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Martes , 21.08.2018 / 14:01 Hoy

Atrevimientos

La brecha que se ensancha y nos separa (Segunda parte)

Héctor Raúl Solís Gadea

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Hace unos días, le escuché decir a una funcionaria de la Universidad de Salamanca que los estudiantes de ahora son distintos a los de antes. Nosotros, señalaba, estudiamos una sola disciplina profesional y en un solo país; con eso nos conseguíamos un empleo que duraba toda la vida. En cambio, los jóvenes de esta época viajan, aprenden varios idiomas, realizan estancias en universidades extranjeras y procuran adquirir una formación con herramientas de diferentes disciplinas. Lo hacen por gusto cultural y por necesidad material. Entienden que el mundo se ha hecho más incierto, pero también que ofrece oportunidades a quienes saben adaptarse a él.

El comentario me hizo comprender mejor los desafíos que enfrentan las universidades que quieren ayudar a sus alumnos. El estudiante contemporáneo vive en un entorno que lo predispone a tener una visión a un tiempo universal y local, sintética y diversa. La interconexión de las economías, el dinamismo del conocimiento y las innovaciones tecnológicas se lo exigen. Además, los problemas ambientales y los agudos contrastes sociales de hoy le reclaman una conciencia ética más solidaria.

Pero responder a las necesidades educativas de la juventud implica otros problemas. Los expertos advierten sobre la proliferación de información en Internet y la aparición de oportunidades laborales que no requieren, necesariamente, una certificación universitaria. El sinnúmero de cursos que ofrece la red hace prescindible acudir a las aulas. En otras palabras, las universidades están perdiendo capacidad de controlar la producción y la transmisión del conocimiento, pues éste se genera y aplica, cada vez más, en corporaciones empresariales y centros de pensamiento.

¿Cómo evitar que las universidades se rezaguen frente a los estudiantes y las empresas que gestionan eficazmente el conocimiento y aprovechan las posibilidades de las redes informativas? Situándose en el lado superior de la brecha que divide a las organizaciones ganadoras y perdedoras. Las primeras salen de su zona de confort y adaptan o crean estructuras para desarrollar ideas innovadoras. Las segundas se aferran a las certezas propias del mundo de ayer, ésas que ahora se han convertido en atavismos que estorban. Sin embargo, las cosas no tienen forzosamente que ser así. No se tiene que elegir entre principios de identidad del pasado, por una parte, y cambio adaptativo pare el futuro, por la otra; se puede —y se debe—cambiar para cumplir mejor la misión que la sociedad le encomienda a las universidades.

Las universidades están entre las organizaciones que concentran más talento, inteligencia y sensibilidad social. En consecuencia, pueden proveer a los estudiantes con experiencias formativas únicas y ayudar eficientemente a las empresas a satisfacer sus necesidades de conocimiento aplicable. La información no es conocimiento; el Internet no basta para obtener una capacitación profesional eficaz. En cambio, las universidades son sitios privilegiados para que los estudiantes accedan a los más altos círculos científicos, intelectuales y políticos. Las herramientas analíticas y reflexivas que circulan en el entorno universitario pueden dar a los estudiantes y a los empresarios sólidos fundamentos de competitividad técnica y capacidad ética para crear valor y producir bienes públicos.

Hay un grupo de universidades en el mundo que hace algunas décadas identificaron los cambios que venían y decidieron situarse a la vanguardia. Se ubican en un país no tan distinto a México y que en los años setenta no se destacaba por tener un nivel de desarrollo alejado del nuestro: España. A este círculo de éxito pertenecen la Autónoma de Madrid, la Politécnica de Madrid, la Carlos III de Madrid, la Complutense de Madrid, el Instituto de Empresa de Madrid, la de Barcelona, Pompeu Fabra y la Ramón Llull de Barcelona, la Politécnica de Cataluña, la de Salamanca, la de Valencia y la Politécnica de Valencia. La mayoría, por cierto, son públicas.

Todas se asumen de excelencia académica, internacionales, y con conciencia global y local; se proponen crear y transferir conocimiento y tecnología a las empresas; se conectan a los espacios educativos transnacionales y atienden las necesidades de las sociedades en que se insertan. En términos concretos, esto significa que ofrecen titulaciones dobles, es decir, los estudiantes pueden salir preparados en profesiones distintas; abren cursos y posgrados en inglés, lo que les permite atraer estudiantes extranjeros; tienen parques tecnológicos y, además, conciben a sus estudiantes como emprendedores, es decir, como sujetos dispuestos a innovar para alcanzar oportunidades profesionales o empresariales.

Si estas universidades lograron estar en el lado ganador de la brecha, no veo razón por la cual algunas universidades mexicanas no lo puedan hacer.

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