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Atrevimientos

La glorieta de las y los desaparecidos

Héctor Raúl Solís Gadea

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Una glorieta destinada a conmemorar un acto juvenil de sacrificio por la patria representa la lucha de los jóvenes de Jalisco contra la violencia criminal que desde hace años golpea a México y que durante las últimas semanas se ha ensañado contra Guadalajara.

“Septiembre estaba en flor... ¡y ellos morían!”

Así reza el poema con el que Amado Nervo rindió homenaje a los cadetes que defendieron con sus vidas el Castillo de Chapultepec en la guerra de 1847. Exalta lo absurdo que resulta la inmolación de un ser humano cuando la vida comienza a brindársele con toda su frescura y cuando apenas se vislumbran, como en un alba, los sueños que iluminan su camino.

Provoca esperanza que el sábado pasado una multitud colocó, con letras muy grandes, la leyenda “Glorieta de las y los desaparecidos” al pie del Monumento a la Patria, junto a los relieves escultóricos que representan a los seis cadetes.

Juan Escutia y los demás eran jóvenes, casi niños, como jóvenes son la mayoría de los desaparecidos y fallecidos durante todos estos años en que se desató la violencia ligada al narcotráfico y a la proliferación de bandas criminales. Son miles, por supuesto, los que faltan, y no sólo los cuatro universitarios que hoy solidariamente se reclaman.

Nombrar la glorieta de esta manera tiene un profundo significado. Implica que la juventud y todas las personas que se sumen han decidido darse un sitio público para reunirse y elevar su voz. Aunque sea por momentos, allí podrán sentirse arropados: gracias a un apoyo mutuo tendrán la seguridad que da el pertenecer a un nosotros. Si perseveran, crearán un espacio común, un lugar que primero será geográfico, pero que pronto será de carácter moral y político: allí producirán mutuamente los sentimientos de solidaridad y certeza que las instituciones no han sido capaces de procurarles.

Lo más importante será dar vida a un proceso de maduración cívica. Lo público nace cuando dos o más, haciendo a un lado su impotente aislamiento individual, se reúnen para hablar y deciden actuar de manera concertada en un esfuerzo por tomar su destino común en sus manos. Por eso, las dictaduras prohíben las reuniones colectivas: separar a los ciudadanos y reducirlos a sus existencias privadas es la mejor manera de nulificarlos. De manera perversa, las bandas criminales contribuyen a esto mismo: las personas encerradas en sus casas dejan la calle y las plazas a merced de los violentos y arbitrarios... hasta que decidan unirse y convertirse en verdaderos ciudadanos.

Hay una correlación lógica e histórica entre la creación de la ciudadanía y la conquista de la libertad. Son dos aspectos indisociables. Sólo los ciudadanos pueden darse para sí su existencia cívica, sus derechos y sus libertades. Aunque lo quieran las autoridades --y estas no siempre quieren--, si los ciudadanos no defienden su libertad y sus derechos con actos contundentes, jamás serán verdaderamente libres y sus derechos jamás serán auténticamente respetados. En otras palabras, los ciudadanos serán libres e iguales cuando se decidan a serlo, no cuando lo diga un gobierno, un líder, un juez o un organismo electoral.

Una manera de comenzar es reuniéndose para comentar los asuntos que les conciernen a todos, conversar sobre los problemas que son de naturaleza común y pública, manifestar su indignación con una situación inadmisible... Asumir, al fin, que la única manera de no estar solos ni abandonados por las autoridades es asociándose para hacer nacer un poder cívico propio, el que les corresponde, incluso antes del poder formal que tienen los gobiernos, por ser los verdaderos soberanos: ciudadanos libres y con derechos imprescriptibles.

Estas palabras: Glorieta de las y los desaparecidos, representan un acto de voluntad colectiva incuestionable, absolutamente respetable; la determinación de mantener vivas en la memoria a las víctimas, el deseo compartido de volver icónica, como algo espacial y materialmente visible, la solidaridad con quienes absurda e irracionalmente han perdido su libertad y no están con sus familiares.

Los jóvenes ciudadanos y las madres de desaparecidos reunidos el sábado pasado saben muy bien --así lo están demostrando-- que las palabras, proferidas o escritas en público, son una poderosa arma cívica. El orden social se funda en la disposición de los ciudadanos a obedecer a las autoridades, pero cuando estás no cumplen lo que disponen las leyes, aquellos pueden inconformarse y retirarles su apoyo. Lo que de ello se sigue es un territorio de nadie en el que, lo más seguro, va a imperar la ley del más fuerte. Por eso todos, autoridades y ciudadanos, necesitamos reconocer que el camino es hacer valer la ley.

La juventud jalisciense puede ayudarnos a los demás a superar nuestra mediocridad. Ojalá y la sociedad en pleno los respalde. Puede ser el primer paso para revertir la crisis de autoridad, justicia y seguridad que padecemos.

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