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Domingo , 09.12.2018 / 16:43 Hoy

Atrevimientos

La purificación de México

Héctor Raúl Solís Gadea

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En 1946, Daniel Cosío Villegas escribió: “México viene padeciendo hace ya algunos años una crisis que se agrava día con día; pero como en los casos de enfermedad mortal en una familia, nadie habla del asunto, o lo hace con un optimismo trágicamente irreal. La crisis proviene de que las metas de la Revolución se han agotado, al grado de que el término mismo de revolución carece ya de sentido. Y, como de costumbre, los grupos políticos oficiales continúan obrando guiados por los fines más inmediatos, sin que a ninguno parezca importarle el destino lejano del país”.

El trabajo, titulado La crisis de México, fue infundadamente criticado y casi completamente incomprendido. No agradó ni a la izquierda ni a la derecha, y menos a los representantes del mundo oficial que aún flotaban cómodamente sobre las cálidas aguas del discurso revolucionario. Según Enrique Krauze, “sólo José Revueltas asimiló el sentido del ensayo”.

Es un pequeño clásico. Se puede leer y releer con la certeza de que siempre nos dirá algo sugerente. Pero esa perpetua actualidad de La crisis de México contiene un aspecto poco agradable. El método que utiliza y las conclusiones a las que arriba mantienen su validez porque la realidad nacional no ha cambiado en lo esencial.

Su punto de partida es sencillo: “Las primeras cuestiones que debieran abordarse para entender la crisis, para calibrarla y resolverla, son: cuáles eran las metas de la Revolución, cuándo se agotaron y por qué”.

Los principales propósitos de la Revolución fueron tres: 1) La conquista de la libertad política y la democracia, o sea, evitar la permanencia de una persona o un grupo de manera indefinida en el poder, así como su excesiva concentración. 2) La promoción de la justicia social, lo que implicó la reforma agraria y las reivindicaciones del movimiento obrero, gracias a la acción decidida de un gobierno nacional activo y promotor del desarrollo. 3) La afirmación de los intereses nacionales de México por encima de los promovidos en nuestro suelo por parte de potencias extranjeras.

Estos tres conjuntos de metas, que suponían impulsar la educación, construir infraestructura y conjugar los factores de la producción para traer riqueza y desarrollo, se decantaron tras un sinuoso proceso de cambios políticos en la nación. No fueron fines conscientemente consensados por las fuerzas revolucionarias: se asumieron más al azar de los conflictos, que mediante un plan organizado y meditado.

Las metas de la Revolución se agotaron porque a pesar de sus no pocos logros materiales --carreteras, escuelas, instituciones, industrias--, los gobiernos surgidos de su seno no transformaron de manera tangible al país “haciéndolo más feliz”. Sobre todo, no se consolidó un régimen verdaderamente democrático, y tampoco se avanzó en la igualación de las condiciones sociales y económicas de la mayoría de los mexicanos.

A pesar de que se evitó la reelección, el congreso no jugó un papel de verdadero contrapeso y no tuvimos una prensa libre y crítica. La educación tampoco se desarrolló con la consistencia necesaria, más allá de unos doce años en que se sintió la impronta de la obra de Vasconcelos.

La reforma agraria fue inconsistente e improductiva; no dio a los campesinos libertades, sino sujeción al Estado. El movimiento obrero convirtió a las organizaciones de los trabajadores en apéndices del gobierno.

En pocas palabras, los gobernantes surgidos de la Revolución no estuvieron a la altura de las metas que ésta se propuso. Ninguno hizo mejorar de modo consistente la vida de las mayorías. Todo se cubrió con la oscura y férrea capa de la deshonestidad.

El resultado lo sintetiza muy bien Cosío Villegas en este párrafo cargado de terrible actualidad y rematado con un presagio sombrío: “una general corrupción administrativa, ostentosa y agraviante, cobijada siempre bajo un manto de impunidad al que sólo puede aspirar la más acrisolada virtud, ha dado al traste con todo el programa de la Revolución, con sus esfuerzos y con sus conquistas, al grado de que para el país ya importa poco saber cuál fue el programa inicial, qué esfuerzos se hicieron para lograrlo y si se consiguieron algunos resultados. La aspiración única de México es la renovación tajante, la verdadera purificación, que sólo quedará satisfecha con el fuego que arrase hasta la tierra misma en que creció tanto mal”.

Cabe aplicar el método de Cosío Villegas al periodo post-revolucionario --llamémoslo neoliberalismo salinista--, que comenzó hace treinta años y llega hasta el presente. Preguntémonos qué metas se propuso y si los hombres de los gobiernos recientes estuvieron a esa altura. Me temo que el balance sería similar al obtenido por los gobiernos revolucionarios. ¿De dónde podría venir el remedio a tanto mal? Don Daniel diría que de una reafirmación de los principios y una depuración de los hombres. ¿Quién ofrece hoy esa esperanza? No tengo la respuesta. 


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