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Martes , 23.10.2018 / 18:26 Hoy

Atrevimientos

El líder y su masa no son la democracia

Héctor Raúl Solís Gadea

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Es innegable que la elección del primero de julio ha mostrado la vitalidad de nuestra democracia. Que los votantes echen de Los Pinos al partido en el poder para sustituirlo por una nueva fuerza hegemónica, la cual también obtuvo la mayoría de escaños en el Congreso de la Unión, significa que los muchos deciden y los pocos acatan. Se dirá que esto es motivo de satisfacción: hemos afirmado nuestra disposición para conducirnos de manera democrática, el grueso de electores confía en nuestras instituciones y participa en la vida cívica.

Lo anterior es cierto, pero la historia no termina allí. La realidad es mucho más complicada. La construcción de un régimen democrático no se reduce a una elección, aún y cuando haya consistido en una aclamación plebiscitaria del ganador y su partido. Debemos tener cuidado. Sobre cimientos democráticos que abren la puerta a líderes con talante controlador se han forjado muchos regímenes autoritarios.

Siempre será más fácil destruir que construir. Las masas movilizadas tienen más disposición para negar el statu quo que capacidades para remplazarlo con uno mejor; tienen más determinación para despojar del poder al partido que consideran indigno de poseerlo, que habilidades para consolidar un entramado de instituciones, costumbres y políticas que sustenten un orden político y social en el que la democracia signifique la existencia de un gobierno que rinda buenas cuentas.

En general, los ciudadanos quieren la democracia por lo que les permite hacer y los sueños que les promete, pero no por los límites que establece para el correcto ejercicio del poder. Tampoco les gusta de la democracia el nivel de exigencia que les impone en términos de obligaciones, involucramiento en los asuntos públicos y comprensión racional de los problemas.

Lo más difícil para el ganador de los comicios es convertir en realidad lo prometido sin atentar contra las reglas de la democracia, es decir, sin convertir a los ciudadanos en súbditos. Muchos líderes electos democráticamente sucumben a la tentación de abusar del poder; en el mejor de los casos creen que si concentran autoridad en sus manos podrán cumplir mejor las aspiraciones de sus electores. Así justifican su tendencia a acumular poder y recursos de autoridad.

La tentación es mayor cuando el gobernante asume que el fin supremo es darle felicidad al pueblo: los ciudadanos son niños, almas indefensas, que necesitan ser tutelados. Ése es el propósito del poder y, por lo tanto, la justificación de la concentración de autoridad, el origen de las organizaciones colectivas, el sentido de hacer lo que manda la patria sin que nadie se interponga entre la voluntad popular y las decisiones tomadas por el genuino intérprete de su suprema voluntad.

¿Qué significa el primero de julio? ¿Un paso adelante en la maduración de nuestra democracia y en la creación de un mejor régimen de gobierno, más responsable frente a los ciudadanos pero sin intentar convertirlos en clientes? ¿O la caída en un escenario en el que una nueva fuerza hegemónica abusará del poder otorgado por los ciudadanos para concentrar poder, recursos de autoridad y capacidad de control sobre ellos y las demás fuerzas políticas?

No hay respuestas concluyentes todavía: aún es temprano. Sin embargo, hay que reconocer que en el horizonte se atisban algunos nubarrones. Es cierto que la lucha contra la corrupción es una asignatura inaplazable y que las cuentas rendidas por la administración saliente son para lamentarse. El nivel de legitimidad del gobierno priista es muy exiguo y el desprestigio de la clase política y los partidos tradicionales alcanza niveles peligrosos. Por eso perdieron el poder y están al borde del colapso.

Pero de allí no se sigue que sea conveniente crear un nuevo sistema político protagonizado por una figura todopoderosa, concentradora del poder y con gobernadores paralelos (los famosos coordinadores estatales para los programas de desarrollo) que conviertan a los gobernadores electos democráticamente en sus subordinados. En política ningún ser humano es tan virtuoso como para hacer innecesarios los contrapesos, las reglas y los límites legales e institucionales. Ni el político mejor intencionado está a salvo de cometer equivocaciones.

No pretendo aguar la fiesta democrática, sino alertar para que el ánimo de transformación no termine restaurando los mecanismos del poder clientelar y corporativo que tanto hemos padecido a través de la historia de México.

La construcción de un régimen democrático es una tarea ardua. Por definición, todos debemos caber allí, y no sólo la mayoría, siempre contingente, por más amplia que sea. Tampoco un sólo líder debe ser su tutor. Pensar que la democracia se puede construir con la acción de un hombre dotado de todo el poder es la más absoluta contradicción. Por eso, para que haya democracia muchos más deben estar entre el líder y la masa.


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