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Sentido contrario

El sueño de 'El Vikingo'

Héctor Rivera

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Tal vez El Vikingo era en realidad un genio incomprendido. Mientras se paseaba por las calles era vitoreado por la multitud, como si fuera una aclamada estrella del mundo del espectáculo. Pero su trabajo dejaba mucho que desear. Las velas que había prometido no se veían por ninguna parte. De hecho, los constructores no hallaban la manera de desplegarlas. Se rompían la cabeza con fórmulas, esquemas, maquetas, pero la idea parecía cada vez más absurda. El Vikingo, Jørn Utzon, de origen danés, había ganado antes de llegar a los 40 un concurso internacional para elegir el mejor proyecto para el edificio de la Ópera de Sídney. Alto y flaco, altivo, elegante, llegó a la capital australiana como un admirado triunfador. Todos lo identificaron enseguida como El Vikingo.

No era para menos tanta celebración. El proyecto que había presentado el joven arquitecto era en verdad un portento de estética arrebatada. En medio de tanta felicidad nadie había puesto demasiada atención en el hecho de que el proyecto había sido presentado al concurso sin especificaciones técnicas. Con sus velas desplegadas al viento en la bahía de Sídney, el Palacio de la Ópera era solo un dibujo a vuelapluma. El sueño de un arquitecto audaz y fantasioso.

Pero los ingenieros constructores se preguntaban cómo diablos hacerle para curvar los muros, para darles la forma de lonas sometidas por el viento. No había modo ni presupuesto para hacer posible aquella locura en medio de interminables pleitos con el terreno fangoso, los drenajes de la ciudad, las rocas costeras. Además, Utzon había acompañado su proyecto con un presupuesto miserable, de unos siete millones de dólares. En sus interiores las cosas tampoco andaban bien. La acústica estaba del demonio, se metían todo el tiempo los aullidos de las sirenas de los barcos, el ruido de oleaje y los parloteos de las aves marinas. Y para colmo, en el país entero comenzaron a menudear las tormentas políticas en medio de un agitado clima electoral.

Entre rayos y centellas, una madrugada El Vikingo salió huyendo de Sídney con su familia. Para entonces había dejado de recibir su jugoso sueldo, mientras los gastos se multiplicaban y las autoridades se tiraban de los cabellos en busca de una solución para un proyecto que no dejaba de ser seductor con su sorprendente belleza. Otro arquitecto prestigiado llegó al rescate. Al frente de su despacho de consultoría y diseño, el ingeniero británico Ove Arup consiguió medio terminar la aventura al cabo de 16 años.

Utzon, sin embargo, nunca quedó lejos de su sueño. Más de una vez fue requerido, a veces con verdadera urgencia, para contribuir al desarrollo de una idea en permanente evolución. Era como una suerte de padre desobligado llamado de vez en cuando por la autoridad para responder por los problemas que causaba con demasiada frecuencia un hijo rebelde. Al paso del tiempo quedaron resueltos los retos que planteaba una estructura como la que proponía. Los muchos problemas de los espacios interiores también fueron enfrentados poco a poco, pero prácticamente con meros paliativos.

A pesar de sus defectos, navegando contra la marea, la Ópera de Sídney fue inaugurada finalmente en octubre de 1973, casi dos décadas después del plazo previsto. Los siete millones presupuestados se habían convertido en 130. No obstante, como para cerrarles la boca a muchos, el tiempo fue generoso con El Vikingo. También Australia. En 2003 la Universidad de Sídney le concedió un doctorado honoris causa por las dimensiones de su sueño y su talento como arquitecto. Ese mismo año recibió el mayor reconocimiento internacional al que puede aspirar un arquitecto: el premio Pritzker. Cuatro años más tarde, en 2007, el edificio de la Ópera de Sídney fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Utzon murió a finales de 2008, a los 90 años. Se llevó a la tumba sus proyectos para enfrentar los problemas que atosigaban a los amantes de la música en la Ópera de Sídney, un edificio que terminó convirtiéndose en el símbolo de la ciudad.

Más de 40 años después de su puesta en marcha y ocho desde la muerte de El Vikingo, las autoridades australianas se han decidido a terminar de una vez por todas la obra en permanente evolución. Invertirán a partir del año próximo más de 200 millones de dólares, casi el doble de su costo original, en la que esperan será una última remodelación. Para 2020 habrán quedado resueltos tal vez los problemas en la acústica de los interiores de la Ópera, en los accesos, los escenarios, las oficinas y los salones de ensayos y enseñanza. Entonces El Vikingo quizá podrá descansar en paz.

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