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Martes , 11.12.2018 / 15:50 Hoy

Sentido contrario

Pellicano ataca de nuevo

Héctor Rivera

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Las figuras morales nunca ríen. El humor puede reblandecer la estatua que habitan. Tantos años de jeta pueden hacerse añicos en un segundo de sonrisa amable. Además del gesto hosco y la mirada amenazante, un traje de seda oscuro, unas gafas para ver de frente al Sol sin miedo y unos minutos de gimnasio al día ayudan mucho. Tony Pellicano lo tenía bien entendido.

Cuando fue juzgado por primera vez en la primavera de 2008 nadie se dio cuenta de que aquel hombretón alto, fornido y elegante era en realidad un líder moral a su modo brusco, violento, como cualquier personaje de Hollywood, cuyas virtudes se encargaba de mantener bajo su resguardo. Entre él y Sylvester Stallone o Steven Seagal había muy poca diferencia y no precisamente en lo abultado de la cartera.

En su momento, el FBI invirtió casi siete años para estructurar un proceso contra Pellicano desde que la reportera de Los Angeles Times Anita Busch se presentó en una comisaria en junio de 2002 para denunciar que había hallado un pescado con una rosa roja en la boca, incrustado en el parabrisas baleado de su auto con una nota que le ordenaba “Detente”. Luego dos sujetos la atacaron a las puertas de su hogar, se metieron en su computadora y comenzó a recibir llamadas telefónicas intimidatorias. En el juicio, Pellicano cargó con la culpa aunque en realidad su equipo trabajaba para resolverle un pequeño problema al muy poderoso agente de estrellas de Hollywood Michael Ovitz, representante de figurones como Steven Spielberg, Madonna y Martin Scorsese, quien habría echado mano de sus servicios para investigar a dos docenas de personas que hablaban mal de él, incluida la reportera Busch, según trascendió en los tribunales. Ex presidente de la compañía Disney y director fundador de una de las agencias de contratación de actores más prestigiosas de la industria del espectáculo, Ovitz estaba entonces en la mira de Busch, lo mismo que el actor y productor Steven Seagal. Entre todos le hicieron pedazos la vida a la periodista al servicio también de Variety y Hollywood Reporter, hoy en retiro, quien habría terminado por descubrir que los oscuros contactos de Pellicano estaban también en las oficinas del diario en el que trabajaba.

El detective privado, que portaba siempre un bate de beisbol en la cajuela de su auto para convencer a sus víctimas, se presentó ante la justicia con la misma prepotencia que animaba a sus patrones. Cuando la reportera dirigió unas palabras a la corte refiriéndose al daño que había sufrido en el ejercicio de su profesión, Pellicano la ignoró volviendo el rostro hacia sus abogados. Sin embargo, entre otras cosas alcanzó a escuchar: “Desafortunadamente descubrí mientras trabajaba en Los Angeles Times que tenías una relación de confianza con el abogado que me aconsejaba y uno de los reporteros que estaban cubriendo este caso criminal”. En pocas palabras, lamentó entre lágrimas que Pellicano había hecho de su vida un infierno.

El desprecio que uno de los hombres más temidos de Hollywood dejó ver en la corte hacia Busch fue percibido por la juez a cargo del caso. “No me ha convencido de que no es un riesgo ni un peligro para la sociedad”, le dijo. Y lo juzgó culpable de 76 de los 147 cargos que enfrentaba. Sus crímenes mayores, que le valieron una condena de 10 años de prisión, tenían que ver con la extorsión, el fraude, suplantación de identidad, chantaje organizado y escuchas telefónicas ilegales para trasmitir información a las partes interesadas.

A pesar de sus miedos y sus angustias, Busch se quedó prendida de la yugular del encarcelado Pellicano y de Ovitz en un pleito legal que dura hasta ahora en las cortes estadunidenses. Sin embargo, el argumento que el detective privado nunca esgrimió en su defensa es el de su interpretación de la moral. No dijo que actuaba en defensa de la integridad de quienes le contrataban para defender a las familias amenazadas por el adulterio, la vigencia de acuerdos comerciales, la solidez de ciertas empresas, la intimidad de transgresores sexuales. Parece que era ese el espíritu que animaba sus acciones.

Un espíritu que no ha pasado desapercibido para los productores de la exitosa teleserie Ray Donovan, que está llegando en estos días a su quinta temporada. El personaje de un detective privado con aliento mesiánico, déspota y prepotente, dispuesto a resolver cualquier problema por la buena o por la mala con un equipo que enfrenta lo mismo casos de adulterio, engaños de los productores de Hollywood, deudas sin pagar, chantajes, oscuros temas de sexualidad, más lo que se acumule, pone a Pellicano donde debió estar siempre: en las pantallas de cine y televisión.

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