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Atrevimientos

Dialogar con el otro, en vez de negarlo

Héctor Raúl Solís Gadea

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A fines de 1984, en la Universidad de Maryland, el escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez dictó una conferencia titulada “El lenguaje de la inexistencia”. En ella describió la experiencia del exilio a la que fueron sometidos muchos compatriotas suyos, los que se fueron y los que se quedaron. Definió esa situación como una “brutal operación de inexistencia”.

El aluvión de la muerte, es decir, el asesinato indiscriminado del que fueron víctimas muchos argentinos en el contexto de la dictadura, los “confinó a la desaparición”, los “obligó a inexistir”. Unos, los que se quedaron, fueron obligados a vivir ocultos y subsistir en trabajos distintos. Eran, como dice Tomás, “los desaparecidos de adentro: gente que figuraba en las listas negras y vivía exiliada en sus casas, sumida en trabajos que eran también formas de simulación, periodistas metidos a carpinteros, obreros del azúcar que hacían changas de contabilidad”.

Otros, los que se fueron, se acostumbraron a ser negados, ignorados y olvidados, incluso sustituidos y borrados de la historia. Los episodios en que se manifestó la acción de hacer inexistir a alguien son curiosos y terribles. En el caso de Eloy Martínez, las situaciones incluyen el plagio de textos previamente publicados para ser nuevamente utilizados con otra firma de autoría, la imposibilidad de publicar artículos en periódicos argentinos, y la proscripción de su nombre y su imagen en el recuento de la historia de un programa de televisión –Telenoche– que él había diseñado y dirigido en el pasado.

Otras formas de negación contadas por Tomás, igualmente dolorosas, deben ser citadas porque a la belleza de su estilo no le puedo hacer justicia. Tampoco a su capacidad para transmitir emociones:

“De vez en cuando me llegaban noticias sobre las acentuaciones de mi inexistencia. Una acuarela que yo amaba se había enmohecido en un desván ajeno, víctima de la humedad porteña; mis ropas, ya inútiles, fueron regaladas a gente de paso que las necesitaba: ‘las ropas del muerto’; alguien a quien confié parte de mi biblioteca la quemó, temeroso, en el baño de su casa. Hasta un miembro cercano de mi familia, interrogado en Tucumán sobre un libro que publiqué en 1973, La pasión según Trelew, declaró ingenuamente que yo no era el autor, con la ilusión de que me protegía”.

Todos, los que se fueron y los que se quedaron, tuvieron que aprender a representar la existencia y soportar la inexistencia. Prestemos atención, otra vez, a las palabras de Tomás Eloy Martínez. “Advertidos de que la correspondencia era violada, empezamos a modificar nuestros nombres en los remitentes de las cartas. También a veces, el destinatario se veía obligado a representar: a ser sólo el pariente que recibiría la carta y que, a su vez, se encargaría de entregarla. Luego abundaron aquellos que ya no respondían, aquellos a quienes esperanzadamente les contábamos una historia personal y no acusaban recibo. Nos resignamos a eso. Procurábamos apagar cualquier síntoma de autocompasión cuando lo sentíamos aparecer en nosotros. Éramos débiles, pero no queríamos ser enfermos”.

Pero llegó 1984, y con ese año el ángel de la democracia, de nueva cuenta, se posó en Argentina. Después de nueve años, Tomás Eloy viajó a Buenos Aires. En medio de su vuelta se hizo unas preguntas que rebasan su contexto original. A mí me dicen mucho, sobre todo si recordamos que en 2018 se cumplen cincuenta años del movimiento del 68:

“¿Quiénes somos ahora? Quiero decir: ¿en qué nos ha convertido este largo medio siglo de autoritarismos? ¿Acaso estamos de veras oyéndonos los unos a los otros o más bien –respondiendo a un condicionamiento militar– estamos tratando de imponer una opinión sobre las otras, desoyendo todo lo que tratan de decirnos los otros? ¿Seguimos siendo intolerantes –jueces, lapidadores, demoledores de creación, censores, represores– para disimular nuestra inseguridad, para enmascarar nuestras pequeñeces? ¿Hay algún diálogo perdido que estemos dispuestos a restablecer? ¿Alguna vez, me pregunto, nos aceptaremos los unos a los otros?”.

Es obligado tener presentes estas preguntas ahora que México inaugura un nuevo ciclo que contiene la posibilidad de escribir una historia diferente. Nada ni nadie puede justificar la falta de diálogo entre nosotros, ni la fuerza de una amplia mayoría de votantes, ni la sensación de certidumbre provocada por un líder carismático que siente que puede prometerlo todo, tampoco las advertencias de quienes temen al más pequeño de los cambios o las indecisiones de los que prefieren el statu quo al sacrificio de un poco de egoísmo a cambio de un mejor país.

Dialogar. Respetar a quien piensa diferente. Encontrar las coincidencias. Aprender juntos –¿de qué otra manera?– a colaborar. Hacer que izquierda y derecha se escuchen en vez de negarse. Ésas, creo, serían las recomendaciones que Tomás Eloy Martínez nos daría si estuviera entre nosotros.

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