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Martes , 13.11.2018 / 11:19 Hoy

Sentido contrario

Primero las damas

Héctor Rivera

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Yo no me daba cuenta, pero mientras cursaba la primaria en la escuela Benito Juárez de la vieja colonia Roma el país daba un vuelco de cara a los servicios médicos, sociales, culturales de los mexicanos. Esos presidentes que portaban trajes sin corbata, que olían a loción, que llevaban con orgullo el distintivo del PRI en su solapa, que se peinaban con gomina y sonreían de tiempo completo cautivaban al mundo entero, como Adolfo López Mateos. Yo estaba muy pequeño pero ya tenía razones para estar agradecido por lo que hacía por mí.

Se dice que su esposa, Eva Sámano de López Mateos, reconocía en privado que era una maravilla amanecer todos los días con alguien tan bello a su lado.

Los maestros, los ferrocarrileros y los electricistas lo odiaban, como podía leer en las pintas que dejaban en los muros de mi escuela. Pero ese pleito que llevaba a las calles a montones de granaderos con macanas ensangrentadas no me preocupaba ni tantito. Yo estaba atento a la llegada del enorme tráiler refrigerado que entraba por la calle de Jalapa luciendo un logotipo enorme del Instituto Nacional de Protección a la Infancia (INPI). Rascaba en el fondo de mi bolsillo y sacaba mis monedas de 20 centavos. Me escurría en la fila, entre niños flacuchos y tosijosos, y compraba mi desayuno escolar. A veces dos. Íbamos luego a las gradas del gimnasio, en la parte trasera de la escuela, y nos entregábamos al disfrute de un sándwich de carnes frías, un cuartito de leche, una natilla y un plátano. Yumi yumi. Disfruté ese placer hasta que un día mi maestra me pescó por la oreja y me puso una regañada de aquellas. Lo menos que me dijo fue que no tenía vergüenza. Esos desayunos, me explicó de mala manera, eran para los niños pobres, malcomidos, que iban a clases con la panza vacía. No era mi caso, claro.

Mi vocación por la glotonería se truncó de golpe, pero le seguí guardando un fervoroso agradecimiento al presidente López Mateos y a su esposa. El tráiler del INPI pasó a formar parte del elocuente alfabeto de mis sueños y fantasías. 


En un país con tantas carencias, tantas miserias, tantos niños desnutridos, una primera dama emprendedora, sensible, inteligente, tiene muchísimo qué hacer. Eva Sámano lo entendía claramente. Cálida, bondadosa, cuidaba de los niños pobres, de las señoras embarazadas, de los sintrabajo, de los campesinos. No paraba ni un segundo. Pero también la veía en las páginas de los periódicos elegante, distinguida, muy bien vestida, con abrigo y guantes, con sombrerito coquetón, conviviendo con otras damas de todo el mundo.

En ese pasado de colores deslavados y aroma a torta de nata, las primeras damas vivían su papel como una suerte de sacrificio extremo. Las otras primeras damas, de los estados, de los municipios, de los pueblitos, trataban de seguir sus pasos agitados y glamorosos.

Años después, ya convertido en un adulto con afanes periodísticos, viajé un día a la sierra con la comitiva de la primera dama de Guerrero. Miraba con asombro cómo una presurosa avanzada pintaba de blanco todas las fachadas de las paupérrimas casuchas, repartía trípticos y convocaba a la población a reunirse para escuchar a los brigadistas en medio del monte. En una camioneta con aire fresco viajaba atrás la primera dama. Pero mi perplejidad fue mayúscula cuando los brigadistas desplegaron ante la mirada apesadumbrada de los campesinos harapientos, las señoras embarazadas y los niños panzones y medio encuerados, los cartelones enormes que ilustraban sus cursos instantáneos de correctos hábitos alimenticios: hay que comer todos los días carne, pollo, pescado, huevos. Desde su camioneta la primera dama sonreía satisfecha mientras a mi memoria acudían la imagen de Eva Sámano y el aroma inolvidable de los desayunos infantiles.

Hoy día no hay primera dama que se aventure a repartir desayunos escolares entre los niños hambreados de las escuelas públicas. Peor aún, la tendencia es que las primeras damas se hagan las locas, que cierren los ojos ante la aplastante realidad, que se la pasen de compras entre París y Nueva York. Y eso si aceptan el cargo, porque las esposas de los presidentes ya no quieren desempeñar ese papel. En Cuba no saben cómo tratar a la esposa del presidente. En España, el presidente del gobierno acaba de dejar al país entero con la boca abierta con su extraña declaración: “La primera dama debe estar ahí siempre para apoyar al presidente en los momentos difíciles, y yo en los momentos difíciles solo me he tenido a mí, de modo que merezco ser mi primera dama. Este rol siempre se ha asociado a las mujeres. Ya va siendo hora de que esto cambie. ¿Por qué los hombres no pueden ser primera dama?”.

Y así. 

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