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Lunes , 10.12.2018 / 08:36 Hoy

Sentido contrario

De compras

Héctor Rivera

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Mi generación todavía supo lo que eran la hierba recién cortada y su aroma, las ramas de los árboles para trepar y las fuentes plenas de agua limpia para mojarse, un partido de futbol en el llano o un día entero en patines. Pero una de esas mañanas de verano, mientras andábamos en bicicleta durante horas sin fatiga, un gringo, de esos que huelen a loción y andan por el mundo mostrando los dientes en una sonrisa eterna, ponía los cimientos de una nueva vida para las familias y sus niños. Al comienzo de los años 50 del siglo pasado, Alfred Taubman parecía no saber qué hacer con un terreno en su natal Michigan, donde había echado a andar su primera compañía inmobiliaria. Se le ocurrió entonces amontonar al fondo del lote los locales de un grupo de comercios afiliados y disponer al frente amplias áreas de estacionamiento.

Al poner en funcionamiento por primera vez un centro comercial, Taubman no imaginó que muy pronto estaría lleno de niños corriendo, patinando, en bicicleta, mientras pasaban el día con su familia comprando, comiendo, muy cerca de su automóvil. Taubman dedicó dos décadas, sobre todo los 50 y 60, a la búsqueda de terrenos propicios para la construcción de centros comerciales.

Cuando alguien le preguntó alguna vez de dónde le vino la idea que cambió no solo los hábitos de consumo de los estadunidenses, sino los conceptos de diversión y entretenimiento de millones de individuos en el mundo, el empresario explicó con pocas palabras: “Solo le eché una ojeada a los números de la gente que se mudaba a los suburbios, y me di cuenta de que no podía fallar”. Hablaba de números y se refería a cuántas personas requerían de tal o cual servicio: productos del súper, ropa, zapatos, artículos de belleza y para el hogar, comida rápida y barata, pasillos más o menos amplios para patinar y andar en bicicleta y un espacio para estacionar al auto no muy lejos.

Pero había algo que no funcionaba bien. Los niños patinando y correteando entre los consumidores tenían algo de contranatura. Hasta que el arquitecto Jon Jerde le buscó una solución a un problema que tenía mucho de absurdo. A sus ojos, los centros comerciales podían ser más que un conjunto de tiendas amontonadas al fondo de un estacionamiento. Podían ser de hecho una prolongación de los espacios urbanos, incluidos los jardines y los parques naturales. Se dio entonces a la tarea de diseñar centros comerciales que ofrecían entre sus tiendas espacios habitacionales y de recreación, como cines, teatros y acuarios, paisajes jardinados, paseos urbanos, calles peatonales, puentes y caídas de agua, árboles, trepadoras enredaderas, flores, lagos y fuentes.

El arquitecto Jerde murió en febrero de 2015. Un par de meses después, en abril de 2015, se fue Taubman. Ambos dejaron una huella profunda en la vida de millones de personas en el mundo entero, que no entienden la vida sin ese plastificado mundo de naturaleza falsificada, sabroseado con música barata. Al menos en países como el nuestro, donde en cualquier terreno disponible se construyen todos los días centros comerciales con ese esquema algo miserable. Más chicos o más grandes.

Uno que ha visto caer el Muro de Berlín, al imperio soviético, a Fidel Castro pensaría que no quedan muchas cosas por cambiar. Pero no. Resulta que a la cabeza de la lista de muy inminentes transformaciones en los hábitos de consumo, de diversión y de entretenimiento están precisamente los centros comerciales. Las ventas mediante procedimientos digitales están firmando su destino.

La maquinaria detrás de la operación de los centros comerciales en Estados Unidos no está haciendo uso en estos días de la observación y el sentido común para llegar a la conclusión de que estos establecimientos de ventas minoristas están siendo abandonados por su clientela habitual, de manera que tienen los días contados. Ha sido mediante el análisis de los datos aportados por los satélites, que recaban todo tipo de datos cada segundo del día, que se han topado con semejante situación.

Queda claro que muchos hábitos están cambiando a la luz de los fenómenos digitales. Pero pocos calcularon que las compras por internet serían cada vez más frecuentes y cuantiosas. El panorama que hacen ver las estadísticas estará dejando con los pelos de punta a quienes han invertido en los centros comerciales: de los mil 500 que se han construido en los últimos 50 años, 400 han desaparecido ya y se calcula que habrán de sobrevivir en los próximos 10 años solo unos 800.

Pero la tragedia tiene sus ventajas: los niños estarán de regreso muy pronto en los parques, reconciliándose con la naturaleza.

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