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Miércoles , 16.01.2019 / 06:27 Hoy

Atrevimientos

El mito de la revolución mexicana

Héctor Raúl Solís Gadea

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Decir que la revolución mexicana es un mito puede interpretarse como un ataque y una denostación de la gesta popular de 1910. Esta forma de entender lo mítico no tiene que ser así. Resulta de una incomprensión del sentido originario de los mitos y el papel que han jugado a través de la historia. En los tiempos modernos a los mitos se les equipara con relatos compuestos de mentiras y falsedades, o se los emparenta con leyendas y fábulas (a las que también se las desprecia). El ensayista Francisco Segovia ha escrito un trabajo notable, titulado Invitación al mito, en el que nos explica el sentido original, culturalmente fundamental, de los mitos.

Por la influencia del racionalismo, y aun antes de la irrupción de la modernidad científica, se nos ha hecho creer que un mito es algo que carece de significado. Nada más ajeno a la realidad. Segovia se apoya en un texto de Denis de Rougemont, escrito en 1936, llamado El amor y Occidente, quien decía:

“un mito es una historia, una fábula simbólica, simple y patente, que resume un número infinito de situaciones más o menos análogas. El mito permite captar de un vistazo cierto tipo de relaciones constantes y destacarlas del revoltijo de las apariencias cotidianas. En un sentido más estricto, los mitos traducen las reglas de conducta de un grupo social o religioso. Así, la figura de Zeus no explica al rayo sino que lo expresa en el mundo de los hombres, que lo ven como un misterio, no como una incógnita para la razón”.

Más adelante, el propio Segovia aclara: “Como expresión de las ‘reglas de conducta’ de una comunidad, (los mitos) constituyen un modelo privilegiado que debe ser respetado y aun imitado so pena de cargar con el repudio general o el castigo del poder que los sustenta. Son pues, a su manera, leyes consuetudinarias, organizadas según el poder de la religión y ‘costumbre’ -como dice Malinowski- más que según un cuerpo jurídico con todas las barbas. Así, para las sociedades regidas por el mito no hay una diferencia clara entre el universo pagano y el sagrado (...) En este sentido, la trabazón del orden natural y el espiritual otorga al mito una especie de preeminencia, cuando no un franco monopolio, sobre la forma en que los hombres se relacionan entre sí y con su mundo. Un mito es, por decirlo así, un relato que configura y expresa una experiencia particular del universo y le confiere sentido y valor”.

Entender de esta manera los mitos -como relatos que estructuran el mundo no como es en sí sino como es para los seres humanos- conlleva reconocer que las sociedades se organizan a partir de creencias: intentos de respuestas a preguntas para las que la ciencia racional tiene muy poco que ofrecer, incógnitas que lejos de ser resueltas sólo pueden ser expresadas a partir de lo que significan profundamente. Los mitos son esas respuestas, siempre tentativas, siempre abiertas y, por lo tanto, siempre llenas de misterio. Es decir, los mitos nos esclarecen algo pero al mismo tiempo nos lo ocultan, y en ello reside su valor.

Permítaseme aquí volver a Segovia:

“...pero los mitos, como los poemas, se resisten a entregar su misterio a un conocimiento cualquiera que no se fíe justamente de ese misterio y pretenda, en cambio, explicarlo bajo la cruda luz del racionalismo. Por eso decía Ernst Cassirer que buscar el significado último de un mito a través del análisis es como ir pelando capa a capa una cebolla para encontrarla. Es verdad. Los mitos nunca han querido ser una ex-plicación del mundo sino una im-plicación del mundo”.

¿Qué tiene que ver todo esto con la revolución mexicana? Creo que nuestra revolución es un mito a la manera en que Segovia entiende esta palabra. Sus ideales, los sentimientos de injusticia que la motivaron, su sentido de levantamiento y sacrificio popular, el heroísmo de sus dirigentes, y aun su interrupción y el verse traicionada, forman parte de nuestro ser colectivo y siguen configurando el sentido de nuestro origen y destino como pueblo.

El relato de la revolución es el de un pueblo capaz decir basta, subvertir un régimen y fundar uno nuevo, o por lo menos distinto. Ella, la revolución, es acaso el misterio mayor de lo que somos: un pueblo que a pesar de que no termina de encontrarse y darse el rumbo que quiere y necesita, tiene una reserva insondable de energía política que puede volver a utilizar en cualquier momento.

Más allá de las inconsistencias y contradicciones de los diferentes grupos revolucionarios, o de si estos no estuvieron a la altura de sus exigencias, la revolución mexicana es una reedición del problema de México y los intentos por resolverlo; es un eslabón en una larga historia de contestación y lucha esgrimida de muchas maneras, según la coyuntura, que sigue dando estructura y sentido al mundo social, político y cultural de los mexicanos. Es decir, la revolución no tiene un tiempo limitado; no se ha ido, no se irá. Suena irracional lo que digo, lo sé. Pero así son los mitos. Por eso son importantes.

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