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Domingo , 27.05.2018 / 17:27 Hoy

Atrevimientos

Las lecciones de nuestros medallistas olímpicos

Héctor Raúl Solís Gadea

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No se puede menos que sentir emoción, gusto y admiración por los cinco deportistas que dieron medallas a nuestro país, pero en la lista deben estar todos los demás, porque el simple hecho de calificar a unos Juegos Olímpicos implica un mérito extraordinario; además, varios de ellos quedaron entre los primeros diez del mundo.

Si algo demuestran estas victorias es la dimensión personal y emocional que está detrás. En todos los casos, se trata de jóvenes con una extraordinaria determinación de triunfo, una gran claridad sobre lo que quieren y una disposición a toda prueba para alcanzarlo.

Son personas con una estructura emocional particularmente sólida. Y no sólo porque mantienen una férrea disciplina durante muchos años de entrenamientos y competencias o porque superan lesiones, fracasos y dolores físicos, sino porque afrontan airosos los momentos críticos de las justas deportivas en los que se decide quién tiene pasta de ganador.

¿No ha exhibido una fortaleza interior fuera de lo normal Germán Sánchez al conservar la calma y superar en su clavado final al estadunidense David Boudia que tenía un mejor currículum? Muchos otros se hubieran quebrado. Algo similar se puede decir de Ismael Hernández cuya magnífica rutina en la fase de equitación le permitió recuperarse para ganar la medalla de bronce en pentatlón moderno. Otro caso es el de María del Rosario Espinoza, quien en uno de los duelos previos a la final estuvo a segundos de ser derrotada pero logró conectar un golpe que le dio los puntos necesarios para seguir en la batalla por las medallas en taekwondo.

Y qué decir de Lupita González, quien compitió codo con codo contra dos excelentes marchistas chinas hasta los últimos instantes, y frente a la amenaza de ser descalificada con la meta frente a sí, pues había recibido una amonestación un poco antes; además, en algún reporte de prensa, he leído que ella sufre de dolores físicos al competir debido a lesiones sufridas a lo largo de su carrera.

Pero no es, por supuesto, el carácter emocionalmente extraordinario de estos jóvenes la única condición que los ha convertido en campeones; (esto sin considerar su probable predisposición genética favorable para la práctica del deporte de alto rendimiento). Me refiero a la red de apoyos de padres, familiares, amigos y entrenadores que seguramente está detrás de ellos.

Algo así resulta evidente, por ejemplo, tras la declaración de Lupita González en la que afirma que tiene dos madres. Según una nota de El Universal, ella “debe sus valores y tenacidad infranqueables a dos mujeres que se encargaron de su formación desde que era una niña”. “A mi madre biológica no la apoyó mi papá como debería de ser --afirmó Lupita--; fue un tío de él quien nos ayudó; yo me formé con Justina Rodríguez, su esposo Enrique González y mi mamá María Romero, quien se convirtió en otra hija para ellos”. Por eso, “cuando Guadalupe González sale a competir, siempre se encomienda a la Señora de la Misericordia. Lo hace a petición de sus dos mamás”. “Mis dos mamás lucharon por mí y mis tres hermanos para que no nos faltara nada. Nos dieron lo necesario, teníamos lo indispensable, lo justo”.

El rostro duro de Lupita durante los momentos álgidos de la competencia, su llanto en el momento de llegar a la meta, así como la manifestación de gratitud que deja ver cuando junta sus manos, son la prueba de que su trabajo, además de físico y técnico, ha sido interior y espiritual. Esa misma disposición se puede inferir en la actitud de Germán Sánchez quien estando en el pódium parece lanzar una mirada al cielo y articular unas palabras en señal de gratitud. Es conocida, en este caso, la sensibilidad religiosa de Germán.

Lo anterior demuestra que en la forja de un campeón intervienen muchísimos factores, además de los que se pueden obtener con el acopio de recursos materiales, humanos, financieros y científicos. Se podría hablar de “capital social” o del cúmulo de recursos morales, afectivos, de solidaridad, confianza y reciprocidad que integran personalidades capaces de enfrentar los desafíos del deporte de alto rendimiento.

Recientemente, Juan Villoro se refirió a la importancia de la existencia de una clase media fuerte en cuyo seno puedan formarse deportistas exitosos. Está pensando en España, que para 1968 era superada por México (sólo importaban los toros y el futbol), pero tras la transición democrática se consolidó como una sociedad de bienestar de la que surgieron brillantes atletas.

Obviamente, un factor fundamental para el éxito deportivo de una nación es la organización y las políticas públicas en la materia. Sobre eso se ha escrito y comentado mucho en estos días. Los diagnósticos vendrán para confirmar lo que ya se sabe. Los resultados deportivos nos pintan como somos los mexicanos, pero también definen lo que debemos hacer para producir campeones. Ojalá que las autoridades aprendan las lecciones que nos dan todos estos jóvenes.

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