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Miércoles , 17.10.2018 / 07:26 Hoy

Atrevimientos

Las desventuras de Hilda y la desdicha de Susana

Héctor Raúl Solís Gadea

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Hilda tiene dos hijos chicos de los que no se quería separar. Ahora ya no los ve. Trabaja todo el día y se queda a dormir hasta los fines de semana en una casa rica del Pedregal.

A doña Susana, o mejor dicho, a la señora Lemarchand, le resultó fácil quedarse con ella. Todo fue pedírselo al marido de Hilda. Cuando fue su jardinero la señora le prestó para que se hicieran de su casita. Por eso cada mes él le entrega una cantidad y ella le da un pagaré. Hilda también es agradecida. Le mandó regalar un suéter color melón que tejió en sus ratos libres.

Las cosas se pusieron raras en cuanto llegó a la casa. La señora mandó a los niños de Hilda a la guardería de una amiga suya. Estarán seguros y no tendrás nada de qué preocuparte, le dijo. Se suponía que Hilda iba a ser niñera del nieto de doña Susana. El hijo de los Lemarchand, casado con una joven americana, estaba recién llegado de Nueva York adonde fue a estudiar porque quiere ser poeta. Querían que alguien se hiciera cargo del bebé porque en los Estados Unidos las niñeras son muy caras.

Doña Susana le pidió a Hilda que en vez de cuidar a su nieto hiciera tareas de la casa. Hay que arreglar todo esto, le ordenó señalando un clóset lleno de tiliches sin ton ni son. Pero era muy buena con ella. En una ocasión, Hilda le oyó decir a su patrona: Lo que yo quiero es que se sienta parte de la familia, que me tenga confianza. No tiene llave la despensa ni el refrigerador; todos comemos lo mismo, en la misma vajilla y con los mismos cubiertos.

Hilda tuvo indicios de que andaba mal la cosa aunque nunca pensó que doña Susana iba a llegar tan lejos. Un día, al poco tiempo de llegar con los Lemarchand, Hilda le contó a su esposo por teléfono: Hasta me midió y me pesó, pero yo no voy a aguantar mucho tiempo aquí.

Poco a poco la señora fue atrapando a Hilda. Le pidió que fueran más cercanas y logró que se la pasaran platicando todo el día. Los fines de semana toman champaña y comen paté y caviar. Duermen juntas y hasta le cortó y le tiñó los cabellos. Hilda camina como un zombi. Tiene la mirada perdida y lo único que quiere es ver a sus hijos, pero ya ni para luchar por eso le alcanza la voluntad. Es que doña Susana le ha dicho a Joaquín, uno de los guardias de la casa, que no la deje salir.

Al marido de doña Susana le gusta usar palabras en francés. Su empresa y sus negocios son su vida. Anda haciendo tratos con un empresario gringo con el que se quiere asociar y pronto va a venir a México. Por eso, ni caso le hace a la señora. Eso sí: quiere que le organice una buena cena al gringo y esté presentable, porque últimamente doña Susana se viste de indígena, como si quisiera quedar bien con Hilda. Le quitó el uniforme y la vistió igual a ella. Un día, la puso junto a ella de frente a un espejo y le dijo: ¡Parecemos gemelas!

Cuando era joven y estudiaba en la universidad, doña Susana tenía ideales políticos. Hasta anduvo en el movimiento del 68 y poco faltó para que fuera víctima de la represión. Hay unas fotos por ahí en las que se le ve gritando y sosteniendo una manta de protesta. El otro día se acordó de aquellos tiempos y se puso mal. Hasta le leyó a Hilda unos libros de Marx y Lenin que tenía perdidos en el closet.

Yo digo que eso le pasó porque unos jóvenes de la universidad andaban entrevistándola para un documental. Cuando le mostraron las imágenes de lo que ella fue, de dónde estaba y de qué hacía, de dónde vive ahora y cómo pasa sus días, terminó llorando, con una tristeza muy profunda, como si se hubiera dado cuenta de que todo lo que tiene es la cárcel de los sueños que alguna le sostuvieron el corazón.

El marido de Hilda quiere rescatar a su mujer pero no puede. Doña Susana le dijo a los guardias que no lo dejen entrar. La señora la necesita para olvidar el dolor de haber perdido su vida al lado de un hombre que sólo le da comodidad. Su hijo tampoco tiene contacto con ella, el que quiere ser poeta y le reclama a su padre que no le consigue los contactos editoriales que necesita para que le publiquen su poemario.

Todo esto que le cuento no lo inventé. Lo vi en el cine en una película que se llama ** Hilda. Pero para mí que el director de la película tampoco lo inventó, sino que lo miró. Simplemente volteó a su alrededor y observó con atención. Ojalá y usted pueda verla. Es la ópera prima del regiomontano Andrés Clariond.

Por cierto, hablando de estos temas, hace unos días un carpintero me dijo que lo mandaron llamar para hacer unos trabajos en un departamento de un edificio allá por Andares. Todo iba bien hasta que le dijeron que tenía que utilizar las escaleras. Sí. Es que está prohibido que los trabajadores utilicen los elevadores, le dijeron. ¿Será que a los residentes de esa torre de Andares les molesta el contacto con la gente que no es de su categoría? Seguramente. No son, esos vecinos, ni siquiera como doña Susana.

Al final, el carpintero tuvo la posibilidad y la dignidad de no aceptar el trabajo. Pudo escapar de la trampa en la que cayeron Susana e Hilda.

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