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Lunes , 18.06.2018 / 22:21 Hoy

Atrevimientos

El naco de Monsiváis y el pachuco de Paz: la herida mal cerrada

Héctor Raúl Solís Gadea

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El sábado pasado los fantasmas de dos autores mexicanos que encabezaban grupos intelectuales distintos -y que discutieron ácidamente en la revista Proceso entre los años 77 y 78- se encontraron otra vez, pero ahora en Bielefeld, Alemania. El motivo: un curso del profesor Wilfried Raussert dedicado a explorar las manifestaciones contraculturales mexicanas.

Paz y Monsiváis trazan trayectorias que se juntan y casi se tocan, para luego separarse de una manera que parece irreconciliable. ¿Continuará para siempre la polémica entre sus lectores y estudiantes?

En sus reflexiones sobre el pachuco y la soledad del mexicano, Paz toca preocupaciones que Monsiváis también comparte, pero sobre el naco y su circunstancia de discriminación. Lo particular da la clave de lo general: estos textos, dedicados a explorar figuras sociales específicas, revelan la polarización de México en su conjunto, la fractura que ahora amenaza con destruirnos.

El pachuco le sirve a Paz para entender al mexicano común; es el extremo del desarraigo y la soledad, la expresión máxima de la experiencia de vivir arrancado de un mundo al que alguna vez se perteneció pero en el que ya no hay sitio para uno. La conquista española destruyó el cosmos de los antiguos mexicanos y los dejó en el desamparo. Luego, la Iglesia Católica brindó a los indígenas un espacio en la sociedad colonial. En su afán modernizador, la reforma liberal continuó la destrucción de las comunidades originarias para después ser reivindicadas (¿hasta qué punto?) por la tarea constructiva de la Revolución. Y ahora, tras varios lustros de capitalismo desbocado, vivimos otro período de alienación y soledad.

El análisis del naco, de Monsiváis, a primera vista parece no tener importancia real. En todo caso, sería un asunto frívolo digno de un cómico o un comentarista ligero, como los que se la pasan hablando de temas superficiales que hacen reír a los públicos y provocan sus burlas sobre los demás. Eso hizo el comediante televisivo Luis de Alba hace unas tres décadas cuando creó un personaje, el chico de la Ibero, que renegaba de los personajes insolentes, de pésimo gusto y maleducados, que pretenden un estilo de vida que no pueden tener porque son pobres y, aunque no lo fueran, tampoco su cultura les alcanza para “pasar” por ser alguien “bien”. “¡Qué naco!”, dice a cada instante, y se indigna por estar rodeado de gente que no está a su altura.

El naco es una etiqueta creada por la gente como consecuencia de la manera en que los mexicanos nos relacionamos en virtud de las enormes diferencias que padecemos. Por eso, la sola existencia de la noción y su uso cotidiano, hace evidente una de las contradicciones fundamentales de la sociedad mexicana: la profunda grieta, insisto, que nos divide y polariza. Es la distancia entre la gente del pueblo, de orígenes, rasgos y maneras indígenas o campesinos, de situación de clase obrera, con empleo precario o perteneciente a sectores lumpen, y la gente “bien”, “fresa”, de clase media o media alta, educada en la pretensión de vivir de acuerdo con los cánones de la modernidad y una supuesta burguesía occidental, acostumbrada a despreciar a los demás, a los que no considera como dignos de un trato de igual y semejante.

Bien mirado, el tema da pena. Estamos tan acostumbrados al clasismo y al racismo que ya no nos damos cuenta de que se trata de una atrocidad: un lastre que nos vuelve salvajes (el que desprecia se vuelve, él mismo, despreciable) y no nos permite avanzar como nación. Este párrafo de Monsiváis lo dice todo: “En el intercambio entre los marginados económicamente y las élites, el comercio emocional va siempre en la misma dirección, del estupor de unos (repudio o admiración filantrópica) al resentimiento de los otros”.

Aunque esta tesis se parece a las de Paz sobre el Pachuco es distinta. Paz lo describe como un ser que no quiere incorporarse a la sociedad y que tiene “un deseo de autohumillación...sabe que sobresalir es peligroso y que su conducta irrita a la sociedad; no importa, busca, atrae la persecución y el escándalo. Sólo así podrá establecer una relación más viva con la sociedad que provoca: víctima, podrá ocupar un puesto en ese mundo que hasta hace poco lo ignoraba; delincuente, será uno de sus héroes malditos”. Para Paz, entonces, no hay esperanza alguna de redención.

Me pregunto si las manifestaciones estéticas y culturales nos pueden ayudar a reconocernos como iguales. Monsiváis dice que los jóvenes sin oportunidades ni recursos de la ciudad de México encontraron en los cafés y sitios en los que se tocaba rock un lugar para encontrarse y vivir. La libertad para escuchar rock vivo fue una de las repercusiones favorables del intrépido festival de Avándaro de principios de los años setenta. La conclusión es clara: el arte y la cultura provocan un sentimiento de pertenencia que podría ayudarnos a curar nuestras heridas mal cerradas.

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