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Lunes , 22.10.2018 / 10:32 Hoy

Palomares

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Había pedazos de avión por todas partes. Algunos lugareños arrojaban tierra a los tripulantes para apagar las llamas de sus ropas. Buena parte de la tripulación quedó ahí, muerta, chamuscada. La noche estaba muy entrada aquel 17 de enero de 1966, cuando las primeras noticias llegaban a oídos de quienes debían estar enterados del desastre: un avión nodriza, que recargaba en pleno vuelo el tanque de combustible de un bombardero abastecido con cuatro bombas nucleares, había colisionado sobre España. Los restos de las aeronaves y su carga nuclear habían caído sobre un poblado miserable que ni siquiera figuraba en los mapas. Ahí, en Palomares, nadie sabía de las consecuencias de un accidente de ese tamaño. A quienes habían presenciado la lluvia de ardientes fragmentos de avión lo único que se les ocurría era tratar de apagar con tierra las ropas de los aviadores sobrevivientes. Los demás terminaban de cenar, arropaban a los niños para ponerlos a dormir calientitos en pleno invierno. Nadie imaginaba siquiera que dos bombas nucleares habían estallado y ardían como estufas mortales en las inmediaciones del pueblo costero, en la provincia de Almería.

Los primeros en enterarse del desastre fueron los oficiales del Mando Aéreo Estratégico de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, a cargo de la operación de los aviones que, en plena Guerra Fría, formaban parte del sistema de defensa aérea mientras se mantenían en vuelo permanente con su carga nuclear, ante la eventualidad de un ataque soviético. Ellos pusieron sobre aviso a los adormilados empleados de la Junta de Energía Nuclear del gobierno franquista, que se presentaron en el lugar de los hechos tres días después del accidente, en medio del mayor secreto. Tampoco percibieron el peligro, aunque registraban en sus aparatos un incremento en los niveles de radiación. El plutonio de las bombas andaba por todas partes como polvo animado por los vendavales. Apenas si comenzaron a preocuparse un poco cuando de la Junta de Energía Nuclear les llegó la orden de medir la contaminación de todo: “Personas, gatos, perros, casas, pimientos, pepinos, tomates”. Todo.

El sitio aproximado del desastre fue acordonado con cierta premura por un piquete de aturdidos elementos de la Guardia Civil. En el perímetro establecido un poco al azar poco más de una docena de técnicos españoles en energía nuclear buscaron con aparatos rudimentarios las huellas de la radiación esparcida por el pueblo. A la operación se sumaron unos 500 efectivos de las fuerzas armadas estadunidenses, que habían llegado a la región antes que nadie. Con la más avanzada tecnología en materia nuclear habían reconocido el terreno y dispuesto las primeras medidas de emergencia.

Pero desde que decidieron enviar por delante a los españoles en cada movimiento de riesgo, quedó claro sobre los hombros de quiénes quedaría el peso del desastre. De cualquier manera, comenzaron por restar importancia al asunto alterando las lecturas de los aparatos. Con base en ellas establecieron cuotas mínimas de indemnización para los agricultores afectados, determinaron la cantidad de cultivos que debían ser destruidos y, sobre todo, los metros cúbicos de tierra y cultivos que tendrían que recolectar y enviar a Estados Unidos en bidones sellados.

Hábiles como son, los gringos nomás le hicieron al cuento. Pagaron las indemnizaciones más mínimas que pudieron, gastaron lo menos posible en la operación de limpieza de las inmediaciones del poblado de Palomares, y recolectaron y envasaron la menor cantidad posible de tierras y cultivos. Se llevaron a un tiradero en Las Vegas unos 5 mil bidones de 200 litros cada uno llenos de residuos contaminantes. José Herrera Plaza, un investigador español experto en el desastre de Palomares, asegura que solo se llevaron el cinco por ciento de las tierras contaminadas, y las autoridades españolas calculan que los gringos se desentendieron de unos 50 mil metros cúbicos de ellas. Pero eso no es todo: el gobierno estadunidense se hizo de la vista gorda con el altísimo porcentaje de víctimas de la radiación entre la población civil de la localidad, los elementos de la Guardia Civil, los empleados de la oficina española especializada en asuntos nucleares y los efectivos militares españoles y estadunidenses que encararon el incidente. De hecho, no ofreció ningún tipo de ayuda a nadie, con toda la complicidad de las autoridades franquistas.

Palomares tenía en los días del desastre unos 2 mil habitantes al borde de la miseria. Hoy, 52 años después, cuenta con mil 780 pobladores. Nada ha pasado desde aquellos días, cuando el plutonio llegó con un viento de muerte.

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