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Martes , 19.06.2018 / 04:12 Hoy

Sentido contrario

Geraldine y la señora G.

Héctor Rivera

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Geraldine Largay se convirtió a los 66 en un informe de mil 500 páginas preparado por una oficina gubernamental estadunidense y difundido hace poco. A partir de datos recabados desde 2013, se cuenta ahí la historia de una vida que terminó en la nada por una serie de negligencias, de omisiones; por una cadena de indiferencias frente a los agobios de una sexagenaria angustiada, con ataques de pánico, desfalleciente de hambre y frío en medio de la oscuridad nocturna en un lugar perdido en una montaña. Se entiende sobre todo que la causa de su mal final estuvo asociada además con sus raros empeños por emular a los militares en sus rudas jornadas de entrenamiento en un ambiente hostil y, sobre todo, con su pésimo sentido de orientación. El reto, finalmente no superado, quedó anotado entre los garabatos de una lista de pendientes por emprender perdida entre sus objetos personales.

Los investigadores hallaron también, junto a sus restos mordisqueados por las alimañas silvestres, una suerte de bitácora de su aventura que terminaba con una enigmática súplica en su última anotación: “George please read XOXO”.

George era su marido, un sujeto poco aprensivo que la acompañaba eventualmente en su aventura senderista por los Apalaches. A su lado iba también Jane, una vieja amiga de la enfermera en retiro. La última vez que alguien la vio fue el 22 de julio de 2013, cuando una excursionista la encontró sonriente y serena mientras le extendía su cámara para que le tomara una fotografía. Un último mensaje desesperado enviado a su marido había quedado grabado en su celular: “estoy perdida desde ayer, estoy a tres o cuatro millas del sendero. Llama a la policía, por favor”.

Sin aflicción, George dijo luego que nunca recibió el mensaje, que tampoco supo del que terminó siendo su desesperado testamento: “George please read XOXO”. Dijo también que por una emergencia familiar tuvo que dejarla sola, sin asistencia para sobrevivir: ni qué comer, ni dónde dormir y sin ayuda para orientarse en medio de sus ataques de pánico. Jane, su amiga, simplemente la perdió de vista en algún momento y la excursionista le tomó la fotografía a una mujer sonriente que en realidad agonizaba en soledad. Nadie dejó ver el más mínimo aprecio por la vida de Geraldine. La hallaron después metida en su bolsa de dormir. Muerta de agotamiento, de frío y de hambre, enfrentando sus miedos mayores, la soledad y la oscuridad. Los guardias forestales la encontraron por azar en octubre de 2015.

La historia que habla de una enorme indiferencia hacia la vida ajena la divulgó hace poco en sus páginas un diario estadunidense, que citaba sus palabras en su bitácora: “cuando encuentren mi cuerpo avisen por favor a mi marido George y a mi hija Kerry. Sería el más bello acto de generosidad para ellos saber que estoy muerta y dónde me encuentro, no importa que hayan pasado años”.

No lo sabía pero estaba a unos metros del final de su itinerario cuando murió. Lo suyo entonces era la resignación, aunque bien pudo dejar mensajes más elocuentes para sus familiares, amigos y conocidos que no movieron ni un dedo por ella mientras pasaba angustias indecible para no preocuparlos. El primero de ellos para el tal George, que la abandonó sin consideración alguna, enterado plenamente de sus debilidades, en particular de su incapacidad para orientarse y de sus frecuentes ataques de pánico.

Nadie en el curso de la investigación ha mencionado la palabra asesinato ni se ha aludido a ninguna actitud criminal entre los cercanos de la enfermera, pero la situación podría referir en realidad a un homicidio con varios involucrados. En realidad, los hechos hablan con elocuencia de una vida familiar sin lazos afectivos importantes, con una mujer indefensa y afectuosa bordando en el vacío.

Su caso recuerda el de quien fue identificada hace unos meses como Ángela G., una mujer española de 52 años que fue hallada tumbada en un sillón de la sala de su casa. Vivía en un pequeño pueblo de 3 mil habitantes y su cadáver llevaba más de un año sentado frente al televisor. En ausencia de huellas de violencia o robo, las autoridades concluyeron que había fallecido de muerte natural.

Al indagar entre los pobladores, los agentes investigadores se toparon con una horrenda crónica del desafecto, como la que vivía Geraldine: no tenía amigos, no frecuentaba los sitios de convivencia social en la comunidad y tampoco recibía la visita de familiares o conocidos. La señora G. era como un árbol sin raíces, un ave sin alas. Vivía en la más absoluta soledad. Y así murió, como Geraldine, con un intenso frío en el fondo del alma.

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