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Atrevimientos

Enrique Krauze, Saúl y la libertad

Héctor Raúl Solís Gadea

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La travesía comenzó, por lo menos, desde 1930: un joven polaco llamado Saúl, procedente de una familia de sastres, zarpó del puerto de Danzig con dirección a México. Su intención era sobrevivir a la persecución antisemita y a la confrontación ideológica que asolaba su país y buena parte de Europa. Extrañamente, cuando llegó a nuestro suelo se sintió como en casa. Al decir de su nieto “nunca dejó de sorprenderse por el clima de hospitalidad que encontró”. Era un país católico, como Polonia, pero dotado con una religiosidad popular más piadosa y más dulce.

“En México, señala el nieto de Saúl, se respiraba una atmósfera de tolerancia étnica y religiosa. Curiosamente, los “ismos” mexicanos más comunes no eran ideológicos, sino políticos y hasta folclóricos, lealtades a la persona de un caudillo legendario (maderismo, zapatismo, villismo), un ex presidente poderoso (callismo) o un presidente popular (cardenismo). Por su formación socialista, Saúl simpatizó por el cardenismo”.

Al cabo de los años, Saúl se desencantó de cualquier forma de totalitarismo o autoritarismo. Las razones de la desilusión no eran filosóficas ni abstractas. Muchos de sus familiares y amigos terminaron sus días en los campos de concentración nazis; Saúl perdió a su padre, a sus dos hermanas y a su hermano menor. Por si hicieran falta más motivos para desconfiar de los radicalismos, muchos de los escritores e intelectuales admirados por Saúl, que en su momento habían luchado contra el nazismo, fueron ejecutados por el régimen de Stalin.

Habla otra vez el nieto de Saúl: “En ese instante su fe se derrumbó. Y, desde entonces, la verdad se abrió pasó; Stalin culminaba la labor de Hitler: el asesinato físico y cultural de los judíos. Los campos de concentración y muerte, y el aparato del terror estatal, no fueron sólo la especialidad de los nazis, sino también de los soviéticos”. “Me di cuenta, dijo el abuelo, de que todo era una caricatura de nuestros ideales, un cascarón vacío, una prisión gigantesca”.

Saúl fue feliz en México y generosamente dedicó muchas horas a conversar con Enrique, el nieto que, agradecido, nos ha contado pasajes de su vida. En cierto sentido, Saúl le dio a Enrique una perspectiva sobre el mundo y el impulso para llevar una vida orientada por valores fundamentales. La prueba de lo que digo está en estos párrafos de Enrique en los que deja clara la impronta del abuelo Saúl:

Pienso en la orfandad ideológica de sus últimos años y me pregunto por qué no volvió los ojos hacia la religión. Pero recuerdo que tenía su propia religión: “Yo soy spinozista”, decía, “Dios está en todas partes”. Si la libertad es, como decía Spinoza, la comprensión clara y distinta de nuestras pasiones y determinaciones, Saúl fue un hombre libre. Porque conocía la opresión, la discriminación, la persecución y el exterminio, apreciaba la libertad. Porque era un transterrado de la Historia, estoy seguro de que despertaba cada mañana bendiciendo el aire que respiraba.

Me dolió el súbito final de nuestra conversación. Fue, él solo, mi primera universidad. Su lección de libertad estaba inscrita en su propia vida, y yo --aunque en la juventud no lo entendía-- vivía gracias a esa voluntad de alcanzar la libertad. Con Saúl entendí el quehacer intelectual como una conversación a lo largo de la vida en torno a las ideas, los ideales y las ideologías.

Enrique tuvo otros dos abuelos, estos de carácter intelectual, que le ayudaron a continuar la travesía y a llevarla por horizontes más amplios: Daniel Cosío Villegas y Octavio Paz. Los dos tuvieron un admirable temple liberal. Del primero, Enrique aprendió el rigor del análisis histórico y político; y del segundo, abrevó la disposición a ejercer la imaginación y la capacidad de juicio moral. Pero de ambos, estoy seguro, Enrique adquirió la voluntad de mostrar los ropajes con los que suele ocultarse la arbitrariedad, la fuerza moral para no dejar de examinar los hechos incómodos de la historia. Si al final de su vida Paz fue consecuente o no con sus propias premisas morales, ésa es otra historia; lo importante es lo que dejó planteado en sus ensayos de política moral. En cualquier caso, esa herencia es la que Enrique Krauze ha recibido.

No hay inquietud intelectual auténtica que no comience por una preocupación moral, por la intención de comprender y explicar aspectos de la realidad que afectan nuestras creencias más elevadas o amenazan nuestros valores. La obra de Enrique Krauze quiere comprender las condiciones que han impedido que México sea una república verdaderamente libre, en la que impere la ley, y en la que los ciudadanos pongan límites a la arbitrariedad del poder. Acaso el problema más difícil de descifrar, en la historia de México, es por qué casi nunca hemos podido combinar estabilidad con libertad verdadera, promoción de la justicia con equilibrio de poderes y respeto a las diferencias.

Por todo eso, y mucho más, vale la pena leer a Krauze sin prejuicios.

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