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Lunes , 15.10.2018 / 12:41 Hoy

Atrevimientos

El fin del sistema político está a la vista

Héctor Raúl Solís Gadea

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A fines del año pasado un protagonista de la vida pública nacional comentó que esperaba un proceso electoral con una incertidumbre nunca vista. Las razones: la crispación en la clase política, sobre todo entre el presidente Peña Nieto y Ricardo Anaya; la feroz competencia adentro y afuera de los partidos; Morena y la persistencia de López Obrador; el oportunismo que se impone en todos los políticos sobre cualquier principio doctrinario...

Por si fuera poco, agregó la influencia sobre las campañas de todo tipo de poderes fácticos, la irrefrenable violencia en amplias zonas del país.

Hoy, sin haberse iniciado oficialmente las campañas, aquel vaticinio se está cumpliendo. El trato de la PGR a Ricardo Anaya y el contraataque que de éste contra el PRI, acusándolo de corrupción, confirma la radicalidad de la contienda. Salvo en la coyuntura del desafuero contra López Obrador en 2006, nunca se había presentado la posibilidad de dejar fuera a un candidato por la vía de la acción penal.

Un hecho de fondo se suma a esta coyuntura de complicaciones: el alejamiento emocional de los ciudadanos con respecto a los partidos tradicionales. A estas alturas se puede atisbar el destino que le espera al PRI si no da un impulso a José Antonio Meade que lo relance y si no intenta una renovación moral interna: ser relegado al tercer lugar, salir derrotado en la mayoría de las gubernaturas en juego y convertirse en una fuerza minoritaria en las cámaras.

Por su parte, la unión del PAN y el PRD en torno al candidato Anaya se puede interpretar como un signo de desahucio de ambos institutos políticos, a menos que den un contenido programático serio a su coalición y demuestren que comparten un compromiso con el destino superior de la nación (en vez de un interés electoral de corto plazo).

El desgaste de los partidos está originando desbandadas y una erosión de su base de sustentación como no se había visto. Es evidente que quien más se beneficia de esta situación es Morena y su candidato presidencial. Cada día que pasa, AMLO avanza sin un competidor capaz de disputarle la victoria, por lo menos por ahora.

El 19 de febrero pasado, Jesús Silva-Herzog Márquez escribió en su columna: “Nuestro sistema de partidos nació en 1988. Está muriendo. Ya no existe ese arreglo que estructuraba la competencia a través de tres opciones ideológicamente distinguibles... [y] que delineaban ofertas relativamente coherentes”.

“Las coaliciones que tenemos en la mesa no son alternativas coherentes que puedan, el día de mañana, estructurar el diálogo en el Congreso y entre los poderes. Habrá quien celebre, por supuesto, la muerte del sistema partidista. Bien merecida extinción, dirán. Pocas cosas tan desprestigiadas como ese arreglo. Entiendo la antipatía pero no puedo unirme al festejo porque lo que lo ha sustituido no es anticipo de un acomodo estable y productivo que ofrezca norte y eficacia al pluralismo, que permita la aplicación de castigos y que facilite la representación de nuestra diversidad. Si algo puede proteger los contrapesos es precisamente un régimen institucionalizado de partidos. Su disolución no es buen vaticinio.”

Estos párrafos anuncian el fin de una era institucional en México. Silva-Herzog no está diciendo que los partidos que hegemonizaron el periodo entre 1988 y 2018 van a desaparecer, y mucho menos que los partidos, como tales, dejarán de ser los principales canales institucionales de la participación política. A final de cuentas, Morena y MC, por ejemplo, también son partidos políticos.

Lo que sí afirma Silva-Herzog es que los tres partidos de la era 1988-2018 (PAN, PRI y PRD) ya no ofrecen coordenadas ideológicas claras para fijar las agendas de gobierno que cada uno se propone realizar. En otras palabras, la cúpula de cada partido persigue sus propios fines (de poder), y estos cada vez se corresponden menos con los valores de sus militantes o simpatizantes.

Añadamos a lo anterior la mezcla ideológicamente informe que da carácter a Morena: López Obrador tendiendo puentes con partidos de inspiración confesional, líderes sindicales de la vieja era corporativa, empresarios codiciosos y políticos de distinto signo identificados en el interés por el poder... Todo esto al tiempo que aglutina las aspiraciones populares de justicia social que desde hace décadas siguen esperando.

Las preguntas caen por su propio peso. ¿Cómo gobernará el próximo presidente de la República si va a enfrentar un congreso plural, no solo porque muchos partidos van a estar allí representados con fuerzas equiparables, sino porque en su propia base “partidista” tendrá a tirios y troyanos juntos? ¿A dónde van a ir las lealtades que quedarán sueltas luego de la erosión de la identidad de los partidos? ¿Cómo será reconstruida la obediencia a la autoridad? Lo que se vislumbra es el fin del sistema político como lo conocemos. Más conflictos y menos entendimiento.

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