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Sentido contrario

Las alas de Amelia

Héctor Rivera

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Desde hace años muchos se preguntan dónde diablos fueron a parar Amelia Earhart y su navegante Fred Noonan. Ambos volaban desde el 21 de mayo de 1937 en un Lockheed Modelo 10 Electra, un pequeño avión que los llevaría a recorrer medio mundo en un itinerario de locos y en las peores condiciones: de Los Ángeles a Miami, luego Puerto Rico y Venezuela, para brincar después al continente africano. Luego Pakistán, Calcuta, Birmania, Bangkok, Singapur, Australia y Nueva Guinea. La última vez que se supo de ellos fue cuando se aproximaban a la Isla Howland, en el océano Pacífico. El guardacostas estadunidense Itasca monitoreaba su posición desde las aguas, hasta que recibió el último mensaje de los aviadores: “KHAQQ llamando al Itasca. Debemos estar encima de ustedes, pero no los vemos... El combustible se está agotando...” Unas horas después asumieron que el Electra, como la aviadora llamaba a su avión, había caído al mar y que sus tripulantes habían muerto. Era el 2 de julio de 1937 y Amelia andaba por los 39. Su intento de dar la vuelta al mundo desde el aire terminaría en el fondo del mar.

Comenzó entonces una búsqueda que hasta la fecha no termina. Unas dos docenas de expediciones no han conseguido localizar con certeza los restos de la aeronave ni los de los aviadores. Amelia se convirtió de inmediato en un mito. A fin de cuentas tenía a la mano todos los elementos que llevarían a cualquiera a un pedestal. Era joven, bella, atrevida, inteligente y capaz de emprender sin temor cualquier aventura descomunal. Feminista recalcitrante, con un pasado de desplantes hombrunos, se desempeñó como enfermera en Canadá durante las acciones de la Primera Guerra Mundial. Ahí tuvo la oportunidad de escuchar los testimonios de los pilotos heridos y de entrar en contacto con los aviones de combate. Quedó fascinada ante un mundo de aventuras que se abría ante sus ojos. Unas enormes alas se desplegaron desde entonces en su espalda. Y Amelia emprendió el vuelo.

En 1932 fue la primera mujer que voló en solitario sobre el Atlántico. Cinco años atrás, Lindbergh había sorprendido al mundo con una aventura semejante, que parecía reservada solo para los hombres. Por esta proeza, Amelia fue también la primera mujer premiada por el Congreso de Estados Unidos con la Cruz Distinguida de Vuelo. Muchos hombres se emberrincharon entonces por los homenajes oficiales brindados a una aventurera marimacha que vestía ropas y zapatos masculinos y se cortaba muy cortos los cabellos. Pero la aviadora apenas comenzaba una carrera de hazañas inéditas que acabarían por convertirla en una mujer querida y respetada por todos.

Después de las enseñanzas recibidas de la aviadora pionera Anita Snook, Amelia estaba capacitada para emprender cualquier locura. No por nada dejaba aterrada a su profesora con cada clase de aviación, desde que en su primera lección estrelló el avión contra un árbol. Seis meses después, tenía su propio aeroplano y era prácticamente amiga íntima de su profesora, una suerte de alma gemela.

Con su aspecto de muchacho travieso, con su cabello corto y sus ropas y zapatos masculinos, emprendió desde entonces vuelos espectaculares, ganó premios, impuso récords, obtuvo reconocimientos, recorrió los cielos cosechando triunfos. En 1934 atravesó el Pacífico en una aventura que antes les había costado la vida a una decena de hombres. Voló en solitario de Los Ángeles a la capital mexicana.

Parecía ya dueña de los aires, reina de los cielos. No había reto que no superara, hazaña que no emprendiera, récord que no cayera hecho añicos a sus pies. Fue entonces que comenzó a rondar por su cabeza el proyecto de una nueva aventura, un reto sin precedentes: volar alrededor del mundo. Con Noonan salió de Florida en medio de carcajadas, sueños y esperanzas. América del Sur, África y Asia quedaron marcadas en los mapas de la travesía como territorios recorridos. Todo iba tan bien que el triunfo parecía ya cosa fácil, a la vuelta de la esquina. Sin embargo, cuando se acercaban a la Isla Howland, en el Pacífico, las comunicaciones radiales se volvieron entrecortadas, hasta que el radioperador del Itasca recibió prácticamente un pedido de ayuda asociado con una frase angustiosa: “El combustible se está agotando...”

Unas horas después, nueve barcos, 66 aviones y más de 3 mil personas iniciaron una búsqueda de 17 días que costó 4 millones de dólares. Después, Amelia y Noonan fueron declarados oficialmente desaparecidos.

Desde entonces, Amelia aparece y desaparece en algún lugar del mundo. Alguien la ve en una tienda, en una base militar, en algún punto en el fondo del mar, en algún puerto. Amelia para muchos sigue viva.

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