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Domingo , 23.09.2018 / 14:00 Hoy

Sentido contrario

Moda, circo y sangre

Héctor Rivera

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Por un azar del destino coincidí alguna vez en Berlín con una de esas jornadas internacionales de la moda. El muy lujoso hotel donde se hospedaban en el centro de la ciudad las modelos y los diseñadores estaba prácticamente enfrente del modesto hostal en el que pasaba las heladas noches del invierno alemán. Me topaba con frecuencia, sobre todo en las noches, con aquellas bellezas envueltas en pieles finísimas que en pequeños grupos caminaban deslumbrantes rumbo a las pasarelas. Me impresionaba su glamur, sus vestidos vaporosos que desafiaban al frío, sus taconeos alegres, sus abrigos de pieles carísimas. Se veían llenas de felicidad, seguras de sí mismas, juguetonas. El suyo me parecía un mundo envidiable al que solo tenían acceso unos cuantos privilegiados. Un mundo en el que los diseñadores de modas establecían las reglas mientras bebían champaña y comían exóticos manjares, vestían ropas exclusivas y habitaban inmensas mansiones al borde del mar.

En realidad un mundo de apariencias. La mayoría de las modelos vive soportando dietas infames a base de hielos y piña, son tratadas como ganado bajo la amenaza de la báscula y la cinta métrica, son sometidas a eternas jornadas de pruebas y ensayos, visten ropas prestadas por unas horas y se llenan la barriga de pastillas para calmar los nervios y tener la cabeza en su sitio el mayor tiempo posible. Así, en medio del horror fingen que ríen.

Los diseñadores de moda no viven un mundo muy diferente. Cargan sobre sus espaldas el peso de una industria fincada sobre su nombre, tienen que ser espectacularmente creativos y sorprender cada temporada a un montón de señoras ricas, deben parecer serenos y brillantes mientras lidian con su salud física y mental y, sobre todo, tienen que luchar día y noche contra una horda de ambiciosos depredadores que viven metiéndoles zancadillas mientras intentan despojarlos de su éxito y sus bienes, y que incluyen a menudo a sus familiares más cercanos.

La tendencia actual de incluir en los más prestigiados eventos de modas a modelos, hombres y mujeres físicamente disminuidos, mutilados, obesos, ciegos o sordos, anoréxicos y hasta agonizantes, da buena cuenta de los entretelones del enorme y jugoso circo que disfrutan unos cuantos.

Cuando el argelino afincado en París Yves Saint Laurent, uno de los más venerados líderes del mundillo de la moda internacional, murió al comienzo de junio de 2008 a los 71 años, salieron a la luz pública los detalles de una carrera empedrada de grandes sufrimientos y marcada por la miseria en sus inicios. Solo el alcohol y las drogas conseguían mantenerlo más o menos de pie mientras ascendía en su trayectoria realizando a veces trabajos infames. Cuando falleció, había hecho de su firma una de las más prestigiosas, había acumulado una enorme fortuna y era dueño de una espectacular colección de objetos de arte, no siempre adquiridos de manera legal.

La historia del italiano Gianni Versace es bastante peor, aunque marcada por un éxito enorme por sus vínculos con la música, el teatro y el cine. Tras sus coloridos estampados, que incluían a menudo motivos dorados, se ocultaba una vida de soledad y excesos que quedó al descubierto en buena medida por la serie televisiva que acaba de pasar por la televisión prácticamente contra la voluntad de sus familiares. Este celebrado hombre de mirada triste fue asesinado a tiros por un trabajador sexual a las puertas de su casona en Miami la mañana del 15 de julio de 1997, dejando ver una vida llena de puntos oscuros. Mucho dinero, mucha celebridad, pero también muchos sufrimientos.

El caso de Maurizio Gucci, el heredero de la famosa firma marcada por el odio familiar, no es muy diferente, aunque en principio parecía bastante más complejo. El también italiano cayó bajo las balas de un matón a sueldo en una calle de Milán el 27 de marzo de 1995. Muchos vieron en el escandaloso crimen las manos de la Mafia, de los ricachones árabes o de los competidores de la prestigiada marca, pero las largas indagaciones de la policía revelaron casi dos años después del asesinato que se trataba de un crimen pasional con Patrizia Reggiani, la esposa de Gucci, como autora intelectual.

Patrizia, quien solía decir: “Prefiero llorar en un Rolls-Royce que ser feliz en una bicicleta”, había tomado venganza así por la vida disipada de su marido. De hecho, había dejado ver no solo el rencor que sentía por su pareja, sino también las miserias que abundan en el sofisticado mundo que habitan, cuando escribió: “Hay quien muere en un accidente de coche, quien de una enfermedad, y hay quien tiene el privilegio de convertirse en objetivo de un asesino a sueldo”.

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