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Viernes , 20.07.2018 / 07:50 Hoy

Sentido contrario

Enemigos íntimos

Héctor Rivera

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Peter Arnett hizo realidad el sueño de cualquier periodista estadunidense: convertir una guerra en un espectáculo televisivo trasmitido en directo, con altísimos niveles de audiencia. Se cubrió de gloria trepado en una azotea, captando las imágenes de los primeros bombardeos en Bagdad por las tropas estadunidenses. El 17 de enero de 1991 trasmitió 16 horas sin parar para la CNN, cuando prácticamente todos los representantes de los medios de prensa habían sido replegados por sus editores. Unos días después consiguió la entrevista que todos los periodistas anhelaban con Sadam Husein. Después entrevistaría a Osama bin Laden.

Arnett era un animal de los campos de batalla. Se las sabía todas. Cubrió la guerra de Vietnam durante largos años para la agencia AP antes de reportar los acontecimientos de la Guerra del Golfo con un premio Pulitzer en la bolsa, y trabajó para la CNN durante casi dos décadas. Pero su bien ganada celebridad y su capacidad como periodista no lo vacunaron contra los desastres existenciales. Dos años y medio antes de terminar su contrato con la cadena le pidieron a su rutilante estrella que se largara. Para entonces, el periodista se había quejado con frecuencia de los malos tratos que recibía del gobierno y del Pentágono por su objetividad. Los militares le reprochaban entre insultos sus informes periodísticos sobre las víctimas civiles de los bombardeos indiscriminados de las tropas estadunidenses en Bagdad, oficialmente camuflados bajo la frase estúpida de "operaciones quirúrgicas". Caminando por la cuerda floja preparó luego un documentado reportaje sobre los soldados estadunidenses desertores de la guerra de Vietnam, asesinados de manera selectiva por el gobierno estadunidense en el curso de operaciones especiales de exterminio. Sacó de quicio a los políticos y a los militares, que se fueron enseguida contra los directivos de CNN y contra Arnett con el sable en la mano. Les exigieron un desmentido y las disculpas correspondientes, pero el equipo que preparó el reportaje titulado "Valle de la muerte" se negó. Los echaron a la calle sin miramientos. Arnett se quedó, soportando todas las embestidas imaginables, hasta que buscó la salida en 1999, en medio de una cadena de humillaciones públicas.

Pero el gobierno estadunidense nunca le quitó los ojos de encima. Nada de lo que hacía o decía le parecía correcto. Prácticamente acabó con su carrera, presionando a cada uno de los medios donde conseguía colocarse. Pasó por la NBC, National Geographic y el Daily Mirror hasta que se hartó. Los mandó a todos al carajo. A sus 81, imparte ahora cursos de periodismo en China, como profesor invitado en la Universidad de Shantou. Es posible que sus años de gloria no signifiquen para él sino un mal recuerdo, pero puede disertar largamente sobre la manera como el gobierno estadunidense controla a la prensa por todos los medios a su alcance y a cualquier costo. Por supuesto, nadie ha filmado una película sobre los agobios de su vida agitada.

Hace unos días se estrenó en Estados Unidos La verdad, la primera película de James Vanderbilt, quien también se ha desempeñado como guionista en un par de cintas de la saga de El hombre araña. No le fue muy bien en la taquilla en su primera semana de exhibición. Recaudó apenas 66 mil 232 dólares, a pesar de las actuaciones protagónicas de Robert Redford, Cate Blanchett y Dennis Quaid. Redford encarna en la cinta a Dan Rather, conductor del programa televisivo noticioso 60 minutos, de la CBS.

Rather era un periodista muy popular y celebrado. Cubrió también la guerra de Vietnam, anunció oficialmente la muerte de Kennedy, trabajó en el caso Watergate, que le costó la presidencia a Nixon, y le hizo la última entrevista de su vida a Sadam Husein. Pero su carrera se hizo añicos cuando se puso a jugar con fuego. Un par de meses antes de las elecciones que llevarían a George Bush a un segundo mandato en la presidencia, el 8 de septiembre de 2004 apareció en las pantallas de televisión con una bomba noticiosa: Bush había evadido en su momento los exámenes médicos para ser incorporado a las tropas que irían a Vietnam. Habría sido enviado en cambio a la Guardia Nacional, para mantenerlo a salvo. Y dijo que tenía a la mano los documentos para probarlo. Con todo y su prestigio, lo hicieron picadillo de inmediato. Lo obligaron a disculparse. El periodista tomó entonces sus 24 años de celebridad, los metió en un cajón de su escritorio y se largó de la CBS.

Rather defendió siempre que pudo la veracidad de sus dichos. Ahora La verdad apoya en las pantallas su versión. Aunque pocos quieran verla.

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