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Miércoles , 17.10.2018 / 12:15 Hoy

Atrevimientos

La lección de Sócrates

Héctor Raúl Solís Gadea

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Las ciencias sociales padecen de un sentimiento de crisis e impotencia que se remonta a la década de los años ochenta. Han sido presa de la técnica y las ciencias empresariales que triunfan a la par de la imparable innovación capitalista y la programación para el éxito al que son sometidos los jóvenes y los hombres de nuestros días.

Pero el auge de estas visiones pragmáticas, hipnotizadas con el éxito material, no ha podido erradicar males endémicos de la humanidad y tampoco ha creado una civilización más armónica. El capitalismo contemporáneo destruye la naturaleza y ya no iguala las condiciones sociales; ahora crea pobreza, ambición y envidia, provoca el despojo de las comunidades y genera conflictos por doquier. Hace mucho que el capitalismo se desconectó de la ética del trabajo y de las preocupaciones morales que alguna vez lo sustentaron.

Esto entraña una obligación para las ciencias sociales y las humanidades: la de pensar de manera crítica sobre lo que ocurre y pasar a la ofensiva poniendo en su sitio a las ciencias empresariales y la técnica, de manera que queden claros sus límites y consecuencias indeseadas. Ganar dinero y adquirir una posición social es importante, pero no es todo en la vida. Hay otras cosas importantes como proteger el medio ambiente, promover la igualdad social, brindar oportunidades a quienes no las tienen, generar empleos bien remunerados y escuchar a los ciudadanos que son víctimas de los poderosos porque éstos tienen armas, dinero o acceso a las decisiones del gobierno que les brindan ventajas particulares. Hacer esto último implica el conocimiento que las ciencias sociales son capaces de producir.

Además, existe una relación entre las ciencias sociales y la construcción de ciudadanía que deberíamos considerar con más frecuencia. Custodiar la cultura, transmitirla y enriquecerla implica ensanchar la perspectiva desde la cual los hombres y mujeres se conciben a sí mismos y califican el orden social en el que conviven. Al poder no le conviene que existan mujeres y hombres educados, pues no le son gratos los ciudadanos informados, con conocimiento de la realidad social y dispuestos a exigir que se les tome en cuenta.

El poder prefiere al ignorante o al violento. Al primero lo excluye sin dificultad, al segundo lo extermina, lo somete o lo coopta. El poder también prefiere al frívolo y al consumista, porque éste, al reducir su vida a la ambición de cosas banales se convierte en alguien incapaz de juzgar la realidad y, por ello, fácil de manipular. De paso: dudo que el poder le brinde al ser humano el consuelo final ante el drama de una vida que termina. En este último plano, tal vez las humanidades tengan más cosas que aportarle al individuo común.

El poder abomina al ciudadano con capacidad de indignación, al sujeto que valora moralmente su existencia y juzga el trato que recibe de las autoridades y de toda forma de poder, ya sea económica o ideológica. El ciudadano verdadero exige razones por las decisiones de los gobernantes y está dispuesto a dialogar para solucionar los problemas de manera conjunta. Por eso, desde una perspectiva miope y mezquina, al poder no le interesa formar y educar buenos ciudadanos, pues resulta más cómodo no tenerlos y convertir la tarea de gobernar en un proceso administrativo y de control.

Las ciencias sociales trabajan para alcanzar la verdad y el conocimiento, aunque esto, a veces, no resulta del agrado del poder, porque con la verdad y el conocimiento se forman mejores ciudadanos y se evalúa la conducta de los gobernantes. Ésa es la utilidad de las ciencias sociales, pues el estudio de las instituciones, las prácticas, la acción política y las maneras de pensar que influyen en las personas contribuye a esclarecer las injusticias que resultan de las asimetrías de poder.

Nosotros, los universitarios, debemos ofrecer a los estudiantes y los ciudadanos los elementos de análisis que les permitan forjarse un criterio sobre la vida pública y la crisis de valores que vivimos. Pero debemos hacerlo con cuidado, pues no hay nada más ajeno al espíritu del saber que confundir el ejercicio de la crítica con la producción de ideología.

Los cultivadores de las ciencias sociales y las humanidades no son pastores de una religión y tampoco líderes políticos frustrados. Su vocación es clara: estar al servicio de la verdad y el conocimiento porque éstas, en última instancia, contribuyen a la liberación del espíritu humano de las calamidades del atraso, el oscurantismo y la ignorancia.

Hace más de 2,500 años Sócrates dio a los intelectuales que vinieron después una dura lección: la del compromiso con la propia conciencia como algo que está por encima de cualquier forma de engaño o mentira, y cualquier perspectiva de poder faccioso. Su compromiso le costó la vida, pero le permitió sembrar la esperanza en que, al final, la verdad está siempre al servicio de la justicia y el conocimiento puede ayudar a desarrollar la virtud.

raulso@gmail.com

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