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Sentido contrario

Descabezados

Héctor Rivera

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Dicen que Isra al-Ghamgam gritaba como una loca: “Yo no maté a nadie”. Un video la mostraba en internet cubierta de la cabeza a los pies con ropas negras, arrastrada por los verdugos para ejecutarla en plena calle. Por órdenes de la autoridad saudita le cortaron la cabeza.

La noticia dio la vuelta al mundo hace unos días. Muchos protestaron desde las organizaciones defensoras de los derechos humanos, algunos lloraron y otros lamentaron en voz muy alta los excesos del gobierno saudita. Pero la noticia no tenía en realidad ningún fundamento. Las páginas con los escandalizados textos que daban cuenta en internet de su asesinato habían sido borradas, lo mismo que las imágenes que registraban su supuesta ejecución en plena calle por un verdugo armado con un sable.

A sus 28, Isra al-Ghamgam es una activista que trae de cabeza desde hace rato a los mandamases sauditas. No sabían qué hacer con ella hasta que la encarcelaron hace unos tres años. Después los fiscales pidieron su cabeza. La orden sin embargo no ha sido cumplida, de manera que la cabeza de Isra al-Ghamgam sigue en su lugar, por lo menos hasta ahora.

En Arabia Saudita las autoridades tienen la piel muy sensible. Por cualquier cosa les viene una urticaria de órdago. Cuando alguien las contradice, actúa fuera de las normas muy estrictas que rigen su vida cotidiana, cuando beben alcohol, comen lo que no deben y no rezan a sus horas son arrastrados hasta el banquillo de los acusados en una corte más bien temperamental. Las condenas que reciben acaban con demasiada frecuencia en las manos de un verdugo experto o improvisado, armado con una filosa cimitarra.

Desde hace tiempo, sin ningún remordimiento, Arabia Saudita hace publicar con cierta frecuencia en diarios árabes y europeos anuncios solicitando los servicios de verdugos con o sin experiencia. Hace tres años se le hizo un tapón en las ejecuciones. Los verdugos se quejaban de sobresfuerzos laborales. La fila de ejecutados no avanzaba a pesar de sus desvelos, de manera que se hizo necesaria la contratación de ocho nuevos verdugos. No se pedía currículo, ni cartas de recomendación, ni constancias de eficiencia profesional. Solo se les pedía ser capaces de hacerse cargo de la ejecución de los condenados a muerte. Como actividad complementaria, casi de paso, se les pedía a los aspirantes la capacidad de someter a diversos tipos de amputaciones a los condenados por crímenes menores.

Un anuncio como este es normal si se considera que, según las organizaciones de Derechos Humanos, Arabia Saudita es uno de los cinco países en todo el mundo que condena a muerte a más prisioneros. Cuatro años atrás, según los reportes de Amnistía Internacional, estaba apenas atrás de China e Irán. En ese año, 2014, los verdugos les cortaron la cabeza a casi un centenar de condenados, la mayoría de ellos acusados de asesinato y de delitos asociados con el tráfico de estupefacientes.

Nadie sabe a ciencia cierta por qué se ha incrementado de manera tan dramática el número de ejecuciones, pero parece que las razones están asociadas con los incrementos en el cuerpo de jueces. No hay que descartar sin embargo la posibilidad de que la piel de quienes gobiernan se haya vuelto cada vez más delicada, lo que explicaría el hecho de que los aspirantes a verdugo que responden a los llamados del gobierno saudí ocuparían plazas de “funcionarios religiosos” en la escala más baja del tabulador de los empleados públicos.

De hecho, la justicia saudí responde a menudo con la espada en alto ante crímenes como la violación, el asesinato, el robo a mano armada, el tráfico de drogas y las faltas de carácter religioso. Y los ejecutados no son siempre ciudadanos sauditas. Hace tres años, por ejemplo, cinco vecinos de la región acusados de asesinato y robo fueron decapitados y sus cuerpos, atados a un helicóptero, fueron paseados por los aires a modo de escarmiento para la población.

Isra al-Ghamgam solo tiene una ventaja en estos días. Está al final de una fila de 58 presos que esperan su ejecución pública, entre ellos ocho niños y un militante en la defensa de los derechos humanos. Mientras los verdugos afilan sus sables, el próximo 28 de octubre habrá de llevarse a cabo la segunda sesión de su juicio, después de la celebrada el 8 de agosto pasado. Ese día se escribirá su destino, tal vez con letras de sangre. Acusada de terrorismo, sabe que los fiscales están pidiendo su cabeza. Pero sabe también que muchos están con ella, pidiendo su liberación, un juicio justo. Sin duda, las protestas internacionales, las marchas en las calles y los manifiestos públicos habrán de inclinar un poco la balanza de la justicia a su favor.

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