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Miércoles , 20.06.2018 / 16:26 Hoy

Sentido contrario

Los Fernández de Coyoacán

Héctor Rivera

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Ahora estarán los tres en el cielo dirimiendo sus diferencias. De existir ese lugar incierto y prometedor, se encontrarán allá con otros personajes de sus viejas tragedias mundanas: Gabriel Figueroa, Mauricio Magdaleno, Pedro Armendáriz, Dolores del Río... Columba Domínguez, fallecida el pasado miércoles, estará arribando apenas, sorprendida y agitada, tal vez enojada. El Indio Fernández, si lo dejaron entrar, anda por ahí desde hace unos 30 años. Adela Fernández, su hija, seguro sí está allá; se mudó apenas el año pasado con todo y su eterna congoja. Los tres padecieron mucho. Un sufrimiento que se prodigaron puntualmente, riñendo sin descanso toda la vida.

Cuando Adela era una niña, El Indio se empeñaba en el mejor cine que se ha hecho en México. En su casona en Coyoacán, en busca de una inspiración luminosa, se acomodaban en el suelo en largas noches de desvelo, junto a la chimenea, con los tequilas al alcance de la mano. Mauricio Magdaleno anotaba; Gabriel Figueroa visualizaba; El Indio imponía su estilo. Al fondo, entre las sombras y los humos de los cigarros sin filtro, Antonio Bribiesca rasgueaba sin descanso su llorona guitarra mexicana. La escena me la describió alguna vez Adela. De pronto, las musas encendían el ánimo de El Indio. “¡Tengo una idea genial!”, gritaba eufórico. Sacaba del bolsillo una servilleta garabateada. Y explicaba: es la historia de dos familias que se odian a muerte y sus hijos se enredan en un estrecho lazo amoroso contra la voluntad de sus padres… Nadie se atrevía a decirle que Shakespeare ya había escrito esa historia y la había ubicado en Verona. Yo escribo el argumento y tú haces la adaptación, Mauricio. Sí Emilio. Los gemidos de la guitarra de Bribiesca desafinaban apenas mientras el bardo inglés se estremecía en su tumba. No había quien le dijera que no a El Indio. Así fraguaron juntos Flor silvestre, Las abandonadas, Bugambilia, María Candelaria, Pueblerina, La malquerida, Víctimas del pecado, La rosa blanca…

Tampoco Adela ni Columba pudieron decirle que no nunca. Adela soportó la tiranía del realizador, su rechazo por su piel blanca, sus cabellos rubios y sus ojos redondos. Pobre Adela. Nada que ver con los rasgos indígenas de los celebrados personajes sufridores de su autoritario padre: morenos, de ojos almendrados. Se sometió durante sus años de adolescencia a un obsesivo ritual matutino que intentaba librarla de la maldición de los ojos redondos: El Indio la llamaba al balcón, la hacía sujetarse del barandal mientras ponía la rodilla sobre su espalda y tiraba de sus cabellos a pesar de sus gritos y llantos. Todo fue en vano. Sus ojos mantuvieron su redondez.

A sus 16, Columba tenía unos hermosos ojos tristes y una altiva presencia de elegante belleza indígena. A esa edad se casó con El Indio, 25 años mayor. El realizador le pidió a Gabriel Figueroa y a su esposa que fueran sus padrinos. La pareja accedió pero fueron testigos también de la paliza que El Indio le propinó a su flamante cónyuge en plena fiesta. Conmocionados, abandonaron el festejo.

Irascible, violento, temperamental, El Indio amaba a Columba y también a Adela. A su modo. En nombre de ese amor redujo a escombros la existencia de las dos. Columba lo siguió soportando después de un matrimonio más o menos breve. Adela se largó de su casa a los 17 con el corazón sangrante. Sus días fueron de amor y odio, añorando y temiendo día y noche la figura de su talentoso padre.

La hija de El Indio me contó alguna vez con rabia cómo Columba, su jovencísima madre postiza, le daba pellizquitos en las orejas: “Columba, que hizo cuatro películas con El Indio, que fue su amante, su señora, su amadísima, su mujer, y mi madrastra: la que me daba de comer, la que no dejaba que el mundo me atolondrara, y la que me pellizcaba las orejas para educarme. Columba me educó a pellizcos de orejas, aunque se me deshicieran, porque quería que yo fuera fuerte. Yo hice miles de cosas para ganar su amor, su afecto, y tuve que recordar siempre las orejas pellizcadas para sobrevivir”.

Muerto El Indio en agosto de 1986, Adela y Columba pelearon legalmente por la casona del realizador en Coyoacán. En esos días, el abogado de Columba se le acercó a Adela para tratar de convencerla de que su clienta no era necesariamente su enemiga. Adela le pellizcó la oreja y le dijo con una sonrisa: “Dígale a Columba que no me venga a hablar de Adelita; si tiene tanta necesidad de hablar conmigo, no va a ser con esa Adelita a la que le pellizcaba las orejas”. Y se quedó con la casa.

Tal vez ahora mismo los tres se estarán pellizcando las orejas con san Pedro como testigo.

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