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Sentido contrario

Benito revivido

Héctor Rivera

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Lina Wertmüller tiene todo el aspecto de una aristócrata europea. A sus 87 se le mira llena de vitalidad, con la inteligencia brillando en sus ojos tras sus eternos anteojos blancos. Tal vez a su acomodada familia suiza le costó trabajo entenderla cuando decidió consagrar su vida al cine y a la actuación. Comenzó como asistente de Federico Fellini en la filmación de la célebre Ocho y medio y construyó poco a poco una larga filmografía en la que destaca al lado de Pascualino Siete Bellezas, Film de amor y anarquía, realizada en 1973. En esta exitosa cinta Giancarlo Giannini interpreta a un anarquista decidido a acabar con la vida de Benito Mussolini. Para perpetrar el atentado se oculta en un burdel, protegido por las mujeres que ahí trabajan. Llegado el momento, sale en busca del líder fascista pero el pánico lo paraliza cuando lo mira pasar. Explica luego a gritos su fracaso, entre sollozos: "¡Me estoy cagando de miedo!". Antonio Soffiantini, el personaje de Wertmüller, se habría cubierto de gloria de haberse sobrepuesto al miedo que imponía la figura autoritaria del Gran Duce.

Anteo Zamboni tenía 15 años cuando se decidió a meterle un tiro a Mussolini. Lo mismo que una multitud de admiradores, miraba el paso de los automóviles que lo transportaban con su comitiva durante una visita a Bolonia. Sin que le temblaran las piernas como a Soffiantini, echó mano de un revólver que llevaba oculto entre la ropa y disparó al cuerpo robusto del tirano. La bala pasó por la banda que portaba en el pecho y se llevó en el camino un trozo de su uniforme militar. Apenas se escuchó el disparo, los fanáticos fascistas se le fueron encima. Estrangulado, con 14 puñaladas en el cuerpo y un balazo, el joven anarquista quedó muerto en el pavimento.

Mussolini estaba en la mira de muchos. Parecía una preciada pieza de caza. Hubo más de uno que salió a buscarlo con un puñal, un revólver, una granada en la mano para acabar con su vida, pero el Duce parecía protegido bajo las alas de un eficiente ángel de la guarda que le ayudaba a esquivar las balas y las cuchilladas en nombre de la mala puntería o el temblor de piernas.

Cinco años atrás, Frances Stonor Saunders, una periodista británica, publicó La mujer que disparó a Mussolini, la biografía de Violet Gibson, una acaudalada irlandesa que trató de asesinar al Duce. La misión, dijo la muy católica mujer, se la había asignado Dios, pero le falló la puntería cuando más la necesitaba. Lo más que consiguió fue un rozón en la nariz que lo hizo portar un vendolete durante un rato. Gibson, en cambio, sí que la pasó mal. Abandonada por su familia y sus amigos, fue a dar a la cárcel con un diagnóstico de enfermedad mental, y más tarde enviada de regreso a su país, donde vivió casi 30 años internada en un manicomio.

El líder fascista ejerció un poder omnímodo durante más de 20 años. Los italianos lo adoraban como si fuera un santo con uniforme militar, un dictador déspota y autoritario que a veces reía a carcajadas, un líder capaz de poner al empobrecido país a la altura de la Alemania nazi. En las horas finales de la guerra era él quien temblaba. A sus 60, estaba enfermo y deprimido, como Hitler, asediado por el miedo y maldiciéndose por su fracaso descomunal.

Hijo de un herrero y de una maestra en un hogar modesto, terminó convertido en una figura de enorme importancia en la vida política italiana, odiado y temido, pero también querido y, sobre todo, controvertido hasta la fecha. En los últimos días de la guerra fue atrapado por una partida de partisanos vistiendo un uniforme nazi, en plena huida. Con su amante, Clara Petacci, fue colgado por los pies en una plaza de Milán el 28 de abril de 1945. Antes, hizo frente a un pelotón de fusilamiento dispuesto a darle muerte "como si fuera un perro rabioso". En ese momento su ángel de la guarda desplegó sus alas para protegerlo. Las armas fallaron entonces en un primer intento. Se dice que cada año unos 50 mil devotos del Duce lloran en la tumba a la que fue a dar después de 12 años de vagabundear en la cajuela de un auto, en un armario, bajo el altar de la capilla de un convento, en una caja de cartón.

Han tenido que transcurrir 71 años para que el gobierno italiano se decida a reanimar el mito. La casa donde vivió, en Predappio, al norte de Italia, será remozada y convertida en un centro de estudios sobre el fascismo. Nadie lo quiere decir, pero Mussolini sigue siendo una figura temida y respetada en Italia. En esa casa nació en los peores tiempos la quimera del "hombre nuevo" que inventó el fascismo de Mussolini, un dios al que muchos querían ver muerto.

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