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Jueves , 21.06.2018 / 08:11 Hoy

Sentido contrario

Akerman, el vacío, la muerte…

Héctor Rivera

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No era afecto lo que le hacía falta a Chantal Akerman. Ni la atención del público, de sus colegas, de sus amigos, de sus discípulos. Era muy querida y respetada por todos. Pero había algo en su alma que la llevaba de golpe a la fragilidad, al miedo, a la inseguridad, a la desolación. Con todo su talento enorme, su creatividad ambiciosa y prácticamente sin límites, descubría una noche, un amanecer, una tarde lluviosa, un agujero inmenso en su vida, un hoyo negro, un abismo de soledad insoportable que devoraba su alegría de vivir y de crear.

Chantal Akerman tomó hace unos días una decisión fría, brutal, definitiva: acabó con su vida. Apagó de golpe la luz de sus ojos verdes de gato curioso, su sonrisa tímida, su discreta vida en las orillas de una humildad natural. Solo el diario francés Le Monde dio la noticia directa, fulminante, al modo de una breve pero sentida necrológica: "Chantal Akerman se suicidó la noche del lunes 5 de octubre. Autora de una obra incandescente, pionera, nómada, trabajando a profundidad las preguntas íntimas e históricas y también las preguntas formales, fundadora de la modernidad cinematográfica, la cineasta belga se fue a los 65 años".

Quienes la conocieron por una u otra razón, de una u otra manera, como amigos, discípulos, compañeros de profesión, amantes hombres o mujeres, la han llorado en estos días y la han recordado en público. Un estudiante estadunidense que la interrogaba con palabras rebuscadas en el curso de una conferencia no olvidó nunca su respuesta: "Sé como eres, di lo que piensas como lo piensas". Otro recordó cómo lo invitó a su casa para que le preguntara lo que quisiera durante la tarde entera.

En agosto pasado había presentado en el Festival de Locarno, en Suiza, su última película, No home movie, dedicada a su madre, Natalia, fallecida el año anterior. El vacío en su alma creció entonces y Akerman buscó darle sentido con una película de aliento íntimo y emotivo que habla del hogar vacío y silencioso, habitado por la ausencia de quien más amó. El público la recibió con abucheos. Polaca de origen, su madre era una sobreviviente de los horrores nazis en Auschwitz. Frágil, sensible, emocionalmente herida, Akerman era también una sobreviviente en un hogar devastado por la guerra. Un tema que su madre nunca pudo abordar con palabras directas.

No es que la cineasta nacida en Bruselas en 1950, profesora en Harvard y en el City College de Nueva York, estuviera habituada a los silbidos del público, pero sin duda sabía de eso. Su cine vanguardista, lejos del comercio y sus complacencias, venía de un pasado marcado desde la adolescencia por el cine de Godard y se hermanaba de alguna manera con el de Fassbinder. No es fácil hurgar en las entrañas, en el abismo de las emociones, tomar en las manos el corazón de los personajes y escuchar sus latidos, entender su ritmo, conocer sus vínculos con los demás. Akerman lo hacía todo el tiempo, a lo largo de las casi 50 películas que realizó. Tampoco son cosas fáciles de entender para un público descerebrado de manera sistemática por la cinematografía hollywoodense. Una cinta suya, Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxeles, realizada en 1976, marcó de manera indeleble a muchos espectadores y, sobre todo, a muchos cineastas. La historia de una madre soltera, minuciosamente detallada a través de sus obsesivas labores domésticas, que por las noches se dedica a la prostitución para mantener su hogar.

Pero hizo también un cine nómada, viajando por medio mundo con su cámara en la mano, jugando más allá del paisaje con el tiempo y las formas, describiendo en todos los formatos los detalles de la vida ajena, las raíces históricas, culturales, que les dan sentido. Pocas cosas de hecho le fueron ajenas mientras escribía, hacía cine y televisión, preparaba exposiciones.

Un día cualquiera de 1984, Chantal Akerman descubrió ese agujero negro en su alma que llena de nada la vida. Supo entonces que ese vacío tenía nombre y apellido. Atrapada en una de esas crisis sombrías que comenzaron entonces a rondar por su vida se supo maniaca depresiva. Serge Lebovici, un reconocido psicoanalista, le salvó la vida. O al menos eso decía ella. Porque la enfermedad que aniquila con demasiada frecuencia a los talentos creativos no se cura. Ese hoyo negro que se alimenta de tristeza, de dolor y sufrimiento, de soledad infinita, devoró finalmente su existencia.

Celebrada, admirada, respetada, querida por muchos, Chantal Akerman creyó entender al atardecer del lunes 5 de octubre que no tenía otro camino que andar. Nadie la pudo detener. Y se quitó la vida.

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