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Domingo , 16.12.2018 / 02:47 Hoy

Sentido contrario

Entonces qué, mi reina…

Héctor Rivera

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Muchos españoles han vivido la defenestración de su ex presidente de gobierno con el mismo ánimo que dejaron ver los franceses que presenciaron la caída de Luis XVI. Entre lágrimas, sacaron sus pañuelos y despidieron en duelo al tirano. Fiel a sus lealtades monárquicas, Mariano Rajoy pasó muy despreocupado sus últimas horas de gobierno en un restorán de prestigio, departiendo con sus más cercanos, y hasta se dio tiempo para jugar alegremente en las maquinitas en tanto se consumaba su destitución. Felipe, el rey que tanto lo quería, no dijo ni pío ante acontecimientos tan trascendentes para el país y para la Corona española.

Parece que las monarquías ya no son lo que eran. Antes representaban el sueño de muchos plebeyos hambrientos y desempleados. Hoy la nobleza se arrastra por el lodo. Como sea, nobles y plebeyos comparten hoy, revueltos, sus anhelos y desgracias. Es decir, muchos plebeyos se han colado a las cortes europeas y hasta han llegado a sentarse en el trono con todo y sus malas costumbres, las de los nobles y las de los plebeyos. Parece que se empeñan en imitarse unos a otros.

Una suerte de termómetro en España del éxito o fracaso de las figuras públicas o privadas, en particular de las asociadas con el pulso de la Corona, es el Museo de Cera de Madrid. De ahí han salido a rastras, trepadas en un carrito con malos modos por unos empleados malhumorados, las figuras en cera de algunos miembros de la familia real que han caído en desgracia, como Iñaki Urdangarin o Jaime de Marichalar, los esposos de las hijas de los reyes eméritos. Ahora mismo, la figura de Rajoy estará siendo embalada para encaminarse rumbo a una oscura y húmeda bodega. El socialista Pedro Sánchez, nuevo presidente de gobierno, habrá de ocupar su lugar muy pronto para espanto de muchos.

Leí hace unos días en un diario español un texto que criticaba con mucha agudeza a la casa real española, en particular a la reina Letizia. Apenas en su primer párrafo comenzaba criticando sus peliculitas sobre la vida en palacio, con la familia real comiendo sopita o trepada en el auto con el rey al volante rumbo a la escuelita, le daba luego un zape por sus pleitos en público con su querida suegra y la cuestionaba burlonamente al final por su aislamiento en el contexto de la nobleza europea por su inseguridad y su miedo a la rama griega de la Corona.

Prendido de la yugular de la reina, el texto saca a relucir de paso la afrentosa presencia de la amante del rey emérito, Corinna zu Sayn-Wittgenstein, en la familia real, y destaca su condición de periodista divorciada, le reprocha burlonamente la manera tan horrible como viste, con “un atuendo realmente feo, digno de una taquimecanógrafa discotequera con leggings en cuero stretch, taconazos y un abrigo más de su inagotable colección de Atos Lombardini”.

En suma, la andanada que acaba de recibir Letizia tiene como blanco principal su falta de glamur como reina, que tiene que ver con su origen plebeyo, y el hecho de que haya iniciado un proceso de aislamiento de la casa real española en el mapa de las monarquías europeas. La que porta sobre su cabeza, insiste el texto, es una corona de segunda.

Como van las cosas en España, tal vez quien viaje muy pronto a la bodega de las figuras de cera sea la reina Letizia, con su corona abollada. A fin de cuentas en las monarquías a la española todo es posible.

La prensa local le atiza de vez en cuando a la pareja real española. Pero es con Leticia con quien se agudiza el encono. Desde que asumió el papel de princesa le llovieron los coscorrones en los medios. En aquellos días hubo quien comparó sus ingresos con los que recibían Máxima de Holanda, unos 70 mil euros al mes, y Mary de Dinamarca, alrededor de 30 mil. Los príncipes ingresaban en cambio, como pareja, poco más de 20 mil euros mensuales, que hacían de ellos los nobles peor pagados de Europa. No faltó entonces quien viera en sus magros ingresos las razones del feo vestuario de la princesa ni tampoco quien se atreviera a ponerle como socarrón título a su texto “Letizia: la mal pagá”.

La reina Letizia está en boca de los españoles desde su matrimonio con el entonces príncipe Felipe en 2004. Pocos le conceden el favor de sus simpatías, y ella nada hace por ser aceptada. Tan cerca está de regresar a su antigua condición que todos conocen allá el acuerdo legal que la pareja firmó para establecer los límites de su convivencia, en particular lo que se refiere a un divorcio siempre esperado.

La vida de una reina no es fácil, podría argumentar Letizia. Pero lo cierto es que parece cada vez más lejos de los modos de una monarquía. Aunque sea de segunda. 

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