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Jueves , 18.10.2018 / 07:56 Hoy

Sentido contrario

Helen viva y muerta

Héctor Rivera

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La vida de la escritora británica Helen Bailey es un novelón espléndido. También su muerte. Lo que quedaba de Helen acaba de ser recogido por la policía forense de un agujero cavado en el jardín, cerca de la piscina de su casa en las afueras de Londres. Llevaba más de tres meses ahí mientras la buscaban afanosamente la policía, sus familiares y amigos, y muchos de sus lectores que han disfrutado durante años de sus relatos de aventuras infantiles.

La última vez que alguien la vio fue a mediados de abril. Paseaba con Boris, su perro salchicha, cerca de su casa. Su marido, Ian Stewart, solo halló una nota en la que se despedía explicando que deseaba estar sola por un tiempo en una casa de campo de la pareja. Quería escribir en santa paz. Y desapareció.

Su súbita ausencia hizo añicos el corazón de Ian a sus 55. Después de cinco años de convivencia no podía soportar el dolor de su partida. Muy compungido, le escribió una carta que difundió a través de los medios británicos. Le suplicaba su pronto regreso en un tono algo cursilón: "No solo curaste mi corazón hace cinco años, sino que lo hiciste más fuerte, más grande, más amable. Juntos fuimos capaces no solo de superar el dolor por nuestras pérdidas personales, sino de seguir adelante con nuestras vidas, sin olvidarnos de todo lo que nos pasó antes. Ahora parece que mi corazón no existe".

Para entonces Helen, a sus 51, ya no podía leer nada. No supo cuánto la extrañaba su amoroso marido. En uno de sus últimos libros, un volumen de memorias titulado Cuando las cosas malas ocurren con un buen bikini, había dejado ver la importancia de su encuentro con Ian en una de las horas más amargas de su vida. Un momento que evoca asociado con el bikini que llevaba puesto el día en que murió su primer marido, John Sinfield, con quien vivió 15 años de intensa relación conyugal. Una mañana de febrero de 2011, durante unas vacaciones en Barbados, lo había visto ponerse sus goggles y meterse luego al mar. Instantes después, arrastrado por la resaca de una ola, lo devoraban las aguas. La escritora contaría más tarde que jamás habría imaginado que ese día aciago desayunaría como una feliz esposa y comería como una llorosa viuda.Helen dedicó a Ian el libro en el que recoge aquellas horas de infortunio enredadas con el recuerdo de su bikini: "Por haber sabido darme un final feliz".

No hace mucho, Helen decidió un día poner orden en el sitio de su casa donde se acumulaban los bultos olvidados. Halló un envoltorio en el que encontró libretas de notas, lápices y plumas. Y también un bikini. Recordó entonces que lo traía puesto el día aquel cuando perdió a su marido en el mismo lugar donde habían contraído matrimonio años atrás. Lo traía mientras viajaba en una ambulancia rumbo al hospital. También recordó entonces cómo revoloteaba por su cabeza aturdida, una y otra vez, una frase algo absurda: "Pero traigo puesto un bikini". No podía creer que estuviera viviendo un momento tan devastador vestida con un bikini. Guardó de nuevo el paquete pero no los recuerdos tristes.

Su encuentro con Ian poco después de la muerte de John en el curso de una terapia para personas que han perdido a un familiar cercano la sacó de sus sufrimientos. La esposa de John acababa de morir y él también halló consuelo en una relación que terminó en matrimonio. Padre de dos hijos adultos, John se mudó a la casa de Helen, donde todos compartían el éxito literario de la escritora. Y también su fortuna.

Cinco años más tarde Helen desapareció misteriosamente, después de que alguien la vio pasar mientras paseaba con su perro salchicha. Surgieron muchas preguntas, muchas dudas, muchas hipótesis. A alguien se le ocurrió que estaría imitando a Agatha Christie, la celebrada escritora de historias de suspenso y crimen que en pleno éxito desapareció alguna vez de manera inexplicable durante 11 días, hasta que fue hallada en un hotel de lujo con un nombre falso.

Pero no. La afanosa búsqueda de Helen no llevó a ninguna parte. Tampoco se sabía a dónde había ido a parar Boris, su perro salchicha. En medio de las indagaciones, la policía puso los ojos en Ian. Lo detuvieron e interrogaron pero no pudieron culparlo de nada. Fue dejado en libertad, aunque se comprobó que echó mano de sus cuentas bancarias.

Pero hace unos días, mientras el afligido Ian disfrutaba de la buena vida en las playas de Mallorca, la policía británica se dedicó a hurgar por toda la casa. Picotearon aquí y allá hasta que encontraron a Helen bajo tierra en el jardín.

Ian llora ahora su desgracia tras las rejas, acusado del asesinato de la querida escritora que tanto lo amó.

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