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Jueves , 13.12.2018 / 01:55 Hoy

Atrevimientos

Ciudadanos: protagonistas de la democracia

Héctor Raúl Solís Gadea

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La competencia electoral nos apabulla --está en todas partes--, pero no va más allá de los dimes y diretes superficiales de los candidatos. Sus mensajes se reducen a:

1) Hacer creer a los electores que los candidatos tienen soluciones mágicas para los problemas, o a:

2) Dejar a los votantes en el erróneo supuesto de que nuestras complicaciones de fondo, las que están en el origen de nuestras calamidades mayores, son intratables porque forman parte de una inercia fatal de las cosas ante la que nada se puede hacer.

Para cualquiera de estas posibilidades, los ciudadanos organizados y en acción resultan prescindibles. En el primer caso, porque los candidatos son todopoderosos. En el segundo, porque ante lo que no se puede modificar resulta peligroso que los ciudadanos presionen por un cambio profundo. A final de cuentas, se nos hace creer, es mejor lo que tenemos, intentar otro camino siempre será peor.

Esta dualidad está equivocada porque: 1) No es cierto que hay soluciones mágicas a los problemas y mucho menos que los candidatos lo pueden todo. Y, 2) tampoco es verdad que nuestros problemas son intratables y que son consecuencia de alguna fatalidad o circunstancia “natural”.

Superar esta dualidad implica considerar que nuestros problemas públicos son consecuencia de decisiones tomadas por gobiernos específicos y por políticos con nombre y apellido, decisiones que provocan que alguien gane y alguien pierda.

La desigualdad, por ejemplo, no es como un huracán que tiene que ocurrir de manera irremediable, sino un hecho histórico: el resultado de la aplicación de determinadas políticas por parte del gobierno, así como también la consecuencia de cierta manera de actuar en el espacio económico por parte de los actores relevantes para el caso.

En su colaboración para el libro ¿Y ahora qué? México ante el 2018, Ricardo Becerra ayuda a explicar lo que quiero decir. Su argumento parte de un hecho que tuvo un origen y unos responsables: la privatización del Estado y el gobierno, su pérdida de capacidad para regular los comportamientos de actores económicos y sociales, los cuales han adquirido preeminencia para ejercer funciones públicas... Lo dice así:

“Es un nuevo arreglo político que entre nosotros ha adquirido varias formas: traslado de propiedad pública, decenas de reformas estructurales, asociaciones con privados para cumplir funciones públicas, renuncia a decidir sobre áreas vitales, concesiones claves, cesiones normativas, etcétera. Estamos ante otro Estado, deliberadamente acotado y con menos capacidades que su precedente, el de la era de industrialización”.

Y más adelante añade:

“Quienes llegan a las posiciones ejecutivas están cada vez más acotados por las empresas trasnacionales, los grandes centros financieros internacionales, los chantajes de las calificadoras, sus propios congresos plurales, difíciles de controlar, por poderes judiciales cada vez más activos e independientes, desafiados por poderes extraordinariamente corruptores, como el narcotráfico, y por medios de comunicación y sociedades civiles activas que vigilan y exponen”.

A la par del debilitamiento de los estados, dice Becerra, en los últimos treinta y cinco años, en México se han asumido como válidas muchas ideas económicas equivocadas. “De modo tal que los cambios democráticos no han significado cambios sustantivos en la política económica, sino una continuidad asombrosa a pesar de la alternancia, la dispersión de poder y la competencia política”.

Y luego, Becerra remata con una consecuencia lógica de lo anterior:

“En el escenario histórico de la privatización del Estado, la desigualdad social se ha convertido en la premisa del modelo, no su consecuencia. Más que eso: es una premisa compartida y casi consensual en el debate económico mexicano: atacar las consecuencias de la desigualdad pero nunca sus fundamentos, instaurar masivos o focalizados programas sociales, sí, pero no tocar la política económica que deprime intencionadamente los ingresos, salarios y remuneraciones y, al cabo, el crecimiento mismo”.

El análisis de Ricardo Becerra nos ayuda a comprender que los gobernantes están limitados para tomar decisiones --no lo pueden todo--, pero que tampoco estamos condenados a sufrir para siempre realidades como la desigualdad.

¿Cómo cambiar lo que necesitamos cambiar? Primero, asumiendo que los ciudadanos somos los protagonistas de la democracia, debemos defender nuestros intereses y, para ello, es necesario que el Estado y el gobierno recuperen las capacidades de las que fueron despojados. Y, segundo, combatiendo las ideas económicas que nos tienen donde estamos. Esto no implica creer en soluciones mágicas, no las hay, sino entender que la única manera de superar el fatalismo y la impotencia, es impulsando la acción decidida de los ciudadanos y el combate de las ideas equivocadas. Ojalá y lo entiendan los candidatos.

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