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Miércoles , 20.06.2018 / 00:59 Hoy

Sentido contrario

La vida en el "refri"

Héctor Rivera

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Decía alguien que en estos días ya ni muerto se puede hacer lo que uno quiere. Parece que no es una verdad del todo. Hace poco, en el cementerio de una pequeña localidad francesa, los familiares y amigos de un difunto levantaban sus copas de champaña y comían salchichas frente a su tumba para celebrar su cumpleaños. Su viuda le había prometido en su agonía que estarían todos ahí cada año para recordarlo en su aniversario. En esas estaban cuando aparecieron los agentes del orden y cargaron con la indignada viuda. Ante el juez, escuchó atónita los cargos que debía enfrentar: “Violación de prohibición, incumplimiento de obligación decretada y arresto policial para asegurar la tranquilidad, la seguridad y la higiene pública”. Fue condenada al pago de una multa de 38 euros que fue revocada después de un litigio judicial, con abogado y todo, por puro principio. De cara a los policías, la viuda prometió regresar el año próximo a la tumba de su marido con sus botellas de champaña y sus salchichas. Les advirtió también que, por supuesto, no estarían invitados al festejo prohibido.

De lo que trata el asunto en el fondo no es de los excesos de la celosa ley en cualquier parte del mundo, sino de una suerte de amor eterno. A veces se quiere tanto a los cercanos que es difícil dejarlos partir, con el agravante de que a menudo ellos tampoco se quieren ir. Parece que el culto a los muertos, como el que emprendían con singular alegría cotidiana los egipcios momificando hasta a los gatos y a los pajaritos, o el que convocan las tradiciones mexicanas en los días de muertos, no es sino un culto a la vida en realidad.

Un culto que llega a conocer los extremos hasta toparse con una suerte de perversidad. Hace unos tres años, la señora Faye se fue de este mundo sin despedirse en su casa de Kentucky, al cabo de una larga y costosa agonía. Tenía 96 años y un hijo amoroso pero lleno de facturas de médicos y hospitales sin pagar, que guardó en secreto el deceso de su madre y siguió cobrando sus cheques de jubilación para paliar un poco sus miserias. Compró entonces un refrigerador de buen tamaño y la guardó ahí. Hasta que alguien la echó de menos y un diligente policía se apersonó en su domicilio. Cuando comenzaba a hacerle preguntas, el hombre sacó una pistola y se metió una bala en la cabeza. Se fue a alcanzar a su madre dondequiera que se haya ido. Cosas del amor filial y de las angustias presupuestales.

Hay casos peores. Dos años atrás, una mujer sueca fue atrapada sosteniendo relaciones sexuales con esqueletos humanos. Fue aprehendida y acusada de perturbar la paz de los muertos. En el curso de un cateo en su domicilio, la policía encontró algunos discos en su computadora con sugerentes etiquetas: “Mi necrofilia”, “Mi primera experiencia”. También había selfies que la mostraban gozando con un montón de huesos. Confesó que los compraba a través de internet.

Habrá que considerar entonces a quienes no solo obtienen beneficios cuantiosos derivados de la añeja costumbre de morir, sino que se empeñan además en hacer parecer la experiencia final como un suceso agradable, aunque no memorable. Hace 12 años se le ocurrió a alguien en Valencia la organización de una feria internacional de productos y servicios funerarios. En la edición del año pasado sus actividades incluyeron la exposición La otra cara de la vida. Cultura funeraria, ayer y hoy, con decenas de vestimentas confeccionadas para la magna ocasión postrera en las culturas mediterráneas. Para los difuntos más glamorosos los anfitriones presentaron con bombo y platillo el último grito de la moda en materia de catafalcos, un sarcófago fabricado al más leal estilo egipcio. De nuevo el culto a la vida con el rostro de la muerte.

Parece que la tendencia en nuestros muy agitados días es continuar viviendo mientras se está muerto, en el empeño de seguir en lo que nos da la gana. Si alguien lo pone en duda tendrá que asomarse a la aplicación LivesOn, disponible desde hace unos meses. El lema de la utilidad para las redes sociales ofrece: “Cuando tu corazón deje de latir, seguirás tuiteando. Bienvenido a tu vida social después de la muerte”. DeadSocial, otra aplicación similar, ofrece también la posibilidad de enviar mensajes póstumos en las redes sociales.

Con estas aplicaciones, el difunto podría estar más cerca de la vida que de la muerte, recibiendo actualizaciones y mensajes de sus familiares y amigos. Pero sobre todo, para aliviar la soledad que dejó en el acongojado corazón de sus cercanos, a partir de su pasado como usuario de las redes sociales seguirá enviando mensajes desde el más acá.

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