida de las señoras.

Pero resulta que, como una superheroína que vive bajo sus ropas formales una vida escandalosa y libertina, Simone era dueña de una capacidad amatoria tan intensa como prolíficas fueron sus posibilidades creativas.

Es decir, Simone no tuvo miedo de amar. Dueña de sí misma, de su hermoso cuerpo maduro, se entregó a los brazos de quienes le gustaban y recibió el amor generoso que le prodigaban sus cercanos. Sartre fue su pareja de toda la vida, compañero fiel de aventuras y desventuras más intelectuales que carnales, pero Simone no se negaba los placeres que llenaban de intensidad su vida.

En un país como Francia, donde los desplantes eróticos no impresionan a nadie, Simone desató el escándalo años después de muerta cuando al comienzo de 2008 se difundió la fotografía que la mostraba desnuda, de espaldas, arreglando sus cabellos ante el espejo de un baño. La revista de izquierda Le Nouvel Observateur la publicó en su portada mientras los franceses celebraban el centenario de su nacimiento, y se dio el raro gusto de ponerle encima un encabezado que la calificaba con cierta maldad: “Simone de Beauvoir, la escandalosa”. Cuando se captó la imagen, en Chicago, Simone estaba en efecto disfrutando de la piel de uno de sus amantes favoritos, el escritor Nelson Algren. Era 1950 y tenía 42 años.

Otro de sus amantes por aquellos años candentes era Lanzmann, secretario y amigo de Sartre y de Simone. El realizador de Shoah era 18 años menor que la autora de El segundo sexo y recibía con cierta frecuencia cartas escritas desde la clandestinidad, desbordantes de ternura: “Chéri, mi amor absoluto, mi niño adorado, no hay palabras para describirte mi amor… Sí, mi querido niño, tú eres mi primer amor absoluto, ese que solo se conoce una vez, o jamás”.

Lanzmann habrá sonreído con picardía toda su vida con ese recuerdo.


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