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Lunes , 15.10.2018 / 15:27 Hoy

Sentido contrario

Pasolini, una redención a medias

Héctor Rivera

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Los senderos del Señor son inciertos, indescifrables, llenos de abrojos, más cuando conducen a su grey a las puertas de las salas de cine. Hace casi 30 años, el cineasta francosuizo Jean-Luc Godard armó un escándalo de proporciones descomunales en casi todo el mundo cuando los cines comenzaron a proyectar como si nada su película Dios te salve, María. La historia mundana que relataba aludía a la Virgen María, a su desnudez, a su embarazo, a la maternidad, a una existencia común y corriente. Mientras las multitudes enardecidas arrojaban piedras contra los cines, invocaban a la censura y exigían el cierre de los cines y el secuestro de las copias de la película, Godard se declaraba de religión protestante y sin formación evangélica. Pidió, sin embargo, que su cinta no se mostrara en las salas romanas próximas a la Santa Sede para no mortificar al papa Juan Pablo II. Pero Wojtyla no quedó contento. Por lo menos en apariencia. Pidió a los católicos emprender una “vigilia de reparación” y lamentó con cierta indignación las proyecciones de la película en los cines de Roma.

Por aquellos días de 1985 me encontré con Ambrose Eichenberger en La Habana mientras acudíamos a las jornadas del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Suizo, de la orden de los dominicos, funcionario en la Comisión de Medios del Vaticano, Ambrose, un hombre bonachón, cálido y sincero, estaba a cargo de la Organización Católica Internacional del Cine y Audiovisuales, que aún ahora juzga y premia obras fílmicas en los festivales cinematográficos. Mientras charlábamos un día, me sorprendió con un comentario indiscreto: en una pequeña sala de proyecciones en la Santa Sede, Juan Pablo II había visto con otros prelados Dios te salve, María, y le había gustado.

Entre 1980 y 1990, durante los 10 años que tuve a mi cargo el Cine Arte del Centro Universitario Cultural de la comunidad de los dominicos, una sala de 700 localidades al lado de la Ciudad Universitaria, solo tuve algunos tropiezos con la censura clerical hacia 1990. A un cura déspota y sumamente ignorante le dio por calificar a las películas y a sus directores. Desconfiaba, condenaba, vetaba, prohibía como un aprendiz de inquisidor. Me fui de ahí entonces con mis criterios de Bergman, Fellini, Kurosawa, Visconti, Scorsese, que seguían con lealtad los del hermano Óscar Mayorga, fundador del Cine Arte CUC.

A todos nos gustaba Pasolini también. Nos dejaba siempre el agridulce sabor de lo prohibido y un montón de dudas, de enigmas místicos, de provocaciones intelectuales. Comunista, homosexual, católico, ensayista, poeta y cineasta, perseguido, amenazado, Pasolini era una piedra en el zapato de todos, sobre todo de los políticos, los curas y los intelectuales. Como en México, sus películas de escándalo llegaban a las salas de todo el mundo por la puerta de atrás, evadiendo la censura. Así pasó por el Cine Arte CUC muchas veces. No podía ser de otra manera.

Cuando su cuerpo despedazado fue hallado al amanecer del 3 de noviembre de 1975 cubierto de sangre y lodo en la áspera playa de Ostia, en las afueras de Roma, muchos se preguntaron si no le habían enviado a la muerte quienes sufrían dolores de cabeza con sus ideas. Enredado en una oscura trama de bajas pasiones homosexuales, su asesinato no ha sido del todo esclarecido hasta ahora.

Para entonces su vida y su obra estaban prácticamente partidas por la mitad, después de una primera época luminosa y alegre, marcada por el neorrealismo italiano: Accattone, Mamma Roma, Ro.Go.Pa.G., Pajaritos y pajarracos, La Tierra vista desde la Luna y Edipo rey. En el camino realizó casi con devota lealtad su versión de El Evangelio según san Mateo.

Luego, en los 70, después de la genialidad de Teorema, su cine conoció la malicia, cedió a las pulsiones eróticas. Vinieron entonces la “Trilogía de la vida”, de la que luego se arrepintió, y Saló, violenta, escatológica, brutal. La vi en París, en una función de media noche, en una pequeña sala de arte. Los franceses, avaros y exigentes a menudo, se levantaban de sus butacas y salían a la calle, conmocionados por sus explícitas descripciones.

Entonces el Pasolini que para sorpresa de muchos acaba de reconocer la Iglesia católica por su sensibilidad cristiana, por esa devota lealtad con El Evangelio según san Mateo, es aquel hombre inocente, juguetón, casi virginal de los primeros años 60. La suya es, pues, una redención a medias. Pasolini estaba demasiado cerca del pecado para aspirar a más que eso. Los caminos del Señor son inciertos, indescifrables a veces, pero las más de las veces señalados por su coherencia.

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