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Miércoles , 21.11.2018 / 08:19 Hoy

Atrevimientos

La innovación y la gobernanza en la UdeG

Héctor Raúl Solís Gadea

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A partir de mañana, se llevará a cabo en la Universidad de Guadalajara el XXIII Congreso Internacional del Centro Latinoamericano de Administración para el Desarrollo (CLAD). También son auspiciadoras la Secretaría de la Función Pública y el Instituto Nacional de Administración Pública.

Agradezco haber sido invitado a participar en un panel titulado: Innovación y gobernanza, una visión desde la educación superior. Le platico a usted un poco de lo que pienso comentar el miércoles en el panel, que tendrá lugar, por cierto, en el Centro Universitario de Ciencias Económico-Administrativas.

La innovación no puede desatenderse. Se escucha en las reuniones de expertos sobre desarrollo empresarial, emprendurismo, administración y gerencia de organizaciones. También en los círculos relacionados con el diseño de políticas públicas. Lo mismo ocurre en los ámbitos de la sociedad civil.

Todas las creaciones institucionales están sometidas al imperativo de innovar: la necesidad de cambiar constantemente porque el entorno que habitan no deja de hacerlo. Ello implica desafíos, problemas y amenazas, incluso crisis, pero también oportunidades de mejora.

Según el diccionario, “innovación es una acción de cambio que supone una novedad”.

Hay una conexión natural entre innovación y modernidad. Esta última, además de ser una etapa histórica de las sociedades en proceso de industrialización, implica que la producción, los servicios y el consumo se orientan al cambio permanente: la irrupción de lo nuevo en los distintos ámbitos de la vida social, la disposición a abandonar todo lo que se vuelva añejo porque esto --el simple paso del tiempo en las cosas-- es sinónimo de obsolescencia. Atrás y para siempre, se queda lo antiguo, lo tradicional; aquí y adelante, en cambio, habita lo moderno junto a sus realidades aledañas: el progreso, el futuro, lo que advendrá como algo necesariamente mejor frente al ayer.

Por eso, comprometerse con la innovación implica, casi por antonomasia, la negación de las estrategias y las acciones consabidas, la crítica para deshacerse del lastre del pasado, la denuncia del carácter opresivo de la tradición y sus ideas avejentadas, el examen del anacronismo siempre al acecho: las soluciones que ayer fueron se convierten en los problemas que ahora son.

Las condiciones de la innovación son la inventiva y la creatividad, o sea, el diseño de nuevos enfoques o la aplicación de hallazgos para resolver mejor, a menor precio, más rápido y con mayor eficacia, las necesidades que presentan los procesos, las operaciones, las tecnologías y los sistemas de trabajo.

Bajo las condiciones impuestas por la modernidad, la innovación tiene un motor: la competencia mercantil. La organización que no mejora su eficiencia y su eficacia, que no resuelve sus problemas ni aprovecha sus oportunidades, sucumbe frente a las que están alertas para derrotarla. Por eso, las organizaciones deben hacer acopio de todas sus capacidades y hacer converger sus recursos humanos, materiales y de conocimiento en torno al objetivo de innovar, reinventarse si fuera necesario, para competir mejor.

La operación de hacer coincidir las capacidades y los recursos en torno al objetivo superior de la organización de mantenerse a flote en un ambiente competitivo es la gobernanza, entendida de manera sencilla.

Si la gobernanza quiere ser el logro de metas de la organización que garantice su sobrevivencia en un ambiente de alta competencia, deberá ejercerse con talento. ¿Qué significa esto? Alinear los conocimientos, las estructuras, los procesos, las reglas y las motivaciones de los actores de la organización, para que resuelvan problemas e interpreten en su favor las posibilidades que el entorno les presenta.

La Universidad de Guadalajara no escapa a estos imperativos. No reconocerlos es caer presa de una ceguera ideológica. Lo mismo ocurre si innovar se entiende como un acto de imitación acrítica, sin límites ni especificidades para la educación y la investigación científica con fines públicos.

Si la máxima casa de estudios del estado quiere estar a la altura de su misión, debe volverse imprescindible. No debe ser necesaria o pertinente; eso ya lo es y desde hace mucho tiempo. Hoy debe ser imprescindible porque una nueva época reclama nuevas estrategias: convertirse en una palanca clave, junto a otras instituciones, para que Jalisco supere los desafíos que ponen obstáculos a su desarrollo.

Para la Universidad de Guadalajara innovar significa flexibilizar estructuras legales obsoletas, modificar políticas pensadas para otra época, rediseñar dispositivos y figuras organizativas que ya dieron de sí, cambiar mentalidades, alinear las capacidades de todos sus actores en torno a objetivos compartidos con la sociedad. Sobre todo, estar más cerca de ésta y satisfacer sus necesidades. Puede hacerlo y lo ha demostrado en el pasado.

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