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Domingo , 27.05.2018 / 09:41 Hoy

Sentido contrario

"Big Brother" en la redacción

Héctor Rivera

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Hace un montón de años trabajé en un periódico que se encontraba aquí, donde está ahora MILENIO: Novedades. Me hacía cargo de la producción de la sección de Sociales. Tenía que lidiar con medio mundo, desde los reporteros que entregaban tarde hasta el editor responsable, que estaba siempre medio enloquecido. Pero dedicaba la mayor parte de mi tiempo, casi siempre después de la medianoche, a poner de pie a los diseñadores gráficos. Empezaba por ir a sacarlos de la cantina de enfrente, el célebre Negresco, y llevarlos a rastras hasta la oficina, medio dormidos, medio borrachos, medio afodongados. Ahí se escurrían bajo las mesas, se escondían en los baños, se perdían entre los vericuetos del indescifrable laberinto que era un diario en permanente crecimiento. Era un fastidio. No había modo de ponerlos en orden y la historia se repitió seguramente hasta que el periódico dejó de aparecer.

En años más recientes trabajé en un diario que parecía consentir a sus empleados, que entraban y salían sin que nadie controlara sus andanzas. Yo mismo cerraba mi cajón del escritorio, agarraba mis cosas y me largaba cuando me hartaban las miserias de la redacción. Un día alguien me hizo saber que sí había controles, y muy rigurosos. El gafete de identificación que empleábamos para abrir las puertas de entrada a la redacción enviaba a un centro de control la información sobre cada uno de nuestros movimientos, registrada cada vez que abríamos o cerrábamos algún acceso. El colmo llegó el día en que una veterana reportera se plantó frente a mi mesa, llorosa, con el rostro desencajado. Pálida de rabia me contó: estaba haciendo pipí en el baño cuando levantó la vista y descubrió bajo los lavabos una pequeña cámara oculta. No lo podía creer, me dijo. Había ido miles de veces a ese baño y nunca se había dado cuenta de que se le vigilaba hasta en la intimidad y también se contaban tal vez los minutos que pasaba ahí. Desde entonces mirábamos con desconfianza a todas partes, los muros, las cornisas, los techos, las lámparas de luz. Descubrimos muchos minúsculos artefactos de vigilancia, de audio y video, camuflados en el entorno. Nos sentíamos espiados hasta cuando íbamos a comer enchiladas morelianas en el mercado más cercano.

Las redacciones son terrenos inciertos. Entre pilas de papeles, libros y computadoras, no falta quien se abandone a la placentera fodonguería mientras finge que trabaja. Sin embargo la productividad de todos está de manera inevitable a la vista. Se sabe quién trabajó y quién no al momento de la edición, quién obtuvo imágenes espectaculares, noticias exclusivas, pistas difíciles, entrevistas sabrosas, reportajes espléndidos. Quién se tiró a la flojera o se la pasó en la cantina más cercana. No hay pierde. No hacen falta relojes checadores, firmas de asistencia, controles de horarios, miradas atentas del jefe. Así debiera ser, al menos en los países del Primer Mundo.

Pero no, es justo ahí donde las cosas parecen estar peor que nunca. Algunos medios, como el británico Daily Telegraph, están cayendo en la tentación de echar mano de avanzadas tecnologías de franco espionaje para vigilar la puntualidad y la permanencia de sus periodistas. Claro, a sus administradores no se les ocurre pensar que si sus periodistas están arranados todo el tiempo frente a sus escritorios es que las cosas van mal. No es ahí donde está la información. Muchos periodistas allá, entre ellos los del Daily Telegraph, están protestando ahora por la instalación en sus áreas de trabajo de aparatos que monitorean todos sus movimientos. Ante las quejas que crecen, la empresa editora explicó que no quería vigilar a sus periodistas sino optimizar los gastos en energía mediante el registro de los momentos de mayor o menor actividad en sus áreas de trabajo.

Cualquiera podría pensar que tras la identificación de los momentos de inactividad localizados por los aparatos tendría que llegar una devastadora ola de despidos que pondría en la calle no solo a los periodistas perezosos, más aún en tiempos de crisis como los que vivimos. Podría venir en realidad un tsunami de despidos en los medios periodísticos de una Europa agobiada en buena medida por su maltrecha economía.

Como sea, muchos periodistas estarán desde ahora más tiempo en las redacciones. Dejarán de lado las mesas de café, las cantinas, las tertulias, los paseos y las compras personales en horas de trabajo. Y muy pronto los editores estarán chillando por la falta de información de primera mano, de entrevistas y crónicas alegres y precisas. Comenzarán a maldecir al Big Brother que echaron a andar.

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