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Jueves , 21.06.2018 / 04:12 Hoy

Sentido contrario

El futuro que viene

Héctor Rivera

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Alguna vez pasé una breve temporada con una pareja de amigos en el sur de Estados Unidos. Al atardecer, mientras caía la noche, salían a caminar por una kilométrica acera que bordeaba el vecindario de clase media alta donde vivían, al lado de un hermoso bosque que comenzaba a ser devorado por las depredadoras inmobiliarias. Los acompañaba con mucho gusto. Su conversación era ilustrada, sabroseada con un espléndido humor negro. Durante el paseo nos encontrábamos a menudo con sus vecinos, pareja solas o con niños. Todos muy educados y sociables. Escuchaba sus breves conversaciones llenas de frases hechas: “buenas tardes”, “cómo está”, “es una tarde maravillosa”, “que tengan un buen día” y vainas similares. En una de esas me contaron cómo llegaron a vivir en esa pequeña comunidad: fueron investigados por la corredora de bienes raíces que les vendió la casa y debieron responder a un discreto pero incisivo interrogatorio de los líderes del vecindario. Les preguntaron sobre todo acerca de su filiación política y la iglesia que frecuentaban. De nacionalidad española, fueron aceptados de mala gana, como vecinos de segunda. Les quedó una sensación bastante incómoda en la medida en que percibieron la experiencia como una intromisión en su vida privada. Y claramente tenían razón.

En su vida cotidiana los gringos no necesitan policías, agentes de la CIA o del FBI a su lado. Cada uno lleva un policía dentro, disfrazado de un vecino amable aunque frío y distante. Son pocos los que no. El suyo es un país que se debate entre el bien y el mal, de ahí su proverbial ejercicio de la doble moral. En realidad siempre han odiado en mayoría a los negros, los chinos, los coreanos, los japoneses, los puertorriqueños, los italianos, los ingleses, los españoles, los franceses, los mexicanos, mientras han contado al mundo el cuento de que su generoso país es una nación construida por inmigrantes. Algunos se lo creen allá. Pero ganan quienes cuelgan letreros en sus negocios prohibiendo la entrada a los perros y a los mexicanos, quienes balean a los negros y miran feo a todos aquellos que aspiran a la igualdad en una sociedad que los mira ajenos.

Son mayoría los que quieren ver fuera a los otros, a los diferentes. Se afilian a las iglesias radicales, a los organismos armamentistas, a los grupos nacionalistas y al partido que mejor los representa, el Republicano. Si alguna virtud tiene Donald Trump es la de haber puesto al descubierto esa odiosa cara de los gringos. Los que piensan y actúan como él en el extremo. Si hubiera que someterlo a tratamiento psiquiátrico, como ha pedido alguien en los últimos días, no habría modo de atender también a los miles de fanáticos que lo siguen con antorchas en alto. Si gana las elecciones, como muchos adivinan aunque palea su tumba día a día, quedará en claro sobre todo quiénes son en verdad nuestros vecinos. Tal vez entonces obtengamos algún beneficio inesperado: si se construye el muro que tanto obsesiona a esa caterva de racistas será en buena medida con mano de obra mexicana, legal o ilegal. En lugar de caer el monto de las remesas, como desea el bocón candidato, habrá de incrementarse a costillas de todos los gringos que pagan impuestos. Nuestro futuro no sería quizá tan desastroso.

Por extraño que parezca, mucho de lo que dicen y sienten los ciudadanos en Estados Unidos está relacionado con la industria del cine. Los líderes de opinión en Hollywood tienen tanto peso entre la población como las figuras destacadas en los círculos políticos y académicos. O quizá más. Tienen más trascendencia las voces de personajes como Clint Eastwood, una figura mítica en la industria que anda por los 86, que las de los analistas más serios o las de los líderes políticos. Aunque en general las figuras más influyentes de la sociedad estadunidense habían mantenido la prudencia ante las posturas de Trump, las cosas están cambiando en el tramo final de la carrera electoral. Los dichos recientes de Eastwood contra Hillary Clinton y a favor de Trump cuentan mucho en el ánimo popular. Sus declaraciones en una entrevista muy difundida llaman de hecho a los estadunidenses a mostrarse tal cual son, sin etiquetas sociales, al margen de la corrección política: racistas, prepotentes, perdonavidas, matones: “Esta es una generación que se dedica a besar el culo a todo. Vemos gente que acusa a otras personas de ser racistas y todo tipo de estupideces. Cuando yo era niño a estas cosas no se les llamaba racismo”.

Sus palabras habrán de calar hondo en la cabeza de muchos a la hora de votar. Aquí y allá enfrentaremos muy pronto un futuro sin máscaras.

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