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Martes , 23.10.2018 / 13:34 Hoy

Atrevimientos

México-Alemania: lo dieron todo

Héctor Raúl Solís Gadea

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A Emiliano Macías, siempre

Habría que haber estado en el estadio Luzhnikí, para apreciar a plenitud el triunfo de la selección nacional. Y no me refiero sólo a la cuestión futbolística. Nada como la vivencia directa para comprender la totalidad de la experiencia, el umbral donde lo deportivo se mezcla con las emociones que nos atrapan y conmueven. El futbol como parte de la vida: aunque suene como una frase cursi, no lo es.

Imagínese allí, bajo el cielo de Moscú y respirando su aire, entre las banderas de los dos países ondeadas por cientos, quizás miles, de aficionados poseídos por la pasión, los cantos, las porras, los Oles... Imagínese allí, acompañando con los cinco sentidos la entrega física y mental de los jugadores, con los nervios que nos ponen la boca seca y, literalmente, en el filo de la butaca. Es mucho lo que se juega, a pesar de que esto sea inexplicable: es un juego, se dirá, pero nos implica de manera insospechada.

Cuando se mira la totalidad de la cancha se percibe mucho mejor la vitalidad de los jugadores, sus movimientos, sus gritos, el riesgo de cada instante, la presión a la que están sometidos, la inteligencia que ponen en juego, su personalidad, su técnica, su carácter.

No importa. A pesar de no haber estado en el Luzhnikí podemos recrear lo vivido ayer y aproximarnos al sentido de lo que se vivió. Vela que siempre sabe qué hacer con la pelota cuando la tiene en sus pies. La presencia omnímoda de Héctor Herrera en la media cancha. El empaque y la seguridad de Memo Ochoa bajo el arco. El espíritu de saeta de Irving Lozano. La ilusión con la que juega el Chicharito, a pesar de que no siempre acierta. Guardado y la confianza que proyecta. Y todos los demás, que lo dieron todo.

Y también podemos sufrir con el movimiento en bloque de Alemania, Müller, Draxler, Werner: como buenos alemanes son disciplinados, racionalmente organizados para lograr sus objetivos... Sus miradas lo revelan. La marea alemana sólo se interrumpe cuando México desdobla un contragolpe para volver a emocionarnos.

México jugó por nota durante una hora. Luego se defendió y sufrió, pero sin cometer un error letal. Su fuerza radicó en el orden, la disciplina táctica, el juego de conjunto. Sus oportunidades se derivaron de las triangulaciones con rapidez y precisión como la llave para penetrar en la zona de definición. La verticalidad mexicana produjo un efecto de ráfaga sobre la cancha que desconcertó al rival una y otra vez, incluyendo el gol de Irving.

En cambio, la ofensiva alemana, estructurada más con el machacar constante pero predecible que con el chicotazo desde atrás y con espacios, nunca pudo provocar el desequilibrio necesario para vencer a Memo. Y tampoco pudo forzar un error catastrófico como en tantas ocasiones nos había pasado. (Francia 98: México vence 1-0 a Alemania. Terminan 2-1. Luego de que Luis Hernández, el Matador, desperdicia la posibilidad clara de marcar el segundo gol bastaron once minutos para que los alemanes remontaran el partido).

Honestamente, esperaba un 3-0, pero en contra. Hasta ayer, fui uno de los detractores del profe Osorio. Me sumé a la crítica que lo destruía: hace unos días, unos amigos y yo lo comentábamos: no juega a nada, no tiene sistema y ni siquiera una base del equipo. Qué diferencia de la selección de Lavolpe que le jugó de tú a tú a Argentina en el mundial de 2006 y que casi la vence de no ser por la genialidad de Maxi Rodríguez y el golazo con el que nos dejó fuera. Me recuerdo diciéndole a Felipe, un amigo: ¿quién es ese desconocido Osorio? Y alguien más que me decía: es que hizo calificar a la selección al mundial de manera clara... Pero es que con el nivel de Concacaf, era su obligación lograr una calificación sin sobresaltos, le respondí.

En el partido contra Dinamarca, hace unos cuantos días, llegué al colmo de la desesperación. Un primer tiempo aceptable y un complemento insoportable. Cinco cambios que derrumbaron al equipo. Hubo momentos en que sentí deseos de no ver los partidos del mundial. Sólo me sostuvo el hecho de que la fe, qué duda cabe, es algo irracional. Implica creer en algo que no requiere indicios para demostrarse (aunque en el fútbol son necesarias algunas señales, aunque sea muy de vez en cuando).

Y luego el colmo de los colmos: hace unos días, mientras los alemanes entrenaban como es de imaginarse, los mexicanos se divertían en una fiesta que duró, según me han dicho, ¡dieciocho horas! Y no le cuento lo demás que también se dice, para no escandalizar.

Pero ayer, con Juan Carlos Osorio, los seleccionados mexicanos lograron uno de los triunfos más resonantes de su historia. Tuvieron empaque, paciencia y entrega. Quisieron ganar y se sintieron capaces de ello. En las entrevistas, Osorio me convenció: “siempre se los decía a mis jugadores: venimos entrenando, entrenando, para el partido en el mundial... la idea fue no mostrarle a los alemanes nuestras armas... no poner a jugar a Vela y perder contra Dinamarca y aguantar las críticas”.

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