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Atrevimientos

Francia-Croacia: las enseñanzas del futbol

Héctor Raúl Solís Gadea

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La vida se entiende mejor a través de metáforas. Por eso, es útil ver futbol de vez en cuando y tomar en cuenta sus lecciones. Es un juego, pero enseña muchas cosas. Ayer, por ejemplo, la Selección de Francia demostró cómo se gana una copa del mundo: con disciplina táctica, juego vertical, capacidad técnica, potencia física y contundencia para anotar los goles en el momento necesario.

A ello habría que agregar el talento para tomar decisiones de su técnico Didier Deschamps, experimentado, por cierto, en eso de ganar un campeonato mundial, pues como jugador obtuvo la copa en 1998. Y también algo fundamental que acaso sostiene muchas cosas: la riqueza multicultural y multiétnica de la plantilla de jugadores franceses, un tema no menor en la época actual tan poblada de sentimientos racistas y xenófobos en muchas latitudes.

Los comentaristas de la televisión lo dejaron claro: no se llega a la final de una copa del mundo de manera casual. Por supuesto: Francia, en los últimos veinte años, llegó a la final en tres ocasiones y se coronó dos. En 2016, acaso injustamente, perdió la final de la Eurocopa contra Portugal. Todo eso habla de la consistencia en las políticas que aplican los directivos franceses del futbol, la consolidación de una manera de hacer las cosas para lograr objetivos concretos, a pesar de que la liga francesa no es de las mejores del mundo.

Algo llama la atención, incluso para quienes no somos expertos en este deporte. Aun cuando a veces el azar deja su marca, a la larga, por un misterio, en la cancha terminan imponiéndose los equipos más fuertes, es decir, los que propician que el rival caiga en una situación de vulnerabilidad para recibir gol, a base de inteligencia, calidad, personalidad y determinación. Luego de ver tal demostración, los aficionados mexicanos debemos entenderlo: ganar no es sólo cuestión de ganas, sino de poseer los recursos y las capacidades indispensables para saber hacer confluir los factores de los que depende la victoria.

Ayer, los guerreros croatas jugaron con una motivación extraordinaria. Demostraron que merecieron llegar a la final. Tuvieron el balón y por momentos arrinconaron a Francia. El gol del empate, por ejemplo, fue de una factura extraordinaria: una combinación de lucha y vigor físico, manifestada con varios cabezazos con los que controlaron la pelota lejos del alcance francés; luego, el un enorme virtuosismo técnico para disparar un rayo a gol, a cargo de Iván Perisic, aprovechando la fugaz oportunidad que da un instante de claridad para tirar desde la media distancia.

Tras la igualada parecía que Croacia podía hacer algo más. Si no hacerse con la victoria, por lo menos forzar a la maquinaria francesa a emplearse a fondo. La clase y la concentración que tienen los de Croacia se mostraron con brillantez. Sin embargo, poco duraron las ambiciones de los croatas. Diez minutos después del empate, una mano en el área obligó al árbitro Néstor Pitana a usar los monitores y decretó la pena máxima (de manera equivocada, para mí). ¿Por qué ocurrió el penal? Creo que la fuerza arrolladora del rival terminó por provocar que la pelota golpeara la mano de Iván Perisic.

Siguió después la debacle por la necesidad croata de volcarse al ataque. En esas circunstancias, propicias para el contragolpe, la velocidad de la delantera francesa fue un arma implacable, letal. Entre los minutos 59 y 65, Paul Pogba y Kylian Mbappé anotaron dos goles de esos que, en vez de provocar dolor en quien los recibe, despiertan admiración, por su potencia y precisión. Con esa calidad, ni coraje da. Confieso que me simpatizaban los croatas por solidaridad con el débil, pero el entusiasmo y la sabiduría francesas terminaron por convencerme.

¿Qué hay detrás de esta victoria? ¿Qué podemos aprender tras todo ello? Primero, que no hay casualidades ni coincidencias. La copa, jugada en Europa, se quedó en Europa y con uno de los grandes. Los medianos deben bregar todavía para subir de categoría. Entre ellos está Bélgica, Suecia, incluso Colombia... selecciones que deben esperar para situarse entre los verdaderos aspirantes a un título mundial. De México no hablemos.

Su tradición y su escuela sostienen a Francia, inspiran a los noveles jugadores y les dan certeza, seguridad en lo que son y representan. Pensemos, sin ir muy lejos, en los jugadores que han forjado su prestigio: Michel Platini, Alain Giresse, Dominique Rocheteau, Jean Tigana, Fabien Barthez, Zinedine Zidane, Antoine Griezmann...

Me atrevo a conjeturar, sin querer caer en un lugar común, que la fórmula del éxito incluye un ingrediente fundamental: jugar para el equipo. Más altruismo que egoísmo. Más generosidad que tacañería. Poner por delante la suerte de todos y asumir que lo conveniente a el grupo es lo mejor para mí y no al revés. No es que lo demás no importe. Todo es esencial, pero sin la solidaridad con el equipo, nada funciona.



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