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Viernes , 20.07.2018 / 15:26 Hoy

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La muerte desnuda

Héctor Rivera

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La imagen que captó el fotógrafo sudafricano Kevin Carter en marzo de 1993 en un árido poblado de Sudán del Sur, dejó a muchos al borde de las lágrimas: una pequeña niña desnuda en extrema desnutrición desfallece entre la hierba seca, con la cara metida en el suelo polvoriento. Parece agonizar, mientras a sus espaldas, a un par de metros, un buitre la mira muy atento. La fotografía que ilustraba la tragedia de un pueblo herido de muerte por la hambruna, fue en su momento portada del New York Times y ronda desde entonces por los medios de todo el mundo. Parece aludir en última instancia al destino. Un mal sino que marca la vida de aquella niña indefensa, sometida por la geografía, por las disputas políticas, por la indiferencia y el abandono. Famélica, sin aliento, va rumbo a la muerte mientras la miran quienes tienen algo que llevarse a la boca.

La imagen de Carter sacudió muchas conciencias. Como sucedió con la fotografía de Aylan, el niño ahogado mientras huía con su familia de la masacre en Siria, el escándalo no se hizo esperar. Por unos días solamente. Después todos volvieron a lo suyo.

No faltó quien culpara al fotógrafo de la desgracia de aquella niña. Se dijo que el buitre era él, que pudo haber espantado al animal en lugar de fotografiarla a las puertas de la muerte, con la piel pegada a los huesos. Alguien le puso título a la imagen: “La niña y el buitre”. No podía ser de otra manera.

Pero como sucede con frecuencia, la crónica del instante documentado por la cámara fotográfica puede resultar engañosa, aunque no menos trágica. Un año después de haber captado la escena de “La niña y el buitre”, Carter obtuvo el premio Pulitzer. Al recibirlo, las emociones se enredaron con su talento periodístico y lo hicieron musitar: “Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña”. Reconoció entonces que aquella era la fotografía más importante de su carrera, pero dejó a todos con la boca abierta cuando dijo con cierta rabia: “No estoy orgulloso de esa imagen, no quiero ni verla, la odio”. Un par de meses después condujo su auto hasta un lugar apartado y a través de una manguera respiró hasta morir el aire envenenado que salía por el escape.

Se supo luego que la niña moribunda era en realidad un niño y que Carter sí había ahuyentado al buitre. Se dijo que el pequeño no estaba agonizando, sino defecando, y que estaba bajo la protección de un organismo humanitario internacional, cuyos representantes se encontraban a unos cuantos pasos, fuera de cuadro. Que el buitre no era Carter, sino quienes lo habían llevado al extremo fatal de la depresión en un camino empedrado por la muerte de sus amigos más cercanos y la lastimosa situación sociopolítica de su país.

Se supo también que Kong Nyong, el niño famélico, no había muerto de hambre ni fue picoteado por el buitre después de ser fotografiado por Carter. Falleció en realidad 14 años después, enfermo de paludismo.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa

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