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Martes , 19.06.2018 / 15:19 Hoy

Sentido contrario

Cuba de cabeza

Héctor Rivera

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Se asume que muy pronto habrá montones de gringos viajando a Cuba. Los imagino en La Habana, con sus bermudas de cuadritos y su playera roja abotonada hasta el cuello, su cachucha beisbolera, sus zapatos tenis y su cámara fotográfica. Señalarían la fachada de un hotel enorme mientras comentan fascinados: antes se llamaba Hotel Habana Libre, ahora es de nuevo el Hotel Hilton. Desparramarían su nostalgia frente a lo que fue el Woolworth, las agencias de automóviles de lujo, la Marina. En los bares beberán cocacola con ron pero sin mencionar las palabras malditas que bautizaron su trago: cuba libre. Nada de meterse en la barriga una tropicola, un remedo local del antes proscrito refresco de cola. Sí un ron Bacardí, como en los viejos tiempos. No faltará quien se apresure a gestionar la apertura de los casinos otra vez. Los hoteles que los acogían están ahí todavía. El primero, el Nacional, donde vagabundean desde hace muchos años los fantasmas de Frank Sinatra, Santo Trafficante, Lucky Luciano. Puro mafioso. Incluso algunos ya estarán estudiando las posibilidades que vienen: qué tal un poco de droga, qué tal si ponemos a las muchachas a trabajar, qué tal si les sacamos jugo a millones de desesperados desposeídos. Así es la democracia, ¿no? Dice John Kerry que se siente como en casa.

Cuando los gringos buscan sentir los latidos de su corazón solo escuchan los tintineos de las monedas en su bolsillo. Eran caprichosos antes de la revolución, exigentes, déspotas, majaderos, explotadores. Se creían los dueños de la isla. Ahora serán peor a la luz de los nuevos tiempos. Tienen necesidades más ingentes. Les tiembla el cuerpo y se les nubla la razón si no se inyectan algo, si no inhalan, si no beben, si no matan.

No leen, de manera que las muchas librerías estarán condenadas a la extinción en el corto plazo, en el único país del mundo donde los lectores hacen fila hasta la calle para comprar libros. El Museo de la Revolución, la escalinata de la Universidad de La Habana, los monumentos al Che Guevara estarán amenazados como cualquier símbolo que traiga a la memoria el rechazo a los gringos. Si acaso, sobrevivirán los sabrosos helados Coppelia.

También sobreviven las instalaciones de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba, al borde del malecón habanero, convertidas ahora en embajada estadunidense. El sobrio edificio enorme da fe ahora de un hecho insólito: en Cuba ya todos son disidentes. El país está dividido en los que quieren a los gringos y los que no. El gobierno quiere a los gringos, millones de cubanos educados en el materialismo dialéctico y en el materialismo histórico no. Marx tiembla, zarandeado por los vientos de la reconciliación. Tiemblan también los miles de cubanos que llevan por nombre Iván, Karl, Vladimir, Dimitri, Ludmila.

Hace unos días decenas de habaneros se agolparon a las puertas del sombrío inmueble en busca de empleo. Querían ser secretarias, choferes, policías de los gringos. Hace unos años, millones coreaban ahí consignas antiestadunidenses en el curso de una manifestación que copó a lo largo de kilómetros el paseo del malecón. Protestaban por las incursiones del pájaro negro sobre el territorio cubano. Igual protestaron con indignación cuando los gringos les dejaron caer desde el aire los bichos que mataron a todos sus cerdos y malograron sus cultivos, condenándolos al hambre. Habrá quien no entienda por qué hace poco cavaban trincheras y emplazaban las baterías antiaéreas hacia territorio estadunidense y ahora se reciba a los gringos como amigos, como socios. Como patrones otra vez.

El pájaro negro es “un ave de titanio de 32 metros respirando fuego”, según los pilotos. Un SR-71 volando a más de 24 mil metros de altura a unos 3 mil 200 kilómetros por hora, espiando a gusto. Abajo, quienes viven la vida sin apuros, agobiados por el calor húmedo, acicateados por una burocracia atenta a sus más mínimos respiros, solo escuchan en segundos su rugido agudo.

Tal vez el espionaje ahora será otro. Se habrán acabado las trincheras, los uniformes verde olivo, los simulacros de invasión. Quizá las hambres también. Pero todo tiene un precio. Sin duda les llegó la hora de trabajar, como en el pasado. Se calcula que para fin de año habrán pasado por Cuba por lo menos un millón de turistas, en su mayoría procedentes de Estados Unidos. El futuro es promisorio: barcos, aviones, hoteles, restoranes, tiendas, bares, casinos, burdeles. Millones de dólares. La bendición del capitalismo. El regreso de las clases sociales, de los ricos y los pobres. Tantos años de miseria, comiendo y bebiendo ideología y patriotismo, ¿para qué? Habrá que ver.

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