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Martes , 25.09.2018 / 15:14 Hoy

El desencanto con la democracia no es algo malo

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Vivimos una democracia desencantada, lo que implica decepción, insatisfacción y desafecto hacia la política y los políticos. Eso, sin embargo, puede convertirse en una oportunidad: la circunstancia que tarde o temprano nos obligará a desarrollar una actitud responsable como ciudadanos frente a la tarea de hacernos cargo de nuestros formidables problemas públicos.

Nuestra única opción es perder la inocencia y dejar atrás las ilusiones, desechar la creencia de que alguien, una persona o un grupo de elegidos, posee recetas maravillosas para intervenir en el mundo y armonizarlo casi de la noche a la mañana:

Demagogos o genuinos intérpretes de la verdadera voluntad del pueblo, hombres extraordinarios, impecables y virtuosos que nos van a salvar, es decir, evitar la molestia de confrontarnos con nuestros propios conflictos y diferencias, temores y desconfianzas, insuficiencias, incapacidades y contradicciones.

Burócratas avezados, técnicos especializados en la ley, expertos en el comportamiento de la economía, los mercados y las preferencias de inversionistas y consumidores, ilustrados diseñadores de políticas y cursos de acción gubernamental que desenredarán los nudos que impiden nuestro avance social, económico y político.

Sectores incólumes, jóvenes, mujeres, ciudadanos independientes, movimientos sociales, indígenas, sindicatos, organismos empresariales, líderes religiosos, líderes de organizaciones, la lista es interminable, o sea, grupos incontaminados por la sucia esencia de la política, que por eso mismo pueden convertirla en su contrario, un plano regido por el solo propósito de hacer el bien, promover la prosperidad, hacer imperar la justicia...

Resulta que no, que nada de esto es posible como realización absoluta, sin dificultades permanentes, sin avances y retrocesos constantes, sin oposiciones y sin conflictos, sin decepciones, sin consecuencias negativas indeseadas, sin caídas y sin la necesidad de volverse a levantar echando mano de la voluntad y la capacidad de volverse a entusiasmar.

De nada ni de nadie pueden proceder promesas verdaderas de realizaciones infalibles. Del fuste torcido de la humanidad, como tal vez lo diría Kant, no puede esperarse, nunca, una creación que encaje perfectamente en la idea de un cielo en la tierra, un jardín sin males, sin pecados, en el que no medie distancia entre nuestros deseos y sus satisfacciones.

Pero lo anterior no quiere decir que todo está perdido, ni que nada pueda ser logrado, ni que tengamos que contentarnos con lo que hay. Tampoco quiere decir que las injusticias no se puedan combatir ni remediar, y que no podemos ponernos en marcha con una mejor dirección. Quiere decir que debemos madurar, comprender el mundo como es, antes de condenarlo y desecharlo, o querer cambiarlo, por un cielo terrestre que en ninguna parte existe.

Quiere decir que debemos desencantarnos, ciertamente, de la política, los políticos, los tecnócratas, las ideologías, los partidos, los movimientos y todos los que prometan la supresión de nuestros conflictos y nuestras dificultades auxiliados en su capacidad para dirigirse a nuestra inconsolable necesidad sentimental de creer que es posible, de manera fácil, huir del infierno que vivimos.

Max Weber describió el desarrollo de la modernidad como un proceso de paulatino desencantamiento del mundo. Fue una gran transformación cultural cuyos orígenes se pueden rastrear, por lo menos, desde la antigua Grecia y el surgimiento de la religión judeo-cristiana. El desencantamiento del mundo es una de las consecuencias de la intelectualización de la vida, el resultado de explicar la realidad tratando de observar causas y efectos de los fenómenos para determinar, de manera racional y objetiva, patrones de comportamiento susceptibles de agruparse como casos particulares de leyes generales.

La ciencia desplazó a los relatos míticos. Cuando esto sucedió, los fenómenos de la realidad dejaron de reflejar la voluntad de los dioses, o la manifestación de los designios de alguna entidad dotada de poder para ordenar el sentido general del universo, la vida y la historia. A este proceso, Weber lo llamó desmagificación, es decir, el triunfo de la racionalidad científica despobló al mundo de las criaturas etéreas que solían habitarlo y darle un significado. En su lugar, se quedaron las explicaciones impersonales, frías y objetivas, matemáticas o conceptuales de la realidad. Esto es lo quiere decir desencantamiento del mundo.

Este proceso incluye la sociedad y la política. Estamos solos también en estos ámbitos, sin recetas mágico-religiosas para intervenir con certeza en ellos. Pero tampoco nos sirve la sola aplicación de la ciencia racional. Estamos frente a un espacio en el que tenemos que echar mano de ciencia, razón, pensamiento, voluntad, valoración moral, entusiasmo, y capacidad de acción. No hay otro camino.

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