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Martes , 23.10.2018 / 07:52 Hoy

Sentido contrario

Los placeres del verano

Héctor Rivera

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Mi abuela fue una viajera irredenta. Viajó por el mundo entero detrás de un embajador. Era su secretaria, y cargaba con baúles enormes en barcos y trenes, a veces en aviones. Llevaba de todo: abrigos, sombreros, paraguas, vestidos, zapatos. Cuando se hizo vieja y se retiró, sus baúles fueron a dar a un rincón de la casa que habitábamos. Ahí nos escondíamos los hermanos por lo menos una vez al día. Más de una vez nos quedamos encerrados, mirando con angustia por el ojo de la cerradura y sin más paisaje que los forros de seda con estampados de flor de lis.

Tal vez en ese pasado de viajero suspendido en el tiempo esté el origen de una obsesión que me domina desde hace tiempo, asociada con los cálidos días del verano y el exotismo de los jeques árabes.

Yo, que cuando viajo no llevo más que una mochila pequeña, me sorprendo con el boato de los viajes vacacionales de los dueños del mundo árabe. No puedo imaginar cómo pierden el sueño quienes se hicieron cargo de empacar hasta el más mínimo capricho del emir al recordar en la madrugada, con la frente bañada en un sudor frío, que el patito de plástico del más pequeño de la familia se quedó olvidado en el palacio. Si se sabe que los árabes, célebres por los malos humores que vierten a menudo sobre sus empleados, publican de vez en cuando convocatorias solicitando verdugos para repartir azotes o cortar manos y cabezas, se entenderá por qué tiembla la servidumbre ante la posibilidad de cualquier error.

Por ejemplo, preparar el equipaje de Tamim bin Hamid Al Thani, el emir de Catar, implica cualquier cosa excepto diversión. El tipo viaja por lo menos con un centenar de maletas, que hay que acomodar en las bodegas de su Boeing 747. Hay que empacar sus gustos multiplicados por mil, incluidas sus chanclas para piscina y centenares de peines que emplea para acicalar sus bigotes y sus tupidas cejas.

Hace un par de años, el emir pagó cuatro millones de euros durante sus vacaciones en Mallorca en compañía de tres jequesas, y se gastó otros cuatro en chuchulucos. Después, el emir viajó a Argentina para reunirse con Mauricio Macri. Días después se refugió en un hotel de lujo en la Patagonia, en 30 habitaciones a un costo de 2 mil dólares la noche cada una.

A sus casi 38 años, el emir puede gastar en lo que se le antoje. Nomás dispone de unos 2 mil millones de euros para satisfacer hasta el más absurdo de sus caprichos.

El que no decide todavía el lugar donde va a veranear con su numerosa familia y su tumultuoso séquito es el rey Salman de Arabia Saudí. A sus 82 años, el monarca saudita no se decide todavía a viajar a Tánger, donde la pasó tan bien el año pasado a un precio de risa: 100 millones de dólares. En medio de sus angustias, los lugareños recuerdan que el verano pasado sucedió lo mismo, hasta que el rey bajó del cielo con sus acompañantes y sus millones.

Desde que su presencia en la Costa Azul francesa, en un exclusivo centro turístico cerca de Cannes, dio lugar a una suerte de levantamiento popular cuando decidió cerrar los accesos a la playa y cambiar el aspecto del lugar al mandar instalar un elevador privado, Salman pasa sus vacaciones en su mansión de 30 hectáreas en Tánger, protegida por un muro de 1.5 kilómetros. Al viejo estilo, los habitantes de la región forman filas para ofrecer sus servicios de cocineros, de mucamas, de choferes, de guías, de prostitutas. Regatean, discuten, suben y bajan sus tarifas hasta que llegan al acuerdo que habrá de garantizar su sobrevivencia por lo menos hasta el año próximo.

La propiedad real en Tánger cuenta con cuatro edificios para uso de la familia y sus invitados, y otras instalaciones para los empleados del servicio. Tiene cuatro helipuertos, estacionamiento para un centenar de automóviles y limusinas, un pequeño hospital bien equipado y algunos restoranes temáticos.

Como la familia real viaja con un séquito de mil personas, echa mano de más de 900 habitaciones en los hoteles más cercanos y suele rentar unos 500 automóviles de lujo.

Pero en estos días los habitantes de la localidad tiemblan aún: el rey no acaba de decidir a dónde diablos va a pasar sus vacaciones.



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