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Miércoles , 17.10.2018 / 02:55 Hoy

Sentido contrario

Hitchcock de museo

Héctor Rivera

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Paliducho, rubicundo, cachetón, enojado, con pelo o sin pelo, más gordo o más flaco, Alfred Hitchcock se pasea casi de tiempo completo por los museos del mundo, en particular en los que rinden tributo a su genio con reproducciones en cera de su celebérrima figura. Su obra fílmica transita también a menudo por los museos más prestigiados. Sus películas suelen ser analizadas en estos espacios por prestigiados especialistas en materia artística, que debaten sobre la música de sus películas, los vestuarios de sus personajes, sus colores favoritos, la iluminación, sus decorados, los más complicados detalles de su cine. Si viviera aún, el vanidoso realizador británico que edificó buena parte de su carrera profesional en Estados Unidos festejaría gozoso su éxito más allá de las salas de exhibición fílmica. Y con razón, si es posiblemente el autor fílmico más estudiado, más imitado y también el más celebrado.

A los museos ha llegado tal vez con mayor frecuencia el tema de sus espacios fílmicos, de su gusto por la arquitectura y de su interés por la expresión pictórica. No hay que olvidar que fue la práctica del dibujo la que le abrió las puertas del cine en sus años formativos en Berlín, mientras veía a los más destacados cineastas expresionistas alemanes crear obras portentosas. Se hacía cargo de ilustrar con sus dibujos los intertítulos de las películas mudas. Después de todo, el expresionismo en el que se formó tenía un tortuoso y definitivo vínculo con la arquitectura y con las artes plásticas. Posiblemente esa formación determinó en buena medida su gusto por los espacios incómodos en su cine, sombríos, estrechos, sofocantes. Más tarde asiduo visitante a los museos, hacía transitar a menudo a sus personajes por espacios museísticos y poseía una colección personal de arte en la que compartía gustos e intereses con su esposa, Alma Reville.

Uno de los mayores reconocimientos como creador de arte lo recibió el realizador en 2001 del Centro Georges Pompidou de París, que le dedicó una amplia exposición con el título de Hitchcock y el arte: coincidencias fatales. Cientos de objetos daban cuenta en esa muestra del itinerario de Hitchcock por el mapa de la creación artística y dejaban al descubierto los vasos comunicantes que vinculaban su obra con la de otros creadores de alto rango. Rene Magritte, Max Ernst, Salvador Dalí, Edward Hopper y Paul Klee, entre muchos otros grandes del arte, se pasearon por ahí mirándose cara a cara con Hitchcock.

Desde sus primeros años como realizador muchos vieron en Hitchcock a un director de películas comerciales. Solo eso. Sus películas eran recibidas con frecuencia como simples productos de entretenimiento. El realizador sobrevivió, sin embargo, a las calificaciones banales, humillantes para su talento descomunal, como aquella que lo identifica fácilmente como "el mago del suspenso". Si bien las largas entrevistas que François Truffaut sostuvo con el cineasta para los Cahiers du Cinéma, publicadas más tarde en el volumen El cine según Hitchcock, revelaron para sorpresa de algunos a un verdadero autor, inteligente, riguroso, con una teoría personal muy propia a propósito de la narración mediante las imágenes y, sobre todo, con una enorme cultura, Hitchcock construyó su verdadera figura por sí mismo, imagen por imagen, en el curso de su obra espléndida. Sin duda, en este sentido aún queda mucho que indagar en los sótanos de su filmografía, muchas referencias, muchas asociaciones, varias relaciones con el entorno de la creación, sobre todo en el plano pictórico.

Una de las referencias más frecuentes en el cine de Hitchcock es la obra del estadunidense Hooper, con sus sombríos espacios gélidos y descoloridos. La casa que habitaba Norman Bates con el cadáver de su madre en Psicosis salió con mucha fortuna de uno de sus cuadros, Casa junto a la vía del tren, pintado en 1925.

En un tumbo inesperado en el ámbito de la creación artística, ese cuadro, esa casa está rompiendo desde hace unos días el cielo de Nueva York, cohabitando de manera casi siniestra con los rascacielos de la ciudad. La artista plástica británica Cornelia Parker está compartiendo ahora el paisaje urbano con Hitchcock y Hooper en la azotea del Metropolitan Museum de Nueva York, donde ha construido, con viejos maderos de desecho, la casona de Bates, la casa al lado de la vía del tren de Hooper. Su respuesta a una convocatoria anual del museo, que estará ahí hasta finales de octubre, parece un homenaje múltiple a la creación y a los creadores, en particular al talento de Hooper y al genio de Hitchcock, paseando por el museo.

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