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Domingo , 09.12.2018 / 22:34 Hoy

Atrevimientos

La crisis de las ciencias sociales (primera parte)

Héctor Raúl Solís Gadea

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Los años sesenta siempre me han fascinado. Es así por razones personales: fueron mi mundo intacto, una suerte de Arcadia infantil, familiar y social de la que salí para no volver. Pero también me seducen por razones históricas: a partir de esa década México y el mundo se cimbraron, aparecieron problemas y tensiones que marcaron una larga época.

No tengo, por supuesto, una conciencia clara de todos ellos, aunque podría mencionar algunos de importancia indiscutible: la rebelión juvenil, la radicalización política en muchas partes del mundo a partir del prestigio que alcanzó la revolución cubana, la revolución sexual, la irrupción incontenible del feminismo, los conflictos provocados por la descolonización de muchos países, el descrédito de la Unión Soviética, la crítica al imperialismo norteamericano, el declive del sistema político mexicano y la pérdida de su legitimidad...

Esta constelación de hechos cruciales y muchas vicisitudes más ocurridas a partir de los sesenta, provocaron transformaciones cuyos efectos perduran, mostraron dificultades que permanecen y oportunidades aún a la espera.

Las ciencias sociales y las humanidades de los sesenta reflejaron estas encrucijadas: vivieron una crisis de sus fundamentos, enfoques y métodos que todavía no superan. Esto a pesar de la especialización que han tenido muchas disciplinas, el refinamiento en las técnicas de análisis de datos y el mayor acceso a información que ahora tienen los investigadores.

Menciono todo esto porque toca temas de un libro aparecido en 1976, escrito por el filósofo americano Richard J. Bernstein. Se llama La reestructuración de la teoría social y política; fue publicado por el Fondo de Cultura Económica.

La introducción es una suerte de testimonio personal del mare magnum filosófico de aquellos años, con énfasis en lo ocurrido a los paradigmas de investigación de las ciencias sociales. En opinión, el profesor Bernstein parte de un supuesto: la investigación sobre los asuntos sociales y humanos es importante, o debería serlo, porque ayuda a clarificar problemas esenciales, tales como qué es el ser humano y cuál es su naturaleza (si es que tiene una naturaleza definida), qué relación existe entre la teoría y la acción, cuáles son las posibilidades y los límites de la práctica política, y cómo deberíamos diseñar las instituciones sociales y las políticas públicas.

En los años cincuenta imperaba la creencia de que la razón y la investigación científicas, cultivadas de acuerdo con el modelo de las ciencias naturales, traerían grandes beneficios sociales. La supuesta capacidad de la técnica para resolver los problemas públicos apuntalaba la fe de las sociedades liberales en que accederían a una era de progreso creciente. Se llegó a pensar que las ideologías ya no tendrían cabida y que la filosofía iba a dejar de ocuparse de los asuntos sociales porque estos serían abordados exitosamente por las ciencias sociales y las ciencias administrativas.

Los años sesenta destruyeron esa fe en la ciencia y la técnica. Los jóvenes no sólo se rebelaron contra la democracia liberal y la guerra de Vietnam, y no únicamente apoyaron el reconocimiento de las libertades civiles de las minorías; también cuestionaron las visiones políticas implicadas en los paradigmas de investigación social dominantes. Se asumió que las ciencias sociales ayudaban a encubrir los sistemas políticos y sociales opresivos, como el capitalismo estadounidense.

Los modelos de investigación y teorización inspirados en las ciencias naturales fueron los más atacados, sobre todo el positivismo, es decir, la pretensión de hacer investigación social buscando explicaciones causales derivadas de leyes generales del comportamiento humano y formalizadas de manera lógica y matemática.

Y al marxismo concebido como doctrina oficial del mundo comunista también le llegó su hora de crítica y desprestigio.

Así, resurgió el interés en la filosofía y otros enfoques de análisis social relacionados con ella. El correlato del cisma teórico de la sociología funcionalista inspirada en Talcott Parsons fue la aplicación al análisis social de los planteamientos del segundo Wittgenstein, la fenomenología de Husserl, la hermenéutica de Gadamer, y la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt.

De aquellos años surgió una conclusión clara, pero de difícil realización: revisar todo otra vez y volverlo a acomodar: reestructurar los fundamentos filosóficos que subyacen a nuestra manera de concebir a la sociedad y el ser humano, y a nuestra manera de explicar la sociedad.

En la perspectiva de Bernstein, que yo comparto, la teoría social y política debe ser empírica, interpretativa y crítica a la vez. Es decir, debe ser rigurosa y analíticamente potente, debe entender los significados profundos de los fenómenos sociales y debe ayudar a fundamentar posicionamientos políticos pertinentes.

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