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Sábado , 26.05.2018 / 05:04 Hoy

Sentido contrario

Cortar y pegar

Héctor Rivera

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Anda por ahí un médico chino, Xiaoping Ren, que se ha ganado en las redes sociales el sobrenombre de “doctor Frankenstein”. Experto en microcirugía, les ha mochado la cabeza a más de mil ratones, obsesionado como está con la aventura de realizar trasplantes de cabeza en seres humanos. Ha conseguido despojar de su cabeza a algunos roedores para colocarla en el cuerpo de otros sin que mueran de inmediato. Para demostrar que sus trabajos van por buen camino, ha invitado a su laboratorio a algunos periodistas para que den testimonio de que los animalitos han sobrevivido hasta un día. Su procedimiento, asegura, es prometedor. Pronto estará tratando de hacer lo mismo con algunos changos y luego habrá de intentarlo con seres humanos.

Por lo pronto, el empeñoso galeno está demostrando que el mundo ha perdido en gran medida la capacidad de perplejidad. También el escaso sentido común que le quedaba a la humanidad como patrimonio para enfrentar lo desconocido. Vivimos tiempos de tal calado que escuchamos la palabra alas y volamos todos en parvada sin saber bien a bien hacia dónde nos dirigimos. Un itinerario natural cuando ya no se distingue entre el cielo y el infierno. Un zopilote hambriento, un aguilucho distraído nos dirigen hacia quién sabe dónde.

Ante aventuras de esta naturaleza nos queda siempre la duda, la incertidumbre, porque estamos convencidos de que en nuestros días todo es posible. Qué tal si el médico chino tiene razón. Cuántos se rieron en su momento de Méchnikov, de Pasteur, de Marie Curie, de Freud, pensando que hablaban tonteras. Cuántos disfrutan ahora de la vida gracias a sus audacias.

Habrá quien piense que si se pueden trasplantar corazones, riñones, córneas, cabellos y caras enteras, por qué no entrar al quirófano con un cerebro alérgico a las ideas y salir con laureles en las sienes. Habrá que imaginar lo que sucedería si el donante es uno de esos cronistas de futbol medio oligofrénicos que andan por ahí, un político despatriado o un galán de la televisión. Mejor sería quedarse con las limitaciones propias en lugar de adquirir las ajenas.

Lo menos que dirán algunos es que Dios los cría y ellos se juntan. Hasta hace unos días el neurocirujano italiano Sergio Canavero estaba que no lo calentaba ni el Sol. Desesperado, buscaba a Ren para compartir sus ambiciones y sus experiencias clínicas en la materia. Pero eso no es todo. El galeno originario de Turín anda proclamando por todas partes que ya tiene en su agenda a medio centenar de voluntarios dispuestos a perder la cabeza, seducidos por sus prometedores proyectos que habrán de culminar en un par de años con la increíble cirugía. Lo único que necesitaría entonces sería un batallón de 150 médicos, enfermeras y asistentes, que trabajarían sin parar durante un día y medio en una sala de operaciones, a un módico costo de diez millones de euros. Nada más. Quien se atreva y sobreviva a la épica aventura podrá ser identificado por una vistosa costura continua alrededor del cuello, tal vez unos electrodos en las sienes y una expresión de turista perdido en las calles de un país peligroso. También habrá de destacar por su gorda cartera.

Tal vez quien levantó primero la mano para entregarse a las manos mágicas de Canavero es el ruso Valery Spiridonov, un técnico en computación que padece una lastimosa atrofia muscular en evolución hacia una inmovilidad total. A sus 30 años está más que dispuesto a deshacerse no de su cabeza, sino de su cuerpo maltrecho, atado a una silla de ruedas. Lo que pide es, sin duda, un trasplante más radical aún. Tan ansioso está por deshacerse de sus limitaciones que buscó a Canavero desde hace un par de años, cuando el neurocirujano de Turín comenzó a hablar en voz alta de sus proyectos. Ahora los tres están a la cabeza de la prometida vanguardia quirúrgica: Canavero, Ren y Spiridonov.

Por fortuna todavía queda algo de cordura en el mundillo de la ciencia, a veces demasiado entregado a la ficción. Muchas voces se han alzado para advertir al trío que su propuesta es, por lo menos, absurda. Al ilusionado Spiridonov le han hecho saber que podría enfrentar cosas peores que la muerte, y ni qué decir que más horrorosas que su silla de ruedas. Pero nadie le ha advertido que de salir vivo de la controvertida aventura quirúrgica agendada para 2017, será otro o será nadie, una cabeza sin más identidad que su devastada memoria, un cuerpo con una cabeza maltrecha. Y eso en el mejor de los casos. Después de todo, lo único que pide el impaciente paciente es que su nuevo cuerpo no sea el de una mujer. Mientras tanto, los changos tiemblan en el laboratorio de Canavero.

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