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Domingo , 22.07.2018 / 02:32 Hoy

Sentido contrario

Fortuna y los niños

Héctor Rivera

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Fortuna Loffredo, italiana, vecina de un barrio miserable de Nápoles, tenía seis años y un largo historial de abusos sexuales tatuado sobre su frágil cuerpo. Fue arrojada desde el séptimo piso de un populoso edificio. Quien la miraba como su propiedad trató de abusar de ella otra vez, pero la pequeña estaba harta. Había llegado más allá del límite. Sola, lo enfrentó como pudo, con arañazos, pellizcos, bofetones, patadas, pero todos sus intentos de defensa estaban en proporción con su estatura, su flaco cuerpo y su falta de fuerzas. Loco de ira, el sujeto la levantó en vilo y la lanzó al vacío. Fortuna quedó ahí, en la acera, hecha pedazos, solitaria también en la muerte.

La sociedad italiana supo del asunto el 14 de junio de 2014, en vísperas del verano, en medio de un gran escándalo mediático. Muchas voces se levantaron en esos días pidiendo justicia con indignación, otros discutieron largamente la situación socioeconómica de muchas familias que no están en condiciones de proteger a sus hijos, y hubo quien habló en voz alta de los padres que cierran los ojos ante los abusos que sufren sus hijos pequeños. Hasta que las horas, los días, los meses cubrieron con un manto de olvido la tragedia de Fortuna. Todos se conformaron con las acusaciones de culpabilidad que cayeron sobre un temido rufián llamado Raimondo Caputo, de 43 años.

Hace unos días, uno de esos personajes que escriben con la sangre de Cristo sobre la bondad y la paz entre los hombres, Corrado Augias, revivió el drama de la pequeña Fortuna. El periodista y escritor, hombre de bien, apareció en las pantallas de televisión mostrando una fotografía de la niña y emprendiendo un sesudo análisis, con una sentencia sumaria sobre los hechos que la llevaron a la muerte. Fortuna, dio a entender, había provocado al criminal que la violaba cada que le venía en gana, como a muchos niños y niñas de su localidad.

Augias aseguró que no había visto nunca a una pequeña tan maquillada como Fortuna, y llegó a la conclusión de que, a sus seis años, parecía de 16 o de 18, aunque aclaró luego con medrosa prudencia que no quería sugerir "que su aspecto haya podido atraer al pedófilo que la ha asesinado".

Desde cada rincón de Italia le llovieron enseguida mentadas al escritor, insultos y amenazas por su barata justificación de un claro asunto de abuso sexual en un contexto de miseria y abandono familiar, frecuente no solo en este país. El debate quedó entonces abierto de nuevo y el escándalo creció otra vez, de tal modo que el presidente italiano, Sergio Mattarella, se sintió obligado a pedir a las autoridades involucradas "una investigación rápida, amplia y severa".

Pero el tema que ha destacado en estos días de reflexión sobre el asesinato de Fortuna no es el hecho de su muerte en condiciones de crueldad extrema, ni el largo historial de abusos sexuales que había sufrido desde años atrás. No. Lo que más se discute ahora es de hecho tan grave y sobrecogedor como el drama de la niña violentada. Ha salido a la luz el silencio cómplice de la comunidad en la que vivía Fortuna y la omisión tal vez deliberada de los padres, incapaces de hacer frente a una suerte de criminalidad organizada y sumamente agresiva que tiene por costumbre el abuso infantil. El silencio y la medrosa complacencia de todos los adultos del entorno de Fortuna los hacen en los hechos cómplices del criminal que acabó de golpe con su vida. Todos sabían de sus sufrimientos y se quedaron callados. También su madre, que lleva meses pidiendo a los vecinos que hablen, que digan lo que saben. "El monstruo se encuentra en el edificio, es imposible que nadie lo haya visto", dice. Y tiene razón. El pequeño Antonio, hijo de la compañera de Caputo, murió en 2013 en circunstancias muy parecidas a las de Fortuna. La pareja ha sido llevada ante la justicia por abusos sexuales contra su hija de tres años.

Pero los vecinos adultos, los policías y los jueces han recibido en estos días una lección estremecedora. Los niños del barrio napolitano, incluidos los tres hermanos de Antonio, los amigos y conocidos de Fortuna, han tomado una postura protagónica. Han emprendido sus propias indagaciones, han reunido datos concretos y han acudido ante la ley para aportar sus testimonios acusatorios a la tortuosa investigación judicial.

Si algo llega a saberse sobre las circunstancias precisas de la muerte de Fortuna será gracias a la valentía de estos niños. El más sorprendido por lo pronto es el fiscal a cargo del caso, que ha reconocido con honestidad: "Si los adultos han obstaculizado la investigación, los niños han permitido un gran avance".

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